Al término de una charla del anciano cronista en la ciudad andaluza de mayor y más alentador pulso en esta hora grávida y desfalleciente de la vida nacional, un amable asistente le hizo la pregunta, no por esperada menos temida, que da título al presente artículo. Situado, según las trazas de su apariencia física e indumentaria, en la madurez roborante y en un discreto nivel de vida, ningún temor egoísta por el porvenir de su existencia y hacienda encerraba tan apesadumbrada pregunta. Solo una noble inquietud y un limpio patriotismo por la suerte de una nación que, como tantos otros de sus conciudadanos, cree enfrentada en pocos meses a muy graves envites, le impulsaban a hacerla.
Llenas sus modestas aljabas de enigmas e interrogaciones acerca de los temas y trabajos de su ilusionada profesión de aprendiz de historiador, el articulista, reacio siempre a suplantar el respetable oficio de augur o arúspice, le confesó su completa identidad en dicho sentimiento de incertidumbre, que, en su talante al menos, no daba vado, sin embargo, al de desesperanza. Muy comprensible este, desde luego, en la actual situación del país, el tajo profesional en que ha encanecido la biografía del cronista le impide, por fortuna, dejarse invadir por la frustración generacional y personal.
Un pueblo de tan dilatada andadura por los caminos de la historia como el español atesora, incuestionablemente, muchas reservas para superar los trances y desafíos más arduos. En su pasado los hay para todos los gustos y los colores. Todas las colectividades de gran poder creativo se forjaron en el esfuerzo y la constancia de perseguir la materialización de sus ideales; y las que ejercieron, en algún estadio del ayer, la responsabilidad del dominio y liderazgos mundiales se familiarizaron con estrategias de largo plazo y decisiones inmediatas y perentorias. El acervo político y cultural acumulado en la personalidad histórica de nuestro país obliga a ser mesurado en el diagnóstico de las fallas y carencias de cualquier periodo, sin dejarnos seducir por las ajustadas críticas ni tampoco por las soflamas de los “regeneracionistas” que, como los de finales del XIX e inicios del XX, declamaban sobre los “males de la patria”, tan innumerables entonces como ahora… Si el horizonte próximo se ofrece amenazado por densas borrascas, las capacidades, instrumentos y medios de todo género en posesión de la comunidad nacional podrán disiparlas para conquistar tiempos más o menos alciónicos, en los que se trazarán con seguridad metas de asequible alcance con voluntad de concordia y esfuerzo mancomunado.