Opinión

La muerte, los fantasmas y Trump

LETRAS DESDE MÉXICO

Rafael Cardona | Viernes 04 de noviembre de 2016

Como si fuera una extraña advertencia para los mexicanos, quienes como todo mundo sabe, vivimos demasiado lejos de Dios y peligrosamente cerca de los Estados Unidos, la semana previa a la elección americana, la hemos pasado entre el aroma del copal (una resina aromática parecida al incienso, usada en ritos funerarios) y entretenidos con las costumbres relacionadas con la muerte, en medio del espanto provocado por la más grave amenaza del norte desde la guerra de 1847 cuando medio país quedó cercenado de su agreste y sufrida geografía, en beneficio de los gringos.

La verdad del demonio, decía un viejo líder campesino de emigrantes mexicanos a California, Reyes Tijerina, sólo se comprende cuando vives con el gringo. “El “anglo” es el diablo”, decía como si fuera poseedor de un arcano revelado.

Pero mientras llega --o no llega-- Satán a la Casa Blanca, cuya oferta persuasiva de campaña es cerrar tres mil kilómetros de frontera con una muralla (no china; cochina), pagada además por nosotros, valgan la pena algunas reflexiones sobre esa inclinación mexicana por la muerte. Sólo un país con esa forma de mirar la vida, le puede decir a la parca casi con alegre desenfado, (versos de José Gorostiza, un poeta mayor), “putilla del rubor helado”. Y después invitarla para irse juntos al demonio.

“…Desde mis ojos insomnes

Mi muerte me está acechando,

Me acecha, sí, me enamora

Con su ojo lánguido.

¡Anda, putilla del rubor helado!,

¡Anda, vámonos al diablo!”

En fin, esas son cosas propias de este país cuya gastronomía espiritual pasó del corazón sangrante en el teocalli, al cuerpo de Cristo en la comunión.

A lo largo de la vida humana –por otra parte--, no ha habido una sola civilización; ninguna cultura cuya idea sobre la muerte sea igual a la de sus vecinos. Cada pueblo ha visto el misterio mortal como parte del enigma de la vida.

Ni siquiera las pirámides son iguales, como no lo son los ritos, los procedimientos funerarios, los sacrificios, las patrañas, las mentiras, las figuraciones, los santorales y los habitantes de los cielos o los infiernos.

Lo único igual en todas las culturas es la visión de derrota aunada a la esperanza o bien de la vida eterna, despojados del estorboso y enfermizo cuerpo; la resurrección o las metempsicosis, es decir, la transformación de una vida a otra vida.

En días como estos brota, como si fuera una muestra de inteligencia suprema, la frase baladí: los mexicanos amamos la muerte. Mentira. Ni siquiera los suicidas lo hacen.

La atracción por el “culto de los muertos”, la prolongación de la ofrenda prehispánica en los altares de muertos, no necesitan por parte nuestra ningún asombro. Tampoco con asunto lúdico ni diversión de ociosos. Son liturgias culturales, si así se les pudiera decir.

Esas formas de recordar a los difuntos solamente les causan extrañeza, admiración y curiosidad morbosa a los extranjeros.

A los mexicanos nos sucede con esto de la muerte algo como ocurría en España cuando los sajones se escandalizaban con la fiesta de los toros. Hoy quienes se escandalizan son los catalanes y los mexicanos y los colombianos, peruanos y venezolanos. El toro es hoy un escándalo y no se salva de la condena ni la sangre de los diestros muertos en una plaza, como ocurrió recientemente en México con un malogrado ídolo de barro llamado "El Pana". Pero por encima de eso hubo siglos de incomprensión sobre la tauromaquia.

Claro, en México, se dirá el culto de la muerte o los festejos con ella y por ella, no causan el sufrimiento de nadie, pero la convivencia mortuoria, especialmente en tiempos recientes, nos hace a los mexicanos habitantes de un enorme y horripilante “zompantli”. Para quien lo ignore, el “zompantli” era una especie ábaco gigantesco, cuyas cuentas de honor eran las cabezas de los guerreros sacrificados al sol, perforadas en las sienes por estacas horizontales y puestas a secar en la proximidad del Templo Mayor, donde hoy se alza la Catedral Metropolitana.

Ahora en México se hace un agujero en cualquier parte y aparecen, sea noviembre o cualquier otro mes, decenas de cuerpos. Algunos enteros y troceados otros; pedacería de humano perdido en la contabilidad de las miles de desapariciones. Un verdadero horror. Un país donde los muertos están a flor de tierra, como las flores, como el pasto, como la grama.

Pero a esos muertos nadie los festeja, de ellos nadie se quiere acordar. Ni son polvo, ni están enamorados, diría Quevedo.

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