Pocas veces un actor es tan agradecido con su propio trabajo. Pero Jan podría ver su película una y otra vez. “En bucle. Él es fan de sí mismo”. El que habla es Bernardo Moll Otto, padre de la criatura por partida doble: director de La historia de Jan y padre del protagonista. Hay quien la ha llamado la Boyhood española. Pero donde David Linklater rodó durante 12 años con los mismos actores e introduciendo trazas de realidad guionizadas, La historia de Jan es la verdad de la familia Moll a lo largo de cinco años, sin guión, sin elementos ficcionados, en crudo, y con un objetivo: ayudar a otras personas que pudieran estar a punto de recorrer su mismo camino.
La historia de Jan comienza, como la de todos, en la planta de maternidad de un hospital. Pero La historia de Jan tarda unos días más en arrancar, cuando confirman a sus padres lo que intuían desde que vieron por primera vez la cara de su hijo: Jan tiene síndrome de Down.
“Para mí fue un shock. Me quedé bastante desconcertado, tenía miedo, miedo a qué pensaría la gente, a cómo contarlo, porque cuando nace un hijo, quieres dar la noticia como algo feliz y en este caso había un poso bastante duro”, cuenta Moll en una entrevista con El Imparcial. “Es muy raro; por un lado tienes la felicidad absoluta de que ha nacido tu hijo, de que le estás viendo, pero no es lo que te esperabas. Aunque conozcas algo sobre el síndrome de Down, cuando te viene de cerca y de golpe, te desconcierta, se mezclan muchos sentimientos”.
Antes de que lo confirmaran las pruebas medicas, Moll y su mujer, Mónica, ya lo sabían. Esa primera noche, se abrazaron en la cama del hospital, con el pequeño Jan en el medio. “Es nuestro hijo y le queremos y le amamos por encima de todo”. La pareja acababa de dar el primer paso de un proceso de aceptación, de aprendizaje y de maduración por el que deben pasar muchas familias. Un camino que a veces se hace muy cuesta arriba y que cada cual transita de forma diferente. Moll encontró su combustible en socializar su proceso, escribiendo un blog, lahistoriadejan.com, en el que un padre primerizo empieza a volcar sus miedos, sus alegrías, sus contradicciones, su día a día.
“En seguida vi el feedback con la gente, cómo había a personas a las que les ayudaba que yo contara mis sentimientos, lo que me iba pasando. A mí, terapéuticamente me ayudaba escribirlo y a la gente también le ayudaba leerlo”. Como montador y director de cine, Moll pasó pronto a acompañar las palabras con imagen, pequeños vídeos de Jan que se convirtieron en el germen del documental que este viernes se estrenó en salas.
En La historia de Jan, los planos se van abriendo de manera paralela a la mirada de Moll: de primerísimos planos del Jan bebé, su cara, sus ojos, sus pies; a planos generales de un Jan que corre, recoge su diploma de educación infantil y rapea. “Al principio me ayudaba mucho centrarme en su mirada, tocarle, besarle… me hacía como olvidarme de que tenía síndrome de Down, que es lo que luego ha pasado a lo largo del tiempo. Cuando pasa el tiempo, tú no estás pensando ya en que tu hijo tiene síndrome de Down, es tu hijo y es así. Pero es cierto que el primer momento es muy duro y creo que había que pasar por ese duelo, no es bueno taparlo, hay que transitar por toda esta historia”.
Porque la cinta no huye de los momentos menos agradables de ese proceso, que no es sólo el de un niño al que le cuesta sostenerse erguido, gatear o hablar, sino de unos padres que aprenden a apreciar cada pequeño gesto –o gesta-, a disfrutar de su hijo.
31 de diciembre de 2009. Primera Nochevieja de la familia Moll al completo. Mónica sostiene al bebé metida en la cama. Llora. Y asume que la alegría que se presupone a unos recién estrenados padres iba a ser distinta en este caso. “Tengo que pasar el duelo por el bebé que no tuve”. Bernardo graba. “Ya estaba tan concienciado de que tenía que contar esto a la gente que a veces daba al REC como un padre que graba un logro de su hijo, y otras veces era el REC de profesional que piensa ‘tengo que captar esto’. Mónica estaba contando unas cosas que creía que la gente tenía que escuchar, era un movimiento de sentimientos tan íntimos que no suelen contarse, pero que pueden ayudar a otras personas. A veces era hasta surrealista, yo ahí grabando todo, y otras casi se nos olvidaba”.
“La unión y el poder compartir tus experiencias con otros que pasan por lo mismo ayuda mucho”, dice Moll. Y si ellos sintieron ese apoyo, esa normalización de una situación que cuando llega es completamente extraordinaria, en la Fundación Síndrome de Down de Madrid, ahora esperan que con La historia de Jan se pueda llevar la complicidad y la ayuda de sentirse comprendidos a mucha gente, a través de la universalidad y amplitud de un medio como el cine. Para Moll, es importante que “los padres que van a pasar por este mimo camino vean que es normal que piensen ciertas cosas, por absurdas que parezcan”. En su caso, uno de sus primeros miedos cuando nació Jan es si iba a llegar el día en que pudiera jugar con él al fútbol.
“De una manera o de otra, todo llega”, cuenta ahora otro Bernardo distinto al de aquellos miedos “absurdos”. Porque ahora, mientras Jan señala su foto en el cartel que anuncia la película en un cine madrileño, lo primero que le viene a la cabeza cuando piensa en los primeros planos que rodó es que es otra persona. “Me siento mucho más maduro, con los pies más en la tierra y más fuerte, siento que le doy mucha seguridad a mi hijo y que ya no tengo ningún tipo de miedo; ya he pasado el duelo y ahora me toca disfrutar”.