Durante los más de trescientos días sin Gobierno, el reparto de papeles ha permitido distinguir a quienes se afanan por apuntalar el sistema del 78, de los energúmenos que propician su quiebra para reventarlo. Los extorsionadores, rufianes de la demagogia y del sectarismo, pretenden hacer de la agitación social y del malestar ciudadano su arma de combate. Autoproclamándose representantes del pueblo, de la gente o de los catalanes, como si todos los catalanes vivieran ocupados en labores de derribo, nos recuerdan a los viejos redentores que anteponen a la libertad el espantajo de una colectividad (pueblo, gente, patria, raza…), y terminan despeñando al hombre por un precipicio.
Es la tesis de Arthur Koestler en El cero y el infinito. Hay dos concepciones del mundo; una, aquella en que el individuo es simplemente un cero frente a una cantidad infinita representada por los fines colectivos. Estos fines justifican todos los medios y exigen que el individuo se sacrifique por la comunidad, la cual puede disponer de él como de un conejo de Indias. La otra concepción, más humanitaria, declara que el individuo es sagrado, defiende un destino libre y personal y proclama que las reglas de la aritmética no pueden ser aplicadas a los hombres.
El gallego tranquilo, administrador de tiempos que resiste para ganar (hai que roelo, se decía en el vetusto Pasarón), supo desde el principio a donde quería y debía llegar y con quien. Como reza un dominico, Rajoy repetía su letanía: Soy un hombre de mi nación y de mi siglo, y me debo a la civilización de la libertad. Quienes debían caminar junto a él se retrasaron en desembarazarse de su particular conveniencia y propio interés. Aún hay obstinados en no comprender que si en la Transición el PSOE tuvo una cita con España y no se hizo esperar, cuarenta años después no cabía el plantón a los españoles, aunque se ha remoloneado para llegar a su encuentro. PP y PSOE deben darse mutuamente lecciones de moderación, de sensatez, y de previsión. Como se demostró en el hemiciclo con la ovación al portavoz socialista, entre ambos partidos no hay diferencias irreconciliables. Sí las hay con los enemigos de la ley, la libertad y la democracia, la cual no puede florecer sino en un clima de convivencia idóneo para hallar los términos medios, los pactos y la estabilidad.
Ni truco ni trato. El tractor es la imagen que resume este “episodio nacional” del último año. Símbolo del impulso, tesón y trabajo de un presidente que se propone arar y abrir surcos al porvenir, sembrando la tierra de concordia y arrancando la cizaña, para que la recolección sea fecunda y rica en libertad y progreso. Y Sánchez como un viajante, se propone desde la disidencia recorrer España en coche empezando desde cero. Ignorante de la tesis de Koestler y divorciado de la realidad. Amenaza con volver las andadas. ¿Intentará nuevamente colarnos de matute un gobierno de cambio?