A quinientos veinticuatro años de distancia el 1492 se sigue apareciendo como el fantasma de Halloween para debatir críticas y justificaciones. Lo que no se entiende es que hay un continente habitado por casi 700 millones de hispanohablantes --casi el 10% de la población mundial total-- y una cultura española que sigue siendo dinámica. América no se explica sin España y España se completó con América.
De ahí la importancia de la próxima XXV Cumbre Iberoamericana de jefes de Estado y de gobierno en Colombia, en un escenario de fragmentación del mundo. Los temas formales de “Juventud, Emprendimiento y Educación” no revelan la realidad de la expectativa histórica: el reencuentro cultural entre dos historias. Y el simbolismo es mayor si se asume la fecha significativa: los cuatrocientos años de la muerte de Miguel de Cervantes Saavedra (1616-2016), sin duda la definición que representa la cultura española.
La mejor expresión de la relación cultural --cuando menos en México-- se localiza en uno de los festivales de cultura con mayor proyección internacional: el Festival Internacional Cervantino en Guanajuato, una ciudad que reproduce durante semanas el ambiente español del siglo XVII. A través de ese festival los mexicanos nos transformamos en españoles sin atender las heridas de la historia para mostrar que la cultura une.
Las Cumbres Iberoamericanas nacieron en un tiempo histórico de cambios: 1991, el año del desmoronamiento del modelo soviético de la guerra fría y del inicio de una nueva etapa de construcción de nuevos bloques mundiales. Iberoamérica agrupa a alrededor de 700 millones de personas, incluyendo más o menos 60 millones de hispanohablantes que viven en los EE.UU. unidos por generaciones a través del lenguaje. El español es el segundo idioma de práctica mundial, superado por el cantonés como lenguaje regional por la enorme población oriental. Y detrás del lenguaje se expresa claramente la cultura --dijera Octavio Paz-- como una tradición civilizatoria. La lengua como identidad cultural.
La próxima Cumbre Iberoamericana del 28 y 29 de octubre debiera superar los ritmos de la burocracia diplomática. Por razones diversas, en las últimas Cumbres ha habido la ausencia de un 30% de la representación gubernamental de países que forman la comunidad, en algunos casos por una reinterpretación de la historia. Pero nadie puede negar que como parte de la historia se localiza el venero cultural de España. Y ayuda el hecho de que España, desde la independencia de los pueblos iberoamericanos, abandonó los tintes imperiales de reconquista.
Los recordatorios negativos suelen sacudir conciencias. La candidatura presidencial republicana de Donald Trump nos evocó a los pueblos iberoamericanos que nuestros referentes raciales tienen que ver con la cultura y no con la conquista. Los dardos envenenados del empresario han humillado a los hispanos que radican, por razones explicables, en territorio estadunidense y nos han señalado que antes que los anglosajones del norte nosotros tuvimos un venero cultural de casi un milenio con las primeras comunidades indígenas organizadas.
De ahí la importancia de que la próxima Cumbre asuma el desafío de la identidad cultural como escudo protector ante conductas imperiales racistas. Se trata justamente de identidad cultural, no de dominación histórica. Las naciones iberoamericanas han conquistado su independencia y su autonomía y España ya no es más la nación colonizadora. Más aún, en los años aciagos de España en el siglo XX, América fue un hogar para los españoles expulsados por la guerra en una de las más importantes oleadas culturales que llegaron desde la península: la filosofía, las letras y el arte de la segunda mitad del siglo XX no se podría explicar sin los españoles recibidos con los brazos abiertos.
En una reciente charla en México para promover un proyecto de articulación cultural de España e Iberoamérica, Luis María Anson explicó a empresarios interesados en la cultura un hecho importante: la necesidad de un Ministerio Supranacional de Cultura que agrupe a todas las naciones de Iberoamérica en igualdad de circunstancias. La economía, lo militar y la seguridad han sido capaces de construir organismos globalizadores, por lo que la intención de llevarlo a la cultura no buscaría sino darle continuidad a lo que existe: la interacción cultural. En este sentido, la Cumbre Iberoamericana podría ser el espacio para formalizar esta iniciativa, cuando menos como propuesta.
Iberoamérica ha perdido más en el enfoque historicista que ganar posibilidades de consolidar una cultura que, aún en tiempos de divisiones territoriales, siguió siendo el mecanismo de hermandad. Quienes han asistido al Festival Cervantino en Guanajuato salen con la certeza de que la cultura sigue siendo el espacio de entendimiento más allá de lo que divide.
La figura de Cervantes podría ser el símbolo de los tiempos de integración cultural: escritores iberoamericanos han sido distinguidos con el premio Cervantes y a Iberoamérica le falta un premio de la misma dimensión. Ahí es donde tienen que trabajar los gobiernos, más allá de las declaraciones frías y formales de las Cumbres. Mucho se avanzaría si de esta XXV Cumbre logra una propuesta de carácter cultural.
@carlosramirezh