El inefable diputado Pablo Iglesias catalogó como “muestra de salud democrática” que unas personas impidieran el uso de la palabra a otras, en el seno de un recinto universitario.
Dando modelo, sin duda, él mismo participó en un acto similar, años atrás, cuando Rosa Díez pretendió entablar un diálogo parecido con estudiantes universitarios.
Entonces, iban a cara descubierta. Gracias a ello, sabemos hoy quién era quién. Ahora, ya han progresado en su praxis clínica, y se han protegido escondiéndose tras un pasamontañas, posiblemente aséptico, para preservar las condiciones higiénicas de la operación y salvar mejor la identidad de los cirujanos con vocación de diputados. Quizás.
Puede parecer que eso de la “salud democrática” se trate de una prosopopeya, en la que se ha personificado algo accidental, la salud, atribuyéndole un constructo político. Es como mezclar churras con merinas. Pero, en fin, tampoco vamos a esperar finura intelectual.
De ser una figura retórica, sería reversible, en cuyo caso, encontramos que la democracia está sana, cuando no dejamos hablar a un contrincante político… Así, nos encontraríamos con una paradoja, si no fuera un sarcasmo, cuyo excipiente es el cinismo.
La paradoja la hace quien se dice “representante de la gente” y es corresponsable del bloqueo de la acción política que hemos sufrido durante diez meses. La gente, con perdón, elegimos a todos ellos para que cumplieran con un deber cívico. Para eso les pagamos; no para que se cortocircuiten unos a otros y preserven los intereses de su secta.
Volviendo a la gesta de los supuestos universitarios, en mi modesta opinión, no querer escuchar al otro es, en todo caso, una vergüenza, sin prosopopeya alguna, y un retroceso en el proceso del desarrollo del hombre, porque ahí falta civismo, falta respeto, falta educación, falta tolerancia, falta sentido democrático, falta espíritu universitario. Hay tantas faltas contenidas en el mismo acto, que más que de salud, habremos de hablar de un estado anémico, propio de una anorexia de humanidad.
Callar al otro por la fuerza es un juego de poder violento, que impide el diálogo, la transacción, el consenso, el contrato. Es decir, con vueltas de tuerca semejantes, nos vamos a la selva. Allí, a cielo raso, reina, precisamente, la ley de la selva, que no es democrática, ni lo pretende.
Un político de 1933, que se presentaba a aquellas elecciones de entonces, decía lo siguiente: “En estas elecciones votad lo que os parezca menos malo. Pero, no está ahí (en el Congreso) nuestro marco. Eso es una atmósfera turbia, ya cansada, como de taberna al final de una noche crapulosa. No está ahí nuestro sitio…Nosotros no vamos a ir a disputar a los habituales los restos desabridos de un banquete sucio. Nuestro sitio está fuera, aunque tal vez transitemos, de paso, por el otro. Nuestro sitio está al aire libre, bajo la noche clara, arma al brazo…Que sigan los demás con los festines. Nosotros fuera, en vigilancia tensa…” ¿Les recuerda algo actual?, ¿qué tal si llamamos “casta” a -los habituales del banquete sucio-? y, si en vez de -el aire libre, bajo la noche clara, arma al brazo-, nos concentramos en “la calle y hacemos barricadas, o rodeamos el Congreso” ¿caemos ya en la cuenta?
Aquel líder antiguo, de aquellos tiempos turbulentos, no quería tener un partido, porque no creía en el socialismo, ni en el liberalismo. Su pretensión era tener un movimiento en acción continua. Era un agitador, un visionario, que plagó las calles de milicias y sembró las cunetas de muertos.
Esta Señoría de hoy, ya transita por dentro y participa a dos carrillos del banquete sucio. Pero, anda repicando en la tribuna y quiere estar en la procesión al mismo tiempo, para subir la fiebre en ambos sitios. Su pretensión es crear follón dentro, y fuera arrear a las masas, azuzarlas, inocularles buenas dosis de odio, hasta que revienten de rabia. Trotsky también aspiraba a lo mismo: tener una revolución permanente.
No seré yo quien defienda a los –habituales del banquete sucio- que marchan sin vergüenza a colocar a los propios, en cargos vacíos de contenido; acrecientan el gasto público, atracando al contribuyente sin piedad; apañan su futuro, llenándose de sinecuras y beneficios vitalicios; pululan como gusanos voraces en la corrupción de toda índole y amortajan a la Nación, dejándola indefensa jurídicamente y desgarrada en las aulas. Ni quiero ser defensor, ni cómplice silencioso de la situación, mientras tenga la palabra.
Pero las invectivas de Su Señoría Iglesias tienen trazas de empeorar el panorama y sumergirnos en las zahúrdas más negras y regresivas, típicas de la desesperación.
Dejó dicho Ortega que “la radicalización es posible cuando hay un vencedor absoluto y un absoluto vencido”. Y no podemos darnos por vencidos. De hacerlo, sobrevendrá la revolución, bien la troskista cainita, bien la termidoriana con guillotina, o la bolivariana de la hambruna. En todo caso, un estado morboso, Señoría, donde los juegos de poder crean una enfermedad grave, el caos, que genera el fracaso multi-orgánico anterior a la muerte. Muerte de la razón, muerte del diálogo, muerte de la democracia, muerte de la civilización, muerte de la humanización. ¿Es esa la salud que anhela Su Señoría?
Ah!, se me olvidaba. No es pleonasmo. Queda por añadir que el orador de 1933 era José Antonio Primo de Rivera, en su discurso del 29 de octubre.