Opinión

Pronta muerte de las Humanidades

TRIBUNA

Alfonso Cuenca Miranda | Martes 25 de octubre de 2016

SPQR es el nombre de uno de los últimos libros felizmente de moda. Sorprende gratamente comprobar cómo la última obra (y su casi homónima serie de televisión) de la historiadora británica Mary Beard ha alcanzado una notable difusión en los tiempos que corren. De hecho en una coyuntura como la actual suena casi como de otro planeta.

Vivimos tiempos en los que el dinero, la eficacia, la belleza… lo son todo. De ahí que las denominadas Humanidades no vivan su mejor momento, hasta el punto de que son abiertamente orilladas, cuando no incluso despreciadas. ¿Qué utilidad pueden tener? ¿Sirven para producir? No generan dinero, ni siquiera salud. Se contemplan así como algo del pasado, llamado a desparecer, signo de otros tiempos felizmente superados. Y, en relación con ello, la propia figura del intelectual, auténticos líderes de opinión en un pasado no muy lejano (incluso en exceso), se ve sencillamente ignorada, para perplejidad y desmotivación de los mismos (las “confesiones” de los dos escritores franceses de referencia en la actualidad, Houellebecq y Carrère, son muy elocuentes al respecto). La misma lectura se convierte en rara avis en la época del homo videns. Y entre los escasos lectores los títulos más buscados son, por otra parte, reveladores de la situación. En las librerías de aeropuerto proliferan las guías para triunfar en el trabajo, los mini tratados de inteligencia emocional (para competir mejor con los lobos de la oficina), o los manuales de autoayuda si se está en horas bajas. El paroxismo de la situación se alcanza cuando los únicos referentes en materia de pensamiento, y que como tales concitan audiencia, son conferenciantes que en una hora relatan su exitosa trayectoria en el mundo laboral, normalmente lograda desde una muy adversa situación de partida. Los nuevos Platones han trocado la pluma por el power point.

Y con este panorama se nos anuncia la muerte de las Humanidades. Historia, Literatura, Filología (aquí se cargan las tintas en el latín), Filosofía, Sociología…. No son disciplinas útiles de cara al mercado laboral. No se ajustan al perfil deseado. “Lo sentimos pero no estamos buscando eso”. Como mínimo se las considera como una suerte de técnica superada tiempo ha por los avances, una suerte de telar manual frente a las modernas, rápidas y económicas manufacturas completamente automatizadas.

Por ello, a quienes optan por esos caminos “de tierra” se les contempla como bichos raros, como sujetos que erraron el camino empeñándose en llegar a una meta hace tiempo desaparecida. No faltan incluso quienes, cual hidalgos del XXI, consideran que el “homo-mercatus” no debe mancharse con el trabajo intelectual, una especie de deshonra vital, reveladora de debilidad de carácter (no se sale a cazar) cuando no de estupidez (por la renuncia a los beneficios materiales que el mercado proporciona). Ni siquiera vale como hobbie, es una pérdida de nuestro más escaso y preciado bien: el tiempo.

Vanitas, vanitatis… todo es vanidad. Quienes sitúan a las Humanidades en el corredor de la muerte olvidan lo más sustancial. Que no somos máquinas ni algoritmos, que somos Hombres, y que las ciencias del Hombre nos dan lo que necesitamos. Que al final del día, cuando nos encontremos frente a nosotros mismos, requeriremos dar sentido a nuestra propia existencia, como individuos y como parte de una comunidad. Al margen de la creencia en un más allá, es imposible saber quiénes somos, quiénes fuimos o quiénes seremos sin acudir a los viejos libros. La palabra Humanidades no es casual.

Por otra parte, yerran quienes consideran absolutamente prescindibles las Letras pues, incluso jugando en su terreno, las mismas revisten utilidades. Para empezar sólo piensa bien quién habla bien, y sólo habla bien quien lee bien (o, lo que es igual, mucho). Por otra parte, la experiencia es la maestra de la vida (“yo nunca pierdo, o gano o aprendo”) y la ciencia de la experiencia humana colectiva (pero también individual) es por antonomasia la Historia. Conocer quiénes fueron y cómo se comportaron los que nos precedieron nos ayudará a orientarnos y, sobre todo, a no repetir sus errores. Qué decir de ramas como la Ciencia Política o la Sociología. Ignorar sus aportaciones puede ser una equivocación de la que no tardemos en arrepentirnos. El dinero, la supuesta eficacia no pueden ser criterios organizadores de todo. Olvidar las disciplinas mencionadas podría ser comparado con el hecho de dejar a un tercero desconocido la organización de nuestras relaciones familiares, a alguien que ignorara (y no tuviera en cuenta) el pasado de la familia, las distintas personalidades de sus miembros, la dinámica de las relaciones afectivas entre los mismos, sus anhelos…. Finalmente, no cabe desconocer la imbricación profunda entre la Física (auténtica ciencia-todo) y la Filosofía, como revelan sus orígenes comunes. Ambas, algún día, nos darán la clave definitiva para entendernos.

Los británicos (no ajenos al mercado, precisamente) son quienes mejor han comprendido lo apuntado con anterioridad, apreciando lo que las Humanidades pueden aportar. No faltan incluso ejecutivos de la City con estudios clásicos. Estos últimos son valorados (por encima de los casos individuales), más allá de que sus resultados no sean inmediatamente (adverbio éste casi totémico en las sociedades actuales) tangibles, pues se saben necesarios si se quiere tener un progreso completo y armónico. Frente a una visión completamente infantilizada que sacraliza el “yo”, las Humanidades nos recuerdan que existe un “Nosotros”, que nuestro camino, afortunadamente, no es en solitario, y que si actuamos unidos (o al menos con esa conciencia) nos irá infinitamente mejor. El mercado es el que da los héroes contemporáneos, y el éxito económico es algo bueno, pero no es lo único ni lo más importante. Que los televisores o los smartphones sean cada vez más baratos está bien, pero no nos hace necesariamente mejores, ni siquiera más felices.