Opinión

Un libro sobre Marx

AL PASO

Juan José Solozábal | Martes 18 de octubre de 2016

Hace unos pocos números el Times Literary Supplement dedicó un largo artículo, escrito por Ferdinand Mount, además llevado a la portada, a un reciente libro sobre Marx (Gareth Stedman Jones : Karl Marx. Greatnes and illusion). Me interesó la reseña, que ahora gloso, porque apunta a un loable intento de destacar a Marx sobre el marxismo, desviando la atención del sistema filosófico o político hacia la persona, en su circunstancia individual e intelectual. He recordado leyendo el estudio la afirmación de Ryan, de que quizás sin la revolución socialista que se llevó a cabo invocando su nombre, Marx hoy no sería considerado sino un modesto economista ricardiano. Tal vez su presentación como infalible pensador quizás se deba más que a los méritos del propio pensamiento a los esfuerzos de Engels por disimular el carácter disperso y fragmentario de la reflexión marxista. Es cierto, de otra parte, que, como dijera Goethe, preferimos lo individual, de modo que nos inclinamos antes por la biografía que por la teoría, anteponiendo el caso a la categoría. Mentiría si no dijera que cuando pienso en Marx lo que antes viene a mi cabeza es el pupitre de la biblioteca del British Museum que lleva una placa donde se rememora su utilización cuando escribió El Capital y que rehuía cuando preparaba mi tesina en la London School of Economics, o el imponente busto al lado de su tumba en Highgate que visité alguna mañana de domingo invernal en 1977. El libro de Gareth Stedman, comentado como señalaba por Ferdinand Mount, ilustra especialmente sobre las vicisitudes de la vida de Marx en Londres, de las que da detalles bien interesantes, y su análisis de la política inglesa como excepción de su teoría política, admitiendo una nueva vía de acceso al estadio comunista, esto es, una transición pacífica al socialismo democrático.

La presentación de Marx como la correspondencia de Darwin, formulando las reglas de la evolución social frente a la labor del científico en el campo de la naturaleza, ha de atribuirse a Engels que la enunció a la muerte de Marx y que había inspirado su Anti-Dühring. Marx parece haber considerado con escepticismo este intento. Tampoco Darwin parecía estar por la labor. Recibió el envío de Marx de su primer tomo del Capital, el único que vió la luz en vida, pero sólo abrió las primeras 105 de las 822 páginas del ejemplar, que por lo demás estaban sin las acotaciones al margen que Darwin acostumbraba hacer en sus lecturas.

La referencia a Engels sirve para contraponer dos estilos o maneras de pensar, lo que, como resulta sabido, no obstaculizó una gran amistad entre ellos, meritoria dada la dependencia económica de Marx respecto de Engels.

También por decirlo así dos maneras de comportarse. Marx llevó lo mejor que pudo, dados sus ingresos, la vida de un paterfamilias victoriano; Engels convivió con la irlandesa Lizzy Burns, con quien se casó en el lecho de muerte, ocasión en la que asumió que su hijo reconocido con la criada de los Marx, en realidad correspondía a su amigo.

El libro de Stedman insiste en desligar a Marx del marxismo, subrayando el carácter ziz-zagueante y muchas veces sugerente de su pensamiento frente a su acostumbrada consideración como practicante de un sistema cerrado e infalible. En suma Marx quizás fue más ardilla que “viejo topo”, actuando antes como francotirador ocasional que como concienzudo intelectual revolucionario: “saltando ágilmente de rama a rama, esquivando las aristas y con ojos despiertos para las nueces y las fresas a guardar para tiempos futuros”.

La ductilidad de su pensamiento le permite a Marx, de un lado, señalar la situación de miseria económica y moral del trabajador en el capitalismo, embrutecido por su condición, él también de mera mercancía; pero al mismo tiempo apreciar en sus contactos revolucionarios con los líderes obreros el refinamiento y las virtudes intelectuales y espirituales de éstos, que otros pensadores de su tiempo como Tocqueville, Macauly o Carlyle no fueron capaces de ver. Aunque, apunta Stedman Jones, Marx no había conocido obreros de carne y hueso hasta que llegó a Paris en 1843, quedó impresionado. “Para ellos, anotó, la fraternidad no es una frase vacía sino una realidad, y la nobleza del hombre brilla en sus cuerpos gastados por el esfuerzo” Veinte años más tarde, tras asistir a un mitin obrero, comentó, “los obreros hablan muy bien, sin una traza de la retórica burguesa”. Anselmo Lorenzo reconoció el trato deferente y afectuoso que Marx le había deparado, sin condescendencia, cuando fue invitado a su casa en Londres con ocasión de la reunión de la Internacional: le habló de la literatura del siglo de oro español e hizo leer un fragmento a su hija Jenny del Quijote, alabando la musicalidad de la lengua española en la que podía conversar.

Creo que lleva razón Stedman Jones: la obra de Marx gana altura cuando abandona la pretensión de sistema y consiste en análisis ocasionales de la situación política de un determinado país, sin ir más lejos ello ocurre con su Revolución en España. Son en efecto cuestionables sus conclusiones sobre el concepto de alienación o el de la clase social; o su pretensión sobre el declinar de la tasa de beneficio en el capitalismo, asumiendo que el capitalismo lleva en su seno la semilla de su destrucción; por no mencionar sus vaticinios sobre la disminución del sentimiento religioso o el nacionalismo. Pero las apreciaciones de Marx ganan cuando renuncian a la proyección y se fijan en casos que él conoce. Entonces, como en su estudio de la revolución bonapartiana, abandona el modelo binario del enfrentamiento social y reconoce la interacción de varias clases, atribuyendo al estado un papel que va más allá del que le había reconocido en el Manifiesto, de gerente de los intereses de la clase dominante, pues comprende reflejamente, por decirlo así, a los interesados en el mantenimiento del sistema militar-burocrático como tal.

Especialmente Marx creyó que el parlamentarismo inglés, siempre que el proletariado se organizase unitariamente como fuerza política, podía asegurar un camino especial a la revolución socialista, al permitir fácilmente la identificación popular de la clase. Aunque la vía parlamentaria al socialismo podía no ser pacífica, también es cierto que no era inevitable un escenario de barricadas, luchas callejeras y violencia.