Dos penaltis bien pitados alejan a los madrileños de la pugna por la cima. Por Diego García
La impía lluvia guipuzcoana que albergó el duelo estrella de esta jornada sabatina ejerció como preludio y telón de fondo de la empresa a enfrentar por el candidato a todo. El Atlético de Madrid aterrizó en la costa vasca tras apuntalar, con más sudor que placidez, una impoluta clasificación para los octavos de final de la Liga de Campeones. Un triunfo sobre la bocina ante un muro, obligados a ofrecer, se alternaba con una visita que exigiría músculo y concentración, con parámetros de juego radicalmente diversos en la trinchera de enfrente. La Real defendía una inercia jugosa que subrayaba ya el coqueteo con las plazas de potencialidad continental y fiscalizaría el fondo de armario o el resuello de los colchoneros. El duelo del martes y el peso del verde medirían la frescura de las piernas elegidas por la dupla Simeone-Burgos para asaltar el liderato y examinarían la seriedad en los propósitos de los blanquiazules.
Eusebio Sacristán ahondó, desacomplejado a pesar de la camaleónica piel que viene entrenando el púgil rojiblanco, en su visión creativa de este deporte. Raúl Navas sustituía al infortunado Íñigo Martínez para acompañar a Mikel González en una zaga sólo sostenida por el fantástico Rulli y el solvente Illarramendi. Los laterales -Carlos Martínez y Yuri- se vestirían de carrileros de largo recorrido como sus homólogos y sobre Zurutuza y Xabi Prieto crecería una intención monopolística de la pelota. Pero, amén de guardarse el patronazgo del choque, la verticalidad sostenida en los extremos -Vela y Oyarzabal- y la punta –William José- también obtendría espacio en el guión planteado. “Debemos igualar su intensidad”, diagnosticó el técnico, por lo que el trabajo coral habría de acompañar a la ideada fluidez asociativa que desgastara al esforzado triunfador europeo. La consistencia sin pelota se añadía a la receta con participación determinante en el productor definitivo a paladear.
Diego Pablo Simeone entendió que la reproducción de su arquetípico esquema y lista nominal le ayudaría a ganar aplomo si se planteaba una ventisca. Gabi, Saúl y Koke configuraban un ecuador redondeado por el esfuerzo de ida y vuelta de Carrasco. Griezmann y Gameiro repetían como jerarcas ofensivos de movilidad anhelada, y la retaguardia memorizada (Filipe, Godín, Savic y Juanfran) protegería a Oblak de las presumibles turbulencias. Debía acomodar su pelaje el Atlético a un desafío antagónico al superado hace días. En Anoeta tocaría equilibrar proposición y especulación. La inherente atención orquestada en fase defensiva necesitaría de atino en vuelo para dañar al mandato local e, incluso, podría desatar ráfagas de posesión que anestesiaran el ardor oponente. La decisión de dejar en el banco a piezas como Correa, Tiago o Thomas redundaba en la presunción positiva de la continuidad en el término medio. Pero el partido, por las variables frenéticas de sus rivales, podría conducir a los visitantes a extremar sus presupuestos hacia alguna de las dos áreas, abandonando la ortodoxia para sobrevivir. Jugarsela a la contra se antojaba resbaladizo visto el kilometraje acumulado.
El enfrentamiento se abrió con un cabezazo arriba de Godín tras un saque de esquina de Koke –minuto 2- que parecía anunciar una ejecución identitaria colchonera. Sin embargo, al tiempo que el ritmo se disparataba y ambos equipos presionaban y se lanzaban tras robo, buscando interceptar en campo contrario, el discurrir de los minutos relatarían un cauce guadianesco en el dictado de la trama. Sería la Real la que efectuaría el movimiento de apertura, avisando del acierto posicional escogido por su entrenador. Los escaños escalonados donostiarras a la espalda de los adelantados mediocentros atléticos empezaron pronto a desestabilizar al bloque visitante, que no llegaba a la presión con la potencia que les es propia y se rompía entre líneas si no robaba arriba. Así, Zurutuza reclamó la batuta creativa y el aviso tomó doble camino. El primero, en un desborde de Vela, pegado a la cal diestra y en pared con Xabi Prieto, que culminó el mediocentro francés desde la frontal con un disparo que no hizo diana por poco -minuto 6-; y el segundo, a continuación, fue mitigado por un cruce de Gabi al puntiagudo intento de William José.
Se aproximó el duelo hacia el minuto 20 con tendencia a la nitidez en la disposición local de la pelota y tempo. El Atlético había leído la alerta y cedió terreno para mantener la unidad interlineal. Las imprecisiones enfangaron la producción debido a la velocidad que adquirían las combinaciones en tres cuartos de cancha, con Oyarzabal y Vela fluctuando con sus laterales para buscar las cosquillas al encerrado Atlético. El partido, entonces, se distribuía de manera lateral, hacia los costados, donde unos y otros buscaban activar y neutralizar superioridades exteriores. La mutua vehemencia vertical dejó paso a la estabilidad de la horizontal blanquiazul, si bien el sistema capitalino clausuraba con granítico rigor todo pasillo de envío interior. Así, sólo las aproximaciones periféricas albergaban una oportunidad. El testarazo desenfocado de William José, que ganó el salto a Juanfran –minuto 18- y el centro y chut de Yuri que calentaron las manos de Oblak corroboraron la comodidad de ambos en sus roles.
En torno a la media hora, por el contrario, se desamarró de la pasividad un Atlético necesitado de convulsionar la dirección del viento para suponer una amenaza y entorpecer la creciente finura asociativa local. Alzó las líneas, incluyó el factor físico en la fórmula y ganó terreno y argumentos, en consecuencia. El cambio de guardia en la gestión del cuero asomaba y la teoría se tornó práctica con dos remates claros que pudieron girar lo venidero. Con la Real plácida jugando en campo ajeno, Griezmann y Gameiro se desperezaron al trazar una contra fulgurante que Saúl remataría para regocijo individual de los reflejos de Rulli. La mano del meta argentino abortó el fogonazo ganador visitante, que había permanecido agazapado hasta el minuto 26. Nada podría hacer el distinguido arquero en el 28, cuando una emboscada de tres contra Illarramendi hurtó el esférico a los vascos al borde de su área. El ex delantero sevillista emergió desde segunda línea para superar al portero entregado con una delicada vaselina. La madera repelería el intento y la tribuna respiraría. Pero el Atlético parecía haber llegado.
Se relata parecía porque tras el chut desviado de Gabi desde larga distancia hasta el intermedio sólo conseguiría el conjunto rojiblanco equilibrar la relación de fuerzas y voluntades. Nunca mandar o erosionar el plan rival. La Real trató –y terminaría alcanzando su objetivo- de rebelarse con horizontalidad cuando disponía de la pelota, pero la sensación de riesgo transmitida por las flechas visitantes otorgó voz a los madrileños. Sólo Zurutuza, de iluminación intermitente, cambiaba el ritmo para explotar el espacio esbozado por la inclusión en el once de William José, Vela y Oyarzabal. Y viraría el paisaje hacia una regresión que pareció complacer a ambos hasta el descanso y más allá: el dominio del ritmo sería vasco, con su monopolística tratativa con respecto a la posesión, y los visitantes aguardarían, sellados en su cuarto de cancha, un callejón por el que colarse. Y la susurrada desembocadura en intercambio de golpes quedó callada. Tan sólo Vela, que experimentó un crecimiento exponencial en el partido, se saltaría el compás. El mexicano tomò el cuero en el 33, amagó jugar para el exterior, hipnotizando a dos marcadores, para abrirse espacio en el pico del área. De inmediato, dibujó un lanzamiento diagonal hacia la escuadra larga y Oblak culminó la pintura con una estirada de póster.
El camino a vestuarios ofrecía sensaciones contrapuestas. La atención al duelo estrella Carrasco-Yuri, que había ganado con rotundidad el segundo, nubló la capacidad ofensiva de una bien vigilada línea creativa colchonera. Koke se soltaba por delante de Saúl y Gabi pero no había conexión, y Filipe y Juanfran estaban más atentos a la cobertura de su espalda que a sumar en ataque. Eusebio había maniatado la ambición atlética y los madrileños se iban a reposar reflexionando si el medio gas que les penalizaba a la hora de robar balones para montar contras o rebatir la dirección era un problema mental o físico. El 54% de posesión vasca no se tradujo en un desempeño concreto de cara a portería (uno a uno en tiros entre palos), lo que contentaría al Cholo. Pero el pedigree indio no permitía, en ningún modo, defender ese punto en lugar de encaramarse a la cima clasificatoria.
Con rapidez se vislumbraría la fisura por la que sangraba impotencia un Atlético que volvió a replegar ante la salida dominadora txuriurdin. Mantenía una intensidad comprimida en su cancha la red visitante, dispuesta con fe, todavía, a prender llamaradas a la espalda de la medular local. No obstante, en el 51 se confeccionó un tres para tres imaginado por el escapismo de Filipe y propulsado por Griezmann (denso pero indispensable). El galo filtró al desmarque en vertical de Gameiro y obvió la apertura a Carrasco (descontextualizado). El exsevillista definió de zurda, topándose con el lateral de la red. Pero esta peligrosa llegada volvería, como en el primer acto, a evidenciarse como espejismo. Respondió la Real con más integrismo combinativo, desafiando al bloque que mejor defiende en estático, y le saldría redondo. Todo comenzó y terminó con una combinación de Oyarzabal y Yuri en banda izquierda en la que el lateral cinceló una actuación defensiva colosal con un recorte a Gabi en el área que concluyó en justo penalti. Vela anotaría con una clase sobresaliente, de fino golpeo a la cepa del poste izquierdo -minuto 54.
La Real encontraba premio a su efectiva vigilancia tras pérdida y pretensión controladora, rebosante de personalidad, manteniendo su pulso por la posesión y el juego en la cancha visitante. La consiguiente fluida asociación exterior por el perfil zurdo, con triangulación entre Zurutuza, Oyarzabal y Yuri y centro al lado opuesto que confluyó en la volea desviada de Vela contrastó la apariencia del combate: las fuerzas fallaban a los madrileños para coordinar su seguridad en el achique y les mutilaba una reacción briosa que no llegaría. Entonces quiso provocar una metamorfosis de oxígeno Simeone en los suyos, agotando los cambios antes del último cuarto de hora. Correa, Torres y Thomas sentarían a Saúl, Gameiro y Gabi. Así, Koke asumiría el papel de ancla, con la potencia de los introducidos ejerciendo de contrapeso. Le urgía al Cholo reconocerse antes de abordar intenciones ulteriores. Se confirmaría como una sutura infructuosa.
La verticalidad de la Real desestabilizaba a un Atlético que no quería la pelota. Seguía sin reclamar la posesión y se limitaba a abrazar el modelo de cierre y salida en los mejores minutos del club donostiarra, con el campo bien abierto y el juego constante por los extremos. Vela y Oyarzabal confirmaron su estatus abrasivo, más en el último lapso, al presuponer un ambicioso riesgo posicional capitalino. Sin embargo, lo que aparentaba paciencia se descubriría como imposibilidad de llegar al área de Rulli sin partir las líneas. Es por eso que el subcampeón de Europa un puso ningún pero relacionado con su evolución colorida de toque que enriquece su propuesta en el presente cuso. No arriesgaba para no exponerse mientras que Eusebio daba la alternativa a Canales, para que la pelota cerrara los 90 minutos pintada de blanquiazul. Ensoñaba el entrenador local un cierre congelado a través de la posesión, pero Yuri volvió a romper el pronóstico. Ejecutó un saque de banda profundo hacia Oyarzabal que pilló fuera de eje al Atlético. El balón cayó en la clase de Zurutuza, que, de primeras, habilitó hacia la llegada, en solitario, de Vela. El mexicano se deshace en una baldosa de dos zagueros y fue derribado. William José certificó los tres puntos en un disparo al centro desde los once metros -minuto 74-. Los artistas que cimentaron la preponderancia local se aliaron para zanjar el asunto.
Carrasco amaneció de su pegajosa pesadilla en el 78, con un zurdazo que no localizó arco. El respingo postrero rojiblanco, con 2-0, hizo arribar al área oponente a seis efectivos. Y todavía gozaría de la opción de granjearse una escaramuza final para salvar un punto, pero Rulli negaría todo ajetreo. Con Vela –soberano- y William José en el banquillo –sendas ovaciones y cambiados por Concha y Juanmi-, el meta argentino cauterizó la incertidumbre con una reacción excelsa al remate de Griezmann en el 88. Yannick no alcanzó a dar encuentro al cuero y la red en el rechace ante el achique de la retaguardia y se bajó el telón con justa distribución asimétrica del botín. La posesión se dispararía hasta el 57% y las llegadas al área entregarían la razón a los locales por 12 a nueve (3-2 en tiros entre palos). La cuarta victoria en los últimos cinco duelos disputados de los realistas (a dos puntos de su rival de este sábado) se cosechó gracias a la superioridad anatómica que, a la larga, se significaría como protagónica. Sollozó por segunda salida consecutiva un Atlético que no está consiguiendo entregar coherencia a sus preceptos renovados con el fondo de camarín adquirido en este tramo de ejercicio. Hierático ante la sugerencia de defenderse con balón, sucumbió. Sin fluir ofensivo, la pegada no acudió esta vez para salvaguardar el oxígeno de una línea defensiva que se demostró, al fin, humana.