TRIBUNA
Natalia K. Denisova | Sábado 22 de octubre de 2016
El mes de octubre es idóneo para recordar a dos figuras importantísimas de la cultura española. El día 18 de octubre, de 1955, José Ortega y Gasset murió en la calle Monte Esquinza, y un 28 de octubre del año1866 nació Ramón Valle-Inclán en Vilanova de Arousa, Pontevedra. Son escasas, si hay tales, las menciones de estos dos personajes en las agendas culturales de este mes. Cervantes y Shakespeare han usurpado el espacio cultural y los encargados de los homenajes ya no ven más allá de estos gigantes. Sin embargo, la fecha del nacimiento del escritor Valle-Inclán es importante, ya que aconteció hace, ni más ni menos, que un siglo y medio. En el paseo de Recoletos, de Madrid, lugar privilegiado para caminar y observar el mundo, hay una estatua de Valle-Inclán. Me fijo en ella y no puedo dejar de recordar lo que escribió de él Ortega y Gasset, lo describió con precisión: “Camina resoluto y agresivo como un caballero del Santo Grial, atraviesa sin pactos y heroico el denso achabacanamiento de la nación, lo hiende a estocadas y avanza intacto conservando la herencia de pureza del paterno Parsifal. Por la calle de Alcalá, en la diestra un bastoncito de hierro, en los labios un párrafo como una flor.” Descripción certera. Filosófica.
Valle-Inclán pasó a la historia como una de las personas más alborotadoras de su tiempo. Acechaba los tópicos y lugares comunes de aquella sociedad para dejarlos heridos de muerte, quitándoles el crédito popular. Sin duda, sus contemporáneos, sobre todo, literatos, con frecuencia recibían duras críticas por parte de Valle-Inclán. Según Ortega, uno de los comentarios de Valle-Inclán que causaba un gran escándalo entre los contemporáneos se refería al estilo pésimo del dramaturgo José de Echegaray. Pasado un siglo, Echegaray es homenajeado en el Ateneo de Madrid, pero Valle-Inclán parece haber sido olvidado por esta institución. El olvido es todavía más injustificado cuando vemos la cantidad de “homenajes” que se celebran allí cada día, unos dedicados a Rubén Darío, otros a Antonio Buero Vallejo, y un sinfín de conferencias dedicadas a los personajes de la II República.
Allí, en la parte del edificio ateneísta que da a la calle de Santa Catalina, Valle-Inclán se alojó durante siete meses de su presidencia en 1932. Es lamentable que el Ateneo, que tanto esgrime y presume de los grandes personajes que marcaron sus tertulias y conferencias, no le dedique a la obra de Valle-Inclán ni una sola conferencia. Sería sumamente interesante repasar los hechos de su presidencia, ocultos bajo el moho de los lugares comunes. Cualquier cosa parece que vale en el Ateneo salvo recordar la figura de Valle-Inclán. Más preguntas que respuestas existen en torno al gran escritor Ramón Valle-Inclán. ¿Alguien se ocupará de responderlas en el año de su aniversario? Me temo que no. Pero, mientras esperamos milagros de las instituciones “culturales”, abrimos un libro de Valle-Inclán y disfrutamos del estilo refinado y singular de este “católico, poco ortodoxo”, según las palabras de su nieto.