Pablo Iglesias tiene un objetivo evidente: atacar al PSOE hasta destruirlo y ocupar su lugar. Con ese horizonte definido, y ante una previsible abstención socialista que desbloquee la situación política en España, el líder de Podemos ha emprendido la huida hacia delante.
Hace semanas resumió su estrategia en dos consignas: “Politizar el dolor” y “cavar trincheras en la sociedad”. Partiendo de esa premisa, este lunes Iglesias instaba a “arremangarse” y volver a las plazas, vaticinaba que “el debate político va a estar en las calles” y rechazaba “transformar las reivindicaciones de la gente en parlamentarios que no muerden”.
Es decir, atrás quedan los “Sí se puede” y “Las sonrisas de un país”, el intento de ser un partido transversal y de corte socialdemócrata. Ahora el lema es un “Luchar, crear, poder popular” que rezuma populismo, manifestaciones y puños en alto.
Las palabras se tradujeron en hechos este miércoles con dos ejemplos evidentes. Por un lado, a raíz del motín en el centro de internamiento para extranjeros de Madrid; por otro, con el altercado que impidió una conferencia de Felipe González en la Universidad Autónoma. La primera fue jaleada; el segundo, definido como “protesta estudiantil” y “síntoma de salud democrática”.
Solo unas horas después, la mañana de este jueves, el escenario elegido era la Cámara Baja: decenas de diputados de Unidos Podemos han protagonizado una protesta al inicio del pleno del Congreso exhibiendo carteles con las iniciales DH, de Derechos Humanos, que han depositado después en el escaño del ministro del Interior en funciones, Jorge Fernández Díaz.
Por si la legislatura sale adelante con la abstención socialista, la hoja de ruta del líder de Podemos ya alienta una huelga general en la que asume “el desafío” para que “sea distinta”, que “se note la diferencia”.
Pablo Iglesias quiere llegar a La Moncloa; Íñigo Errejón, también. Pero los caminos de ambos para llegar algún día a lo más alto del poder se distancian cada vez más. Hace tiempo que dejaron de esconder sus diferencias. Ahora se responden en público, se lanzan mensajes para nada velados, reconocen que defienden dos modelos diferentes para un Podemos que aspira a hacerse mayor. Y, precisamente, el tipo de relación entre Unidos Podemos y el PSOE está en el corazón de sus desavenencias.
La “cal viva” del Congreso sigue resonando y ha encontrado eco en la Universidad Autónoma de Madrid. En plena huida morada hacia delante, “no dejen que una foto valga más que una palabra”, les ha emplazado Ana Pastor este jueves en la Cámara Baja. Las llamadas del secretario general de Podemos a tomar las calles y hacer política fuera del Parlamento, donde reconoce no tener fuerza suficiente, han encontrado respuesta. Al menos, de ciertos sectores, lo que se está traduciendo en una evidente radicalización.
Sin sorpasso ni "asalto a los cielos", Pablo Iglesias tira del plan C, que es en realidad el germen de su partido: "Este no es un Podemos de parlamentarios; es un Podemos en las calles o en los centros de trabajo". "Para que podamos ganar necesitamos a la gente en los barrios y poner el poder popular en manos de la gente", explicó hace menos de una semana.