Opinión

Tolerancia y poder

Francisco Massó | Sábado 22 de octubre de 2016

La tolerancia es una actitud de apertura mental hacia aquello que es diferente a uno mismo, sea el modo de ser, sea la estructura de pensamiento, el estilo de vida, costumbres y formas de conducta distintas a la propia.

La intolerancia nos lleva bien al refugio de las sectas, en cuyo seno formula dogmas inamovibles, en una tocata y fuga hacia la locura colectiva, bien el combate abierto entre facciones que no se soportan y derivan hacia la crueldad y la guerra.

Curiosamente, la etimología de la palabra proviene del verbo tollerare que significa soportar, aguantar, sostener. Así pues, desde su origen, la palabra supone una carga que hay que aguantar y un esfuerzo a mantener para soportarla. ¿Quién creía que la convivencia era idílica y que sólo había que dejarse fluir?

Como toda actitud, la tolerancia también tiene dos caras, una que mira hacia el pensamiento y otra hacia las emociones.

El pensamiento es tolerante cuando está bien informado sobre aquello que es diferente, lo conoce y comprende. Así, se evita el pensamiento único, radical y excluyente y se hace posible la pluralidad ideológica, de creencias religiosas y de usos morales.

La cara emocional de la tolerancia nos lleva desde el asombro ante el variopinto panorama de la humanidad, a la curiosidad por la originalidad e ingenio que cada individuo, cada grupo y cada civilización derrocha en su esfuerzo de adaptación. Pero, sobre todo, la tolerancia trae empatía, no sólo para aceptar los contrastes, sino para poder integrarlos como parte del mosaico abigarrado del género humano.

En realidad, sólo puede ser tolerante la persona inteligente, poderosa mentalmente, que tiene ideas claras, incluso sobre sus propias contradicciones personales, pone orden en sus sentimientos y conoce los límites de la moralidad. El inteligente se ve obligado evitar el encastillamiento cerril y la terquedad obtusa. En cambio, los débiles no pueden ser tolerantes, porque su inconsistencia los aboca al empecinamiento, a embadurnarse con pecina, para ocultar su fragilidad, defender su vacuidad y refractar todo lo ajeno.

En el plano de la convivencia, la tolerancia comienza por respetar la libertad de cada uno para que afronte su destino a su manera. La paz es posible desde el respeto al derecho ajeno, dejó dicho Benito Juárez. Y los derechos ajenos son tantos como los propios. Nadie tiene por qué vivir genuflexo ante los demás. Ni tampoco hay quién deba pretenderlo.

En Asís, se ha producido un evento, que no es nuevo, pero sí destacable, donde una gran pléyade de líderes religiosos se han reunido para rezar juntos. Quizá cada uno le haya rezado a su propio dios, único y verdadero, o quizá todos le rezaran a un mismo dios de consenso. Los grandes sacerdotes coincidían en ir revestidos de atalajes que los segregaban de sus feligresías respectivas: sotana o chilaba blanca, túnica azafrán, ropones negros. Es una imagen colorista de las diferencias congregadas en pro de la tolerancia.

En la antigua Roma, convivían cortésmente el politeísmo importado de Grecia, junto a las sinagogas que llegaron tras las guerras púnicas, el culto egipcio a Isis, el caldeo de Mitra y el autóctono a los emperadores muertos, todos ellos divinizados. Cada quien podía seguir su devoción, sin molestar a los demás. Las persecuciones de cristianos, menos pretenciosas que la evaluación épica que se ha hecho de ellas, no se debieron a razones de creencia, sino al planteamiento ideológico que afectaba a la estructura de la sociedad.

Hoy, si no hemos retrocedido de aquellos logros de civilización religiosa, por desgracia, aún perdura la intransigencia que pena con la muerte la apostasía, o excluye la libertad de credo. ¡Qué lejos de aquel altar al dios desconocido que había en el areópago ateniense!

Cuando los teólogos utilicen la fenomenología como herramienta de trabajo, no habrá quien diga saber más de lo que puede saber y todas las religiones habrán conseguido la humildad.

En la convivencia diaria, el cáncer es el narcisismo. El planteamiento narcisista mantiene al propio yo como paradigma de certeza en el área del pensamiento, armonía respecto a los sentimientos y bondad con relación a la Moral. Hay personas simples, grupos locos y masas amorfas, narcisistas sin Narciso que piense, que se sitúan en este eje impositivo y agresor.

El narcisista sin Narciso está siempre preparado para rechazar cualquier tipo de diferencia étnica, como la raza. Por cierto, el Brexit también es una versión posmoderna del apartheid, insular y excluyente como los clubs coloniales, que acaban de copar la metrópoli.

Tampoco se libran de la intransigencia los rasgos culturales: en Valencia, tierra morisca por demás, en un instituto de secundaria, mantenían a una alumna en la calle por llevar velo islámico, ¿temían los maestros del centro que el credo exhibicionista fuera contagioso?

El narcisismo sin Narciso brilla de forma estelar en el fenómeno del acoso escolar, donde cualquier peculiaridad individual, torpeza, defecto físico, o falta de habilidad social justifican agresiones crueles, ensañamiento y desprecio hacia un semejante.

En el desbarajuste de la política, el pacto entre contrarios se considera una práctica de riesgo, por miedo a que las ideas propias (si las hay) se contaminen con las ajenas (que se suponen), mientras el ego propio titila, como si se tratase de algo sustancial e irrevocable, aunque su universo sea la secta de pertenencia.

El cultivo de la tolerancia exige información ecuánime y veraz, que ha de fecundar el huerto cognitivo, el campo de las ideas, que evolucionan y mutan, no siempre son las mismas si encuentran espacio de desarrollo. La información y las ideas son fuerzas vivas.

La simienza de ideas ha de estar regada con el desarrollo idóneo de la inteligencia emocional: la empatía da acogida, comprensión y compasión a las diferencias. Además, la alegría de vivir otorga coraje frente a los retos. Y el amor, la filantropía, derrama altruismo y generosidad, para ser solidarios con quienes son distintos. Este torrente de energía positiva es poder.

Por último, la moralidad, entendida como integración personal del deber, nunca será de situación. Sin embargo, como le ocurre a la legalidad, se ajusta progresivamente y así garantiza la convivencia. Es otro poder evolutivo, que acompaña la marcha de la sociedad.