Opinión

El Nobel de Bob Dylan

TRIBUNA

Juan José Vijuesca | Miércoles 26 de octubre de 2016

No seré yo quien juzgue la valía literaria de Bob Dylan, que como ustedes saben es el reciente Nobel de Literatura. Diré que me parece muy valioso su trabajo, su poesía y su música, pero también creo que algo está cambiando en la estética de las letras.

Y es que el vértigo de los cambios que venimos soportando, sobre todo en Occidente, no crean que es por pura casualidad. Nos cambian las disciplinas y el mundo se transforma en conceptos tan opuestos que doblegan al ser humano aprovechando que estamos hechos de un material muy maleable. Hoy convivimos con la voluntad de quienes popularizan todo lo que nos rodea con el único argumento de cambiarlo de raíz y a ser posible sin pérdida de tiempo. No nos extrañemos pues, de la controversia suscitada al encontrarnos con un premio Nobel traído en criterios de méritos contrapuestos por quienes han catalogado esta elección de la Academia sueca, la cual parece dar síntomas de decadencia a decir de ciertas grandes figuras de las letras. “El año próximo el premio podría recaer en un futbolista” ha manifestado Vargas Llosa, al respecto.

Por eso reitero que algo está cambiando en el mundo de las letras, porque el literato es, y ha sido siempre, una especie de antropólogo lingüístico, cuya única melodía que emana de su obra ha de ser el suave trazo sobre el papel. El legado de quien escribe desde la hondura no precisa de ningún otro acorde hacia los que leen por adicción y por riqueza existencial. Y claro, la Academia sueca también forma parte de la misma sociedad actual en donde la virtud de la honradez es pura filosofía y porque la sensatez escasea y hacer las cosas con sentido de la equidad no garantiza ningún éxito. El esfuerzo carece de recompensa, da igual coronar los ocho mil del Annapurna haciéndolo en silla de ruedas para reivindicar una causa justa, que maltratar a un semejante y quedar impune del delito. La verdad ha dejado de tener valor facial. Se premia al canalla y se castiga a la víctima. Se pretende defender la libertad sin orden público. Se cambia la morfología del verbo al igual que se acentúa la impunidad frente al pudor de lo correcto. En definitiva, la postrada mediocridad contempla como el deterioro de lo considerado arte, cultura, historia, educación, se adueña de lo que otrora fueran emblemas del caudal humano y generacional.

No se sorprendan porque este artículo mida razones yuxtapuestas entre sí, porque Bob Dylan no tiene la culpa de nada, es más, a veces me veo reflejado en sus canciones cuando dice: “Ustedes, que fabrican las grandes armas/ Ustedes, que construyen los aviones de la muerte/ Ustedes, que construyen todas las bombas/Ustedes, que se esconden tras los muros/Ustedes, que se esconden detrás de escritorios, sólo quiero que sepan que puedo verlos a través de sus máscaras” Y frente a esto el señor Obama corre a felicitar a Dylan por su premio Nobel. El mismo presidente de los Estados Unidos que hace unos días ha dejado clara su postura de apoyo total para colonizar Marte como mejor remedio para salvaguardar a la especie humana. O sea, a planeta muerto, planeta puesto. Y mientras tanto, las guerras continúan, el hambre permanece y millones de seres humanos mueren a causa de enfermedades que tienen fácil tratamiento o mientras el negocio de las armas continúa financiando la falta de escrúpulos.

Pero no se alarmen, todo es fruto de la mediocridad y la relativización de los auténticos valores que a pasos agigantados vienen convirtiendo al hombre en un ser consentido y encaminado a perder totalmente el sentido de las cosas. Vivimos en un mundo de basureo en donde hoy eres valioso y mañana ya eres desechable. Hoy en día el modelo de cultura se basa en degradar y en vulgarizar la dignidad de cuantas personas tienen capacidad de razonar o su pensamiento nace del talento y la creatividad para salvaguarda de la condición humana; pero está claro que esta especie de magma no deja a casi nadie indiferente y el Nobel, cada vez más devaluado, se mimetiza con ese peligroso confort medioambiental que nos invade de manera alarmante, aunque Bob Dylan, insisto, no tenga culpa de ello, faltaría más.