Opinión

Cuando el monstruo vive lejos

LETRAS DESDE MÉXICO

Rafael Cardona | Viernes 11 de noviembre de 2016

En muchos sentidos la situación de España es privilegiada. Sus fronteras, aun la de Francia, no son ahora una amenaza en ningún sentido. Por ejemplo, nada la va o le viene a Madrid si los americanos, en horda constructora y convertidos todos en alarifes del odio, alzan una muralla de tres mil kilómetros para aislarse del mundo Iberoamericano y quedarse de paso, nada más, con la parte blanca del Tratado de Libre Comercio de América del Norte.

El mestizaje, lo de abajo, se puede ir a la mierda. Pero eso en Madrid no es una amenaza, ni siquiera cuando los estragos de un limitadísimo NAFTA golpeen a las empresas españolas avecindadas en México. Total el muro es para evitar a los mexicanos porque, ¿sabe usted? Son sucios, malos, pervertidos, ladrones, violadores, traficantes.

Los americanos no son traficantes, nada más son consumidores de cuanto quepa en el cuerpo, por cualquier vía, hasta la menos idónea; como hubiera dicho don Lamas, ese gran personaje quevediano. Usted lo sabe. Y si no lo sabe, pues ni modo. Sin embargo los dolores del mundo han sido mayores. Y la distancia, usted comprende, mitiga la circunstancia.

En México la sola posibilidad de una ganancia trumpiana (como sucedió) hizo necesario un paso audaz cuyo trámite cubrió de críticas al presidente Enrique Peña Nieto: Recibió a un barbaján cuya lengua de vitriolo ha ofendido a los mexicanos.

Hubo algunos delirantes cuyo exceso fue acusar al Presidente de traicionar a la patria, como si hubiera entregado la mitad restante del país, la actual, delimitada por la cicatriz de una guerra con Estados Unidos en el siglo XIX. Usted sabe.

Por eso he escrito esto:

Calificada por él mismo como una decisión precipitada, rápida; acelerada, la reunión de Enrique Peña con Donald Trump, cuando nadie veía más allá de la repugnancia y el oportunismo crítico, no es ya de ninguna manera, la traición a la patria denunciada con notoria exageración por los más radicales o los más charlatanes, escoja usted.

Haberse reunido con un candidato a la presidencia de los Estados Unidos no fue, esencialmente, un acto contra la patria. Se incurrió, desafortunadamente, en muchos errores de protocolo, oportunidad, atención, trato; pero de ninguna manera se traicionó a la Nación. No se firmaron los nuevos tratados de La Mesilla ni se trastocó el orden constitucional del país ni se rindieron las banderas ante el invasor.

Simplemente se sostuvo un encuentro oscilante entre la política y la diplomacia. Y si se trató de aclarar puntos, de explicar actitudes y establecer un mecanismo de diálogo con miras al posible futuro, las cosas dieron el resultado conveniente.

Hoy Enrique Peña lleva varias semanas de adelanto en la ruta de los encuentros directos con Donald Trump con quien hoy, casualmente todos los jefes de Estado del Mundo quieren hablar. Todos. Hoy, mientras los teléfonos suenan de manera constante en las oficinas de Trump, los Estados Unidos nos muestran otro ejemplo claro de su esquizofrenia absoluta.

Si bien el hoy candidato triunfante o presidente electo, en su momento condicionó la aceptación de los resultados a la proclamación de su triunfo, con lo cual escandalizó a las buenas conciencias con el ataque a las instituciones (casi como si las hubiera mandado al diablo), hoy son los demócratas quienes se inconforman no con el proceso sino con el resultado.

Por miles han salido a las calles los seguidores de Clinton, para protestar por el triunfo. No alegan fraude, no condenan al sistema electoral y sus complejidades, no reniegan de la elección en sí misma, pero le niegan su validez como mecanismo de expresión democrática. Y eso es lo más antidemocrático del mundo.