Opinión

Dylan y el premio Nobel (de Literatura)

TRIBUNA

José Pazó | Lunes 24 de octubre de 2016

La concesión del Nobel de literatura a Dylan ha creado cierto revuelo. En gran parte, se han oído críticas afirmando que Dylan no es un escritor, que no lo merecía, y que el Nobel de literatura no es un premio de música. En el propio New York Times, al día siguiente del anuncio público de la concesión apareció un artículo de Anna North en primera página defendiendo que no debían habérselo dado. Creo que Dylan habría estado de acuerdo con ese artículo antes incluso de que North lo escribiera. ¿Para qué dar un Nobel a Dylan, persona archiconocida, millonaria, reconocida, que si bien ha escrito poemas no encaja con la imagen de un escritor o escritora de un país raro, a quien nadie conoce, y que va a recibir el premio para dar un serio discurso sobre el extraño y olvidado valor de la literatura? No, Dylan no es de esos. Desde su hotel en Las Vegas seguro que se lo repitió él mismo, mientras su ayudante preparaba el traje de seda satinada para su siguiente actuación, “No, esto no”.

Sin embargo, Dylan es un escritor, y escribe poemas, canciones, textos para ser cantados. No solo los compone, sino que los interpreta. Estos días, vale la pena escuchar “Autumn Leaves” cantado por él, con su voz asordinada y sus sutiles pero siempre presentes desafinados. Uno escucha “The falling leaves / drift by the window / the autumn leaves / of red and gold”, y siente el otoño, este otoño sorprendentemente lluvioso de Madrid; pero de repente recuerda que esa canción la tocaron Cannonball Adderley y Bill Evans (este en Madrid, en el Balboa Jazz Club, en uno de sus últimos conciertos) y que antes también la cantó Frank Sinatra, el siempre ausente de Madrid aunque siempre presente a través de Ava. Pero, un momento, antes la cantó Nat King Cole, en inglés y también en una curiosa versión japonesa, poco después de que Johnny Mercer la tradujera al inglés. ¿Tradujera? Sí, porque esos versos otoñales “I see your lips / The summer kisses / the sunburned hands / I used to hold”, no se escribieron en inglés en el original sino que fueron una adaptación del francés, que hizo un húngaro, Joseph Kosma, sobre un poema, “Les Feuilles Mortes”, las hojas muertas, de Jacques Prévert: “C'est une chanson, qui nous ressemble / Toi qui m'aimais, moi qui t'aimais. / Nous vivions tous, les deux ensemble, / Toi qui m'aimais, moi qui t'aimais.” De Prévert a Dylan, pasando por una miríada de arreglistas, compositores, cantantes, intérpretes…

Se me puede decir que a Dylan no se le da el Nobel por cantante sino por poeta, y que esa canción no la compuso él, solo la cantó. Y yo puedo decir que me voy a escribir una novela de Philip Roth, palabra por palabra, a ver si me dan el Nobel antes que a él. En cualquier caso, y “boutades” borgianas aparte, es cierto, a Dylan se le da el premio por compositor, y ahí no voy a entrar en calidades. Si es bueno o malo, que lo juzguen otros, yo ya tengo mi opinión. Lo que sí creo es que el hecho de que le hayan dado el premio Nobel a Dylan es un síntoma de por dónde va la literatura. Muchos escritores, españoles sobre todo, cuando les dan premios se quejan del triste estado de la literatura, pero afirman a la vez que nunca desparecerá, que el ser humano tiene necesidad de ella. Y yo también lo creo. Pero el ser humano actual necesita sobre todo literatura que no haya que leer. Tras el fuego artificial del libro electrónico (bueno para la educación y para crear fuera de ella la sensación en el lector de que lleva a cuestas cientos de libros que nunca leerá), la literatura se va quedando en el estado cero: aquel en el que todo el mundo la defiende pero casi nadie la usa. La gente ama la literatura más que nunca, le ve su sentido y la apoya de palabra, pero la gente es poco capaz de comprarla y menos de leerla. Y Dylan no se lee, se escucha.

El futuro de la literatura pasa porque se deje de leer. O que se lea en pequeñas dosis. Los tiempos que corren, los trabajos, las redes sociales, los eventos sociales, las exigencias de la educación y del ocio reglado, todo ello va en contra de la literatura tal y como la entendíamos. La gente tiene tiempo para muchos mensajes muy breves que debe olvidar enseguida para dejar espacio en el disco duro del cerebro a otros miles de mensajes breves. Que un libro medianamente extenso se abra camino en ese bosque es poco menos que un milagro. Que lo hagan las canciones de Dylan, breves, sinuosas, con rimas repetidas y simples para recordarlas mejor, y poco exigentes en asuntos de léxico o sintaxis es mucho más fácil. Ya pasó cuando casi todo el mundo era analfabeto y el Romancero reinaba. Por eso, dar el premio Nobel de literatura a Dylan, más que algo merecido o inmerecido es un síntoma de nuestros tiempos.

La literatura escrita, como hojas caídas del otoño, se aleja de nosotros y su partida nos conmueve: “Since you went away / The days grow long / And soon I'll hear / Old winter's song.” El sentimiento que nos deja este empequeñecimiento de la literatura se asemeja al final de “Autumn Leaves”: “But I miss you most of all / My Darling / When autumn leaves / Start to fall”. Versos que no me resisto a traducir versionados: “Y cuando más te echo de menos, mi querida literatura, es ahora que las hojas de otoño, comienzan a caer.” Ahora que por fin llueve en Madrid.