Opinión

Gran gobierno, pequeño gobierno

TRIBUNA

Luis Asua Brunt | Miércoles 02 de noviembre de 2016
Tras la investidura de Mariano Rajoy empiezan las profecías. Algunos le auguran pocos meses de gobierno, otros una total incapacidad, o impotencia, para acometer las reformas que necesita España. Reformas que resuelvan el paro, los problemas evidentes en Educación, Justicia, institucionales o incluso constitucionales, para afrontar la cuestión de la secesión catalana, o la corrupción.

Ante esta situación, mi apuesta sería intentar un pequeño gobierno, que no quiere decir que sea un gobierno con pocas ambiciones, sino un gobierno que haga micropolítica.

Hay algunos hábitos en nuestra sociedad que vienen de lejos y que son una auténtica rémora. La primera es nuestra pasión por la autorización previa para casi todo. Cada vez que se nos ocurre algo buscamos el permiso del estado en sus distintas representaciones (ayuntamiento, diputación, autonomía o estado). Este paradigma ha cambiado en toda Europa gracias a la directiva 123 de Servicios, que tiene ya diez años y que está muy lejos de implantarse por estos lares con la eficacia necesaria.

Nuestros hábitos de trabajo son lamentables e improductivos, propios de una sociedad presencial o agrícola, de comilona y siesta y no de una sociedad de servicios con gran acceso tecnológico como es la sociedad actual española. Largas jornadas de trabajo con una parada absurda. Un mes de agosto demencial donde todo el país se lanza a devastar un litoral que podría disfrutarse durante más de cuatro meses. El gobierno podría empezar a dar ejemplo y no parar la actividad durante el mes de agosto y repartir las vacaciones desde junio hasta septiembre.

Hemos hecho grandes esfuerzos en comercio exterior, pero hay que incidir aún más en que nuestras representaciones exteriores sean, ante todo, oficinas comerciales. El principal motor para la salida de la crisis ha sido el sector exterior -todavía nadie ha aclarado si era algo buscado por el primer gobierno de Rajoy o se lo “encontraron”- y hay que incidir mucho más en ello. Necesitamos ayudas para las PYMES que exportan -resolver la cuestión de los avales técnicos de los que sólo se beneficia la gran empresa- aliviar burocracia para adecuarla a las necesidades de la actividad empresarial. Clama al cielo que sigamos entre los países donde más requisitos hacen falta -algunos francamente estúpidos- para empezar un negocio.

El tamaño de nuestras empresas es demasiado pequeño. Hay que buscar fórmulas para impulsar la calidad y la eficiencia de las mismas, hacerlas crecer, potenciar los idiomas extranjeros y el acceso a la tecnología. Hacerlas mucho más eficientes y competitivas. Por ejemplo, quien haya sufrido una obra de reforma sabe de la vileza con la que lo tratan a uno.

En un país con mucho sol y bastante viento indigna que en la práctica no se potencie el autoconsumo energético. Sería una fuente de creación de empleo especializado y de calidad. Con nuestro talento nos pondríamos a la vanguardia del mundo en muy pocos años, como lo somos en la poca industria que queda después de la última crisis.

La reforma de la educación hay que declararla silenciosamente (valga el oxímoron) como imposible. Pero hay margen para mejorar algunas cosas. Tenemos algunas escuelas de negocios, medicina, ingeniería y arquitectura de nivel mundial, pero el resto es insignificante. Estos centros suelen ser accesibles por su precio (o dedicación) para unos pocos y debería potenciarse un sistema de becas para asegurar la igualdad de oportunidades.

El gobierno podría impulsar la enseñanza de tecnólogos a todos los niveles, no hace falta que sean licenciados. También un centro de estudios avanzados a nivel nacional que incluya las denostadas humanidades puede ser un gran éxito y un centro de cohesión territorial para acabar con el localismo de las futuras élites. Tampoco estaría mal que se impulsara un ranking de todos los centros educativos, existen en casi todo el mundo, pero ya digo que Spain sigue siendo muy different.

Seguimos siendo un país de malos pagadores, empezando por el Estado. Tenemos una Hacienda imposible en su formalismo. Desaparecido el sereno -y casi el portero- aún nos queda la figura carpetovetónica del gestor administrativo. Sólo rellenar el impuesto sobre la renta requiere una buena dosis de paciencia y de habilidades bastante peculiares. La recaudación esquilma a las clases medias y a los cumplidores.

El gobierno podría hacer un diagnóstico de la administración. Cualquiera que haya trabajado algún tiempo en ella (o con ella) conoce la calamitosa organización. Hay personal completamente ocioso, organismos que no tienen ningún sentido por obsolescencia o porque no tienen dinero para invertir y se limitan a pagar nóminas; los horarios se cumplen en apariencia, pero no existe ningún criterio o dato sobre la productividad del funcionario. Sigue existiendo un enorme desequilibrio entre el sueldo medio en la administración y la empresa privada. Hay una carencia bochornosa de datos. El futuro está en la administración de datos (big data) y la transparencia, pero aquí le damos la espalda.

Nuestra sanidad es de las mejores del mundo. El gobierno apenas tiene competencias, pero quizá -aunque declaro mi escepticismo- podría incidir algo más en la coherencia o la cohesión nacionales. A un niño de Madrid no le ponen las mismas vacunas que a un vasco o a un gallego, lo cual es bastante paradójico.

La actividad cultural es barata y agradecida. El gobierno podría empezar a distinguir entre cultura y entretenimiento. Entre Visconti o Zeffirelli y el petardeo agotado de Almodóvar o alguno de sus discípulos debe de haber un término medio. Nuestro cine enormemente subvencionado apenas tiene nivel, mientras el teatro español (público y de vanguardia) es de primera categoría. En artes figurativas seguimos siendo un país o una cultura (intentemos asumir el liderazgo de todo lo español) también de primer nivel. Los índices de lectura siguen siendo muy bajos. Y a pesar de tener un activo esencial, nuestro idioma. Hoy la mejor feria del libro español se celebra en Guadalajara, pero de Méjico… Coordinemos con ellos -que saben hacerlo- una feria que una los dos continentes.

Este ajuste fino, que puede dirigirse a infinidad de campos, tiene una base en Karl Popper, quien ya distinguió hace muchos años los dos tipos de ingeniería social, la gradual (piecemeal) propia de las sociedades democráticas, de la utópica que pretendía cambiar la sociedad de golpe (y con sangre, añadiría). También los políticos deberían tomar buena nota de que estos meses sin gobierno han sido muy fructíferos para la economía española. Los españoles queremos que nos dejen hacer, que los políticos enreden lo menos posible y vean, si no, el fracaso económico del muy intervencionista ayuntamiento de Madrid, donde la ciudad crece menos que la región por primera vez en décadas. Poco más podemos pedirles a nuestros líderes; ya nos encargamos nosotros de prosperar.