Opinión

¿Por qué no soy progresista?

TRIBUNA

Juan José Laborda | Jueves 20 de octubre de 2016

Ingreséen el PSOE hace 42 años, en un partido histórico pero que en aquellos años, oscuros e inciertos, no dejaba de ser un grupo minoritario, comparado con el PCE y con otras formaciones ilegales que luchaban entonces contra la dictadura.

Militar en el PSOE fue ir a contracorriente de la tendencia de “unidad antifranquista”que por entonces parecía obligada si se pretendía derrotar a las oligarquías antidemocráticas, incrustadas en el Estado tras la guerra civil. Unos años más tarde, ya muerto el dictador, pero todavía ilegales los partidos, en un famoso concierto de Lluis Llach, Felipe González y sus compañeros socialistas fueron recibidos con gritos nada amistosos que reiteraban la entonces popular consigna:¡unidad!¡unidad!¡unidad! En Burgos, lo mismo que en otros sitios, cuando los sindicatos se manifestaron por primera vez un 1ºde mayo, sin sufrir cargas policiales, los comunistas y las CCOO coreaban a favor de la “unidad sindical”, mientras los socialistas y la UGT lo hacían a favor de la “libertad sindical”.

Nunca fue cómodo defender las propuestas del PSOE en ambientes de la “cultura de izquierdas”. Por ejemplo, recibir el apoyo y el dinero de la socialdemocracia europea, destacadamente del SPD y de la Fundación Ebert de Alemania, era considerado en esos ambientes como sumisión a organizaciones burguesas, defensoras del imperialismo norteamericano; sintetizando, éramos “socialdemócratas”. Recibir apoyo y dinero (en aquellos años todos los ilegales recibimos ayudas y formación de nuestros referentes extranjeros) de las dictaduras de Rumanía, de Libia, y seguramente de la Albania estalinista, etc., parecían tener “coherencia y dignidad socialistas”(¡una perogrullada románticamente moral que algunos “militantes socialistas” siguen escribiendo en estos días!)

Pero resultóque el PSOE, cuyo lema electoral fue “socialismo es libertad”, tuvo apoyo popular hasta que, unos pocos años después, se convirtiera en un partido de gobierno, votado mayoritariamente por una amplia diversidad de ciudadanos y clases sociales de nuestro país.

El éxito del PSOE hizo que los modelos europeos, más los nórdicos que los italianos y franceses, fueran su objetivo programático declarado, tanto en el ámbito de las libertades públicas, en el tipo de Estado del Bienestar, y tanto en la adhesión a las Comunidades Europeas, como en su estrategia electoral y de búsqueda de alianzas parlamentarias, lo que significó siempre que el PSOE y Felipe González siguieron manteniendo su actitud contraria a una “unidad de izquierdas o progresista”. Con el paso de los años, yo, por ejemplo, supe que esa estrategia era propia de los socialdemócratas europeos, y a partir de comprenderlo, me definícomo socialdemócrata, en lugar de calificarme como socialista (o como socialista-democrático, una tímida separación a la noción revolucionaria del concepto “socialista”).

La actitud ideológica nítidamente socialdemócrata del PSOE en el momento que pactó(o llegóal consenso constitucional) con la UCD, un partido trufado de antiguos franquistas, no sólo fue muy positivo para la democracia, sino que una gran parte de los que habían estado a favor de la “unidad de las izquierdas”, como el PCE, se sumaron al consenso, que era opuesto a su viejo programa rupturista. Sin embargo, muchos partidos, en su momento más grandes y más activos que el PSOE, intentaron“Romper el consenso”, como estudia Gonzalo Wilhelmi en su libro sobre “La izquierda radical en la Transición española (1975-1982)”

Los sucesores de Santiago Carrillo y del PCE del consenso constitucional, Gerardo Iglesias y Julio Anguita, volvieron a la estrategia de la unidad de las izquierdas. Por supuesto, esa propuesta unitaria significó, obviamente, un programa rupturista con la Constitución. Y es coherente que el Aznar que proponía entonces una “nueva transición”(titulo de su libro de 1994) , se pusiera de acuerdo con el Anguita de la “Izquierda Unida”, para intentar derribar al gobierno de Felipe González.

Con Aznar en el Gobierno, y sustituido Felipe González por Joaquín Almunia, y después por JoséLuis Rodríguez Zapatero, el PSOE empezóa orientarse hacia fórmulas unitarias. Almunia pactócon la Izquierda Unida del sucesor de Anguita para las elecciones de marzo de 2002, cuyos malos resultados le llevaron a dimitir, y ya con Rodríguez Zapatero, esa tendencia a primar la unidad de las izquierdas, en lugar de modernizar el PSOE y sus propuestas, se generalizaron, y fue entonces cuando esa estrategia se justificócomo un proyecto común con los “progresistas”. Recordemos los muchos nombres de antiguos miembros de partidos de izquierda, muy críticos con los gobiernos de Felipe González, y que posteriormente ostentaron grandes responsabilidades con Almunia y Zapatero.

Visto con la perspectiva de ahora, esa coincidencia con los llamados “progresistas”, personalidades que provenían de esos partidos, supuso también que conceptos socialdemócratas, como el compromiso con la democracia representativa, fueran sustituidos por propuestas características de esos partidos, como las primarias y otras fórmulas de la democracia directa o asamblearia.

No es casual que con las primarias el PSOE elija líderes partidarios de la unidad con otras fuerzas de izquierda, que sus afiliados tiendan a radicalizarse, que el debate interno pierda pluralidad, sustituido por tesis dualistas -a favor o en contra-, como si fueran cuestiones de moral religiosa, en suma, y es mi opinión, no es casual que el PSOE estéperdiendo sus señas de partido socialdemócrata, y eso explica, no sólo la pérdida de sus mejores cuadros, y la imposibilidad de sustituirlos, sino su enorme retroceso electoral. Esa es la causa por la que no me identifico con el progresismo y con el mantra de la unidad de los progresistas o de las izquierdas.