TRIBUNA
Agapito Maestre | Lunes 07 de noviembre de 2016
La Asociación Estudios de Axiología, organización independiente de cualquier ayuda del Estado, o sea absolutamente libre de cualquier atadura gubernamental, organiza anualmente un Foro Liberal, para discutir sobre las ideas liberales en los ámbitos económico y político. Este año se celebra este encuentro intelectual en el Colegio de Doctores y Licenciados de Madrid, durante los días 16 y 17 de noviembre, y yo participaré con una ponencia sobre la vinculación del principio liberal y el principio democrático. Aunque sea una obviedad para millones de personas la imposibilidad de hablar de democracia sin respetar la libertad de los individuos, creo que es menester recordar, repensar y actualizar esa vinculación para que no muera destruida por el resurgimiento mundial de los populismos, por un lado, y el empecinamiento de las políticas idealistas de las “elites” que gobiernan al margen de la realidad social y económica de la ciudadanía por otro.
Frente al idealismo del “deber ser” y las revoluciones tecnocráticas o populistas, frente a las utopías políticas y revolucionarias, frente al triunfo apoteósico de la “rebelión de la masas”, en el sentido orteguiano de la expresión, es menester repensar el vínculo entre el principio liberal y el democrático. Releamos, pues, a Ortega y Gasset, porque nadie, en el pensamiento político español, ha visto con tanta perspicacia como él que de la justa convivencia de esos dos principios , el liberal y el democrático, depende no sólo el desarrollo de los individuos sino también de las sociedades abiertas y plurales. Sin liberalismo, sin respeto por el libre desarrollo de los individuos, no hay democracia. Fue preocupación fundamental de Ortega pensar una teoría de la sociedad radicalmente democrática, o sea, cuanto más individuo, cuanta más libertad, más democrática será la sociedad, y viceversa: cuanto menos individuo, más “totalitarismo” o rebelión de las masas, más mediocridad y más resentimiento, o sea, más odio frente al que se exige a sí mismo más que a los demás, hallaremos en la sociedad He aquí un grandioso pensamiento clásico de la excelencia para fundamentar una teoría radical de la democracia, una filosofía política absolutamente vigente, que tiene su punto de partida y de llegada en la defensa absoluta del destino de la persona: la libertad.
Un destino imposible de entender sin la política. Si nuestra humanidad sigue definiéndose en la esfera pública, defiendo que sin voluntad de ser libre la “necesidad de la libertad”, por decirlo con terminología de Ortega, muere arruinada por un “destino” fatal y determinista. Por el contrario, cuando existe la voluntad de libertad, también podemos hacer nuestro un destino inevitable y abierto; en cierto sentido, esa voluntad es la mejor manera de domar nuestro destino, de serle “fiel”. De ese entrelazamiento entre libertad y destino surge una original filosofía política que comienza admitiendo una intuición al alcance de cualquiera que no quiera ser esclavo: “la libertad es antes un hecho que un concepto”. Ahí reside la diferencia entre la tradición hispánica de pensamiento y la sajona. Ahí está la diferencia entre Ortega y Gasset e Isaías Berlin. Ahí hallamos la inmensa distancia que existe entre Octavio Paz, por un lado, y Habermas o Rawls por otro. La tradición racio-vitalista de Ortega nos persuade de que esta fidelidad a nuestro destino, la libertad, es al fin la tarea de vivir. Es nuestra tragedia, pero también nuestra salvación. La política genuina siempre es trágica. En este contexto poco apegado al racionalismo centroeuropeo, la democracia considerada como método de “selección de élites” y, a veces, como forma de vida, resulta insustituible para actualizar nuestra quebrada libertad. Ésta no es nada sin voluntad, sin la querencia por la libertad, de participar en una realidad de carácter musical, según dice María Zambrano, que trata de armonizar las diferencias a través del método democrático: “La gran novedad del orden democrático es que ha de ser creado entre todos. El orden de algo que está en movimiento no se hace presente si no entramos en él.” Voluntad y necesidad se entrecruzan permanentemente. Hay que conciliar libertad y destino. Sin esa conciliación todo deber ser moral o jurídico es parcial o falso, o peor, es una fuga, una utopía, una quimera.
Quizá sea esta especial fidelidad al destino la principal diferencia entre la inteligencia hispánica y la sajona. Pero, en verdad, ¿qué significa hacerse cargo del destino? Se trata de domar la situación política. O nos hacemos cargo de ella o nos arrasa. La política no es ni buena ni mala.Sencillamente, es. Está ahí. Es necesaria. Naturalmente que existe otro sentido de “destino” ante el que el hombre nada puede hacer, porque escapa a la voluntad humana y ante el que solo cabe resignarse. Pero el destino al que me refiero, insisto, está vinculado a la filosofía raciovitalista de Ortega, que está lejos de haber sido “explotada” para enfrentarse a los populismos actuales. Ortega nos invita a asumir que “la vida es destino”. “Vida es, a la vez, fatalidad y libertad es”, insiste Ortega a lo largo de toda su obra, “ser libre dentro de una fatalidad dada.” Tenemos pues que querer nuestro destino. No se trata de elegir el destino, ya que el hombre no puede elegirlo, que por eso es destino —llamada, vocación—, pero sí puede serle o no serle fiel; es decir, quererlo o no. Ortega coincide en este punto crucial con Unamuno. Frente a una concepción racionalista y abstracta de la libertad, Ortega es impecable y poético cuando dice: “No se diga tampoco que la fatalidad no nos deja mejorar nuestra vida, porque la belleza de la vida está precisamente no en que el destino nos sea favorable o adverso —ya que siempre es destino—, sino en la gentileza con que le salgamos al paso y labremos de su materia fatal una figura noble”. Querer nuestro destino es tanto como querer ser libre. La idea de libertad, esa esperanza rescatada de la fatalidad, según expresión de Zambrano, es la pauta decisiva del pensamiento político de Ortega que aún sigue vigente, sobre todo para saber cuál es el verdadero nivel de democracia alcanzado por nuestras sociedades. Pero esta idea, por decirlo suavemente, no es universalmente aceptada; mientras que podemos fácilmente encontrar lectores honrados del filósofo español que reconocen fácilmente los caminos abiertos por Ortega para el pensamiento político contemporáneo y, en particular, para la teoría de la democracia, no parece que todos esos lectores estuvieran dispuestos a admitir que sea, aún hoy, la propia idea de libertad de Ortega la pauta para medir el grado de democracia de una sociedad.
En efecto, no todos quieren ser libres. La gente prefiere antes llenar la andorga que vivir en libertad…. En todo caso, yo siempre defenderé, como Ortega, que lo decisivo de una democracia es “que en una sociedad cada individuo pueda llegar a ser lo que es sin verse sometido a presiones o favores.” Es la mejor definición del liberalismo español, que preside la entera obra de Ortega. Toda la trayectoria política de Ortega es consecuente y absolutamente coherente con este ideal, que expuso con transparencia y belleza varias veces a lo largo de su obra, aunque quizá fuese en su famoso discurso de Rectificación de la República, pocos meses después de la llegada del régimen republicano, en abril de 1931, cuando mejor lo sintetizó: “La República significa nada menos que la posibilidad de nacionalizar el Poder público, de fundirlo con la nación, de que nuestro pueblo vaque libremente su destino, de dejarle fare da se, que se organice a su gusto, que elija su camino sobre el área imprevisible del futuro, que viva a su modo y según su interna inspiración.
Yo he venido a la República, como otros muchos, movido por la entusiasta esperanza de que, por fin, al cabo de centurias, se iba a permitir a nuestro pueblo, a la espontaneidad nacional, corregir su propia fortuna, regularse a sí mismo, como hace todo organismo sano; rearticular sus impulsos en plena holgura, sin violencia de nadie, de suerte que en nuestra sociedad cada individuo y cada grupo fuese auténticamente lo que es, sin quedar por la presión o el favor deformada su sincera realidad.”
Sin libertad y, sobre todo, sin la voluntad de ser libre la democracia es una quimera…En fin, queridos lectores, tomando pie en estas notas sobre Ortega, hablaré del futuro de la democracia frente a los viejos y nuevos populismos, en el Foro Liberal que organiza la no menos liberal Asociación Estudios de Axiología, que tiene a la libertad, de verdad, como primer valor en su jerarquía axiológica. Algo es algo.