TRIBUNA
Agapito Maestre | Lunes 17 de octubre de 2016
Aniversario de Ortega y Gasset. Los gusanos y la gloria
El lunes amaneció lluvioso. Desapacible. Son las ocho y media de la mañana. Entro sin dificultades en la estación de metro de Sol y me animo. El calorcillo del tubo acaricia mi piel. Se agradece. Los locales comerciales están abiertos. La iluminación es magnífica. Funcionan perfectamente las escaleras mecánicas. Todos los usuarios de este servicio público parecen conocer su destino. Son españoles honrados. Son personas normales. Decentes. Nada tienen que ver con sus “elites” políticas e intelectuales. Escucho con delectación el sonido que saca de un clarinete un músico ambulante. Me sale una sonrisa del alma. Recuerdo de verdad a la mujer más buena del mundo. Mi tren llega puntual. Ruido sin estridencia. La vida fluye. ¡La vida!
Llevo tres libros en mi mochila y otro en la mano. Hasta Moncloa tengo tiempo para releer en uno de ellos. Desde hace muchos años, me acompaña en mis soledades. Mientras me relamo por repasar los que van a mis espaldas, abro al azar el libro que contiene dos obras grandiosas de filosofía española, de filosofía, y me sale la página 60. Resalta en letras cursivas el verso de Píndaro: “Llega a ser el que eres”. He aquí sintetizada la mayor y más sugerente crítica que la filosofía española, la filosofía, representada por Ortega y Gasset, ha hecho a la “filosofía” académica alemana: al idealismo y a sus frutos más perversos, a saber, el nazismo y el comunismo, los dos movimientos revolucionarios que más muertos han causado en el siglo veinte. ¿Exagero? No lo crean, amigos. Quienes exageran, bajo el manto protector de una academia infame y ridícula, son esos profesorcitos de filosofía “neo-socialista” que pretenden reducir la razón vital, la razón histórica, la gran filosofía de Ortega y Gasset, a una paparruchada idealista de carácter kantiano.
Entérense bien, señores depredadores del filósofo español, que la razón vital de Ortega, por favor, nada tiene que ver con la razón pura (teórica o práctica) del Herr Professor Kant, que jamás salió de su pueblo y fue el más fiel servidor de los poderosos de su tiempo. No sean salvajes, hombre, y lean a Ortega con decencia. Basta un poco de sencillez cervantina para leer por placer a Ortega y, de paso, superar todos esos complejos de inferioridad que arrastran quienes siguen presos del idealismo revolucionario en la versión del Gulag soviético o el Lager nazi. Lo dicho, amigos, olviden a los trepadores de lo políticamente correcto, y lean con fruición a Ortega: “Al espíritu revolucionario que intenta utópicamente hacer que las cosas sean lo que nunca podrán ser ni tienen por qué ser, es preciso sustituir el gran principio ético que Píndaro líricamente pregonaba y dice, sin más, así: Llega a ser el que eres”.
Ortega fue, es y será, frente a lo que mantienen sus pobrísimos intérpretes de última hora, esa gentecilla empeñada en vivir del muerto en congresos, concursos y biografías sin biografiados (algún día daré un largo listado de estos listos con sus listezas), un filósofo. Sólo quería una filosofía que fuese filosofía y nada más. A pesar de lo que digan los “gusanos inherentes a la gloria”, Ortega no fue un ideólogo. Fue un filósofo español. Un filósofo en la ciudad. Eso es lo que resalta su inteligente discípulo, Antonio Rodríguez Huéscar, en el prólogo que hace a la publicación conjunta de dos libros geniales de Ortega: ¿Qué es filosofía? y Unas lecciones de metafísica (Editorial Porrúa). Mi tren está entrando en la estación de Moncloa. Tengo que dejarles, pero antes de cerrar el libro me da tiempo a leer la recomendación de Rodríguez Huéscar para leer a Ortega con mirada limpia: es clave “Julián Marías en su reciente -y muy importante, imprescindible- libro Ortega. Las Trayectorias (por cierto, la principal aportación individual al centenario -1983- de Ortega)”. Curioso. Es uno de los libros que llevo en la mochila, junto a otro del propio Rodríguez Huéscar (La innovación metafísica de Ortega) con prólogo de Julián Marías (la nueva edición de ese libro lo ha eliminado).
No olvido el tercer libro que acompaña a los citados para recordar que hace 61 años, el 18 de octubre de 1955, murió Ortega y Gasset. Es una obra de un hombre que acompañó a Ortega durante 40 años. Se llama Ensayos. Uno de ellos contiene una Evocación de Ortega. Sin esa evocación yo jamás habría escrito lo que sentí al entrar en el metro de Sol el lunes por la mañana. Sí, queridos lectores, nadie mejor que Fernando Vela para disfrutar de quien dijo en prosa perfecta que “la filosofía es la pupila de la vida; mira, pero lo que quiere ver es la vida según fluye ante sus ojos.” Grandioso Ortega. Los gusanos no podrán contigo.