Es inquietante la noticia, aparecida en El Imparcial, sobre los cambios que quieren llevar a cabo en la Sala de Información Bibliográfica de la Biblioteca Nacional. Aunque he hablado con sedicentes intelectuales que pasan del tema, porque consideran que la Biblioteca Nacional está en decadencia desde hace más de veinte años, creo que es para preocuparse, porque los catálogos bibliográficos son claves de continuidad de la cultura escrita. Allá, pues, esos intelectuales con sus miserias. Yo sigo preocupada por lo que pueda pasar con esta Sala de Información Bibliográfica. Es clave para comprender la Biblioteca Nacional y la Historia de España. Recordemos, o mejor, hagamos un poco de historia sobre el nacimiento y desarrollo de la sabiduría bibliográfica. La bibliografía, sí, las recopilaciones bibliográficas tienen su origen en España.
El Renacimiento español es fundamental para entender el significado de la Bibliografía en el ámbito de las Humanidades. El primer archivo del mundo fue establecido por Carlos V en el Castillo de Simancas como mero depósito de papeleo estatal. Fue su hijo Felipe II, monarca del primer estado moderno, de las Españas, quien tuvo que arreglar adecuadamente los documentos para ahorrar el tiempo que se gastaba en su búsqueda. He aquí la aparición del primer Archivo documental de Europa y el primer reglamento de archivos del mundo datado con 1588. Es sabido que la afición de Felipe II no se limitaba exclusivamente a los asuntos del Estado, sino que fue un auténtico humanista, una persona capaz de ver los límites de sus conocimientos. Una de las grandes labores de su vida fue la creación de la Biblioteca del monasterio San Lorenzo de El Escorial. Para ello contó con la ayuda de los más destacados sabios de la época, entre los que destacan Juan Páez de Castro, Juan Bautista Cardona, Antonio Agustín, Ambrosio Morales y numerosos agentes dispersos por todo el mundo, comprometidos en la búsqueda de los ejemplares para esta grandiosa empresa. Los fondos de esta Real Biblioteca guardan los pareceres con sus propuestas de cómo convertir una biblioteca de mero depósito de libros en un lugar adecuado para el estudio.
Los siglos XVII y XVIII dieron un paso decisivo y se pasó de la bibliografía como una afición a la bibliografía como una tarea de importancia estatal. Entre las bibliografías más destacadas mencionamos el Epítome de la bibliotheca oriental y occidental, náutica y geografía de León Pinelo; la Bibliotheca Hispana Vetus y Bibliotheca Hispana Nova de Nicolás Antonio, quien recopiló las obras hispanas desde los tiempos de la Antigüedad hasta sus contemporáneos del siglo XVII; además, aparecieron las obras de bibliófilos criollos, verbi gratia, José Mariano Beristáin de Souza y Juan José Eguiara y Eguren, que recopilaron los escritos de sus virreinatos. Pero quien culminó la obra bibliográfica y fundó las bases de la catalogación actuales fue Juan Bautista Muñoz, creador del Archivo General de las Indias. Pero los sucesos más inmediatos e importantes, sin duda, pertenecen al siglo XX, la centuria que nos ha inundado con libros. Los hay sobre cualquier materia y de cualquier formato. Un lector ya no puede ir solo con una “lista de compra” a la librería porque queda estupefacto ante una enorme superficie llena de letra impresa. ¡Ni qué decir de un investigador! Un atrevido que se embarca en una investigación seria, tendrá que armarse de una paciencia de Santo Job para domar la bibliografía existente sobre su tema, pasar horas y horas sólo para elegir bien lo que tiene que leer y consultar.
He aquí la verdadera tarea de cualquier bibliotecario, señalada por el filósofo José Ortega y Gasset: elaboración de una bibliografía razonada que ayude al lector y al investigador a orientarse en este maremágnum que nos brinda la imprenta. Esta es la tarea de la Sala de Información Bibliográfica de la Biblioteca Nacional. Si la directiva de esta docta casa no se hace cargo de esta misión, entonces que se dediquen a la mera digitalización… Pero estará dejando de cumplir la función esencial del oficio de bibliotecario.