Cabría interpretar como pretenciosa la afirmación que asegurara que el objetivo esencial de un equipo de fútbol, en un partido estándar, fuera golear hasta el sonrojo al oponente. Sobre todo bajo el decrépito paraguas de lo políticamente correcto y la inercia a la compresión igualitaria que se impone como tendencia (defensiva) en el balompié moderno. Pero resultaba que España se medía a Macedonia con Italia enfrentándose a Liechtenstein en tiempo simultáneo. Ambos encuadrados en la cima del Grupo G de los clasificatorios europeos para el Mundial de Rusia 2016. Navegando en un sistema que factura billete directo para el primer clasificado y envía al purgatorio de la resbaladiza repesca al segundón. Es decir, que el Nuevo Los Cármenes acogería la interpretación más rigurosa de la responsabilidad ante un trámite. El rival todavía no había puntuado y el bloque nacional pretendía comerse los turrones en paz. Holgaba recordar que cualquier versión que difiriera de sacar tres puntos en este trance sería parangonable con jugarse el patrimonio al póker con ‘Los Pelayos’. Porque los transalpinos caminan diesel. No piensan en goles, sino en visitar territorio patrio e irse con la barriga llena.
Julen Lopetegui hubo de regatear un puñado de bajas sensibles. Sergio Ramos, Gerard Piqué, Jordi Alba y Andrés Iniesta yacían en sus respectivas ausencias, por lo que tocaba enmendar los vacíos y proseguir en el engrase de la transición de la transición. Apostó el técnico vasco por estrenar la pareja Bartra-Nacho, con Carvajal y Monreal en ejercicio equilibrado de ida y vuelta. Thiago y Koke crearían sostenidos por Busquets, con Silva perforando, con finura y entre líneas, y Vitolo desestabilizando dondequiera. Morata portaba el nueve y la jurisdicción del gol, tras el infortunio de Diego Costa. Necesitaba la campeona en Sudáfrica 2010 el compromiso sin balón y la paciencia con él de las grandes ocasiones, pues los contrincantes coyunturales de este sábado ya buscaron las cosquillas a la concentración italiana en la cita previa (2-3 sobrevivieron los azzurri). Encontrar sensaciones en el cortejo del cuero, química y buena mezcla en la generación que debe reclamar el micrófono y no desesperar si la profundidad se resiste marcaban el guión. El baño y masaje, de salir indigesto, se tornaría en un examen de madurez repentino. Pero también es cierto que los fuegos artificiales discurren en paralelo sin atender a la táctica. Y los nacionales disponían de pólvora y lumbre determinantes, pese a los pesares.
Igor Angelovski, preparador rival, era consciente de la situación de los suyos, incluso, en particular, de su cargo. A pesar de mostrar dignidad ante los italianos, una nueva derrota zanjaría su competitividad en esta fase y les descolgaría hasta el fondo del ránking FIFA, el peor registro de su escueta historia balompédica. Por eso, tras aclarar los favoritismos, sólo declamó que esperaba ver un nivel más de pulsión competitiva de su vestuario. Algo de coordinación defensiva amén de chispa, ya que la motivación inherente a medirse a uno de los gigantes se presuponía. Goran Pandev, campeón de la Champions en el Inter de Mourinho y habitante respetado de la Serie A, llegó a la titularidad como boya experimentada ante la introducción en la convocatoria de la estructura sub-21 (ocho peones) que clasificó a su nación para el próximo Europeo de tal categoría. Como referente participaría Alioski, pichichi del campeonato suizo, y lo haría esquinado en una línea de cinco que pretendería colapsar el ecuador del terreno para lanzar contragolpes. Los tres zagueros en liza intentarían solidificar la consistencia anhelada, con Hassani como uno de los faros y Nestorovski en el papel de punta de lanza. La supervivencia, según relató el discurso oficial, se asemejaba a una quimera, pero también se verbalizó esa disposición ante las huestes de Gianluigi Buffon.
El envite evidenció el compás de su trama con celeridad y en brochazo grueso: ambos contendientes enfrentarían sus estilos y potencialidades sin matices. Proposición y ataque frente a ortodoxia defensiva y transición. Sin complejos. Macedonia aclaró desde temprano que formaría con un 5-3-2 en fase defensiva, que buscaría bloquear el perfil central y entre líneas de la ofensiva local, derivando hacia los extremos la influencia de los avances españoles. Con pelota, en fugaces contras, el dibujo se disfrazaría como un 3-5-2. Pero aplicarían su intensidad a un encierro deliberado y estudiado. A bascular con afán para cerrar los pasillos de pase y especular con la ocupación de los espacios, pues todo su once se atrincheraría en su cancha cuando el ataque nacional transitara en estático. Tanto era así que Alioski, el vertiginoso regateador, ocuparía gran parte de su rendimiento en vigilar las incursiones de Carvajal y Vitolo. Y, pese al mencionado despliegue, gozaron de las primeras opciones más claras.
Hasta el intermedio sólo disfrutarían de dos ocasiones para ampliar su precario balance de tres dianas hasta esta fecha de calendario. Pero se antojarían venenosas y protagónicas. La primera arribó en forma de aviso. Hassani centró punzante un balón que la displicencia de Vitolo convirtió en córner. El lanzamiento posterior fue cabeceado por Velkoski, tras varios rechaces, para la reacción oportuna de De Gea –minuto 4-. Y la segunda, en el 19 de juego, además de confirmar el paisaje (los visitantes no se expondrían para hacer daño, lo que les juramentaba a amortizar la estrategia), remarcó la sensación de inquietud. Pandev ganó un saque de esquina a Nacho y remató con la testa, a continuación y ante el desajuste español, lamiendo el poste.
Quedó corroborado que habría que sudar y mantener alto el umbral de la intensidad. Tanto en la meta del portero del United como en la defendida por el arquero del Gimnastic de Tarragona. Porque el repliegue integrista, la conformación de ese muro fluido tejido sobre una entregada red de ayudas, exigiría a los pupilos de Lopetegui temple, atención táctica y precisión. La vigilancia tras pérdida y la presión orquestada con eficacia sembró placidez al monólogo local en la gestión de la posesión (nunca bajaría del 70% este guarismo). Sin embargo, la verticalidad ideada por el preparador vasco no se haría tangible con asiduidad, ni mucho menos. A pesar de la suma de Carvajal y Monreal a la elaboración y la inclusión como interiores de Silva y Vitolo, Koke y Thiago sufrieron para enchufar su magnetismo a la lógica de antagonismos y la circulación se confirmó horizontal y densa en el arranque del enfrentamiento. Así, los cambios de orientación y las superioridades por banda empezaron a horadar la impetuosa resistencia centroeuropea. Un pase filtrado por Busquets, que entregó a Morata el recorte y zurdazo demasiado cruzado desde la frontal –minuto 14-, significó la anunciación de la senda trascendental, que, empero, debía ser complementada por las escaramuzas externas.
Con la producción restringida a la inventiva (más bien individual) en tres cuartos de cancha, salvo las llegadas a posiciones de centro lateral, España lanzaba a seis de sus artistas a la frontal pero no se escalonaban, sino que aguardaban turno para tirar una pared o cazar una segunda jugada. En ese intervalo de llanura creativa conectó Nacho un chut –minuto 21- que rebotó en la zaga, desencadenando un mano a mano que Morata marró con el portero y el zurdazo de Silva que la retaguardia se sacó de encima con urgencia, cuando su arco figuraba vacío. Sin velocidad ni fluidez asociativa suficientes para desordenar la acumulación de obreros, la inercia a la dependencia de los fogonazos personales continuó. Silva frotó su visión de juego y ofreció a Morata un disparo diagonal que Dimitrievski repudió con los pies -minuto 24- y Thiago rascó una falta directa que el canario mando a las nubes tras pintar un slalom en al frontal que hipnotizó a dos rivales.
Quemada la primera media hora y con cierto perfume de marasmo, con la sensación de haber completado casi todos los epígrafes –salvo el de la movilidad sin pelota y el de los chuts desde media distancia-, Macedonia se sentía cómoda en su arrinconamiento prolongado. Tanto, que comenzó a lanzar ráfagas de presión que no sólo no supondrían una enmienda al transcurrir del soliloquio patrio sino que abrieron ventanas ofensivas (fruto del cansancio añadido de ir y volver) que confluyeron en la inesperada vía por la que se autografió la añorada apertura del marcador. Vitolo y Carvajal penalizaron una desatención por la banda diestra y el virtuoso extremo del Sevilla cedió para el envío parabólico del lateral madridista. Desde línea de fondo. Morata, experto en el cuerpeo, generó el caos que no había podido crear en combinación y la pelota fue al encuentro con la red macedonia tras golpear la coronilla de Velkovski –minuto 34-. Hacía caja, al fin, el despliegue jerárquico español. Sin una afinación destacable en lo coral se adelantaba el ejercicio pragmático decretado por Lopetegui.
No cabrían más llegadas a portería hasta el descanso. Macedonia, que no varió su rictus tras el golpe sufrido y se marchó a vestuarios satisfecha, ya que en su hoja de ruta se concebía éste como un duelo largo. El objetivo era llegar vivos al último tramo para efectuar, entonces, un respingo ambicioso. Por lo que el trabajo estaba cumplimentado parcialmente. Las cifras, además, le entregaban la razón. España detentó el control del tempo y las sensaciones, pero no ocurrió así con el peligro. El 75% de posesión no se tradujo en concreción rematadora. No obstante, la victoria por nueve a tres en llegadas al área se sintetizaba en un ajustado 2-1 en tiros a palos. Mientras tanto, Italia se estaba relamiendo en Vaduz con un 0-4 resplandeciente, circunstancia que obligaba a un ascenso de revoluciones, precisión y frugalidad en los movimientos que multiplicara la cosecha.
Tal aceleración no tomó forma como un blitz, sino que lo hizo de manera sostenida. Asimismo, con el avanzar del minutaje, los visitantes soltaron contras con mayor periodicidad. Vitolo, intermitente, emergió para asumir el papel diferencial y se activó como en batallas pretéritas para ejercer de núcleo desequilibrante. No esperó y recibió un envío quirúrgico de Koke para centrar. Morata chutó y despejó Dimitrievski -minuto 45-. Se haría daño el delantero madridista y alternaría Macedonia llegadas de remate. La primera, en el 49, colocó al repliegue español mal parado. Bartra conjugó de forma precaria la acción y Alioski remató para que el central del Borussia Dortmund deshiciera su pifia y la enviara a córner. De inmediato repetiría participación el escurridizo canario, con un centro al que Silva no acertaría a llegar para hacer el segundo, y volvería a responder el combinado centroeuropeo, esta vez a balón parado, para recalcar el aumento del ritmo y la exposición de ambos contrincantes en este alzamiento del telón.
La entrada de Aduriz por Morata –tanto esfuerzo como desatino de cara a portería- y la de Zhuta por Spirovski reforzó los presupuestos de los técnicos. España controlaba el envite gracias a su activación tras pérdida pero no lograba inquietar de manera continuada a su rival. Sería en este punto, el de inflexión, cuando, de nuevo, la calidad técnica individual actuaría como tozudo ingrediente diferenciador. Busquets imaginó un pase interior al desmarque de Silva que el cerebro del City leyó como centro hacia el segundo poste. Allí, desvío mediante, esperaba Vitolo. Cabezazo y gol a regañadientes. Sentenciaba la esforzada consecución de los tres puntos la selección –minuto 63- y, tal y como se había desempeñado la conversación, parecía suficiente. De hecho, cinco minutos después, Hasani batió a De Gea en una acción anulada por fuera de juego. Y, en el 70, De Gea se desperezaba con una estirada de foto. Bardhi, adalid sub-21, engatilló un cañonazo ajustado desde media distancia infructuoso por la reacción del portero nacional.
La legitimidad de los visitantes quedaría amalgamada sobradamente, pero el fuelle les acabaría pasando una mala jugada para que, aliñado por los cambios y el hambre local, se experimentara en Granada una traca final consoladora. Eligió cerrar el envite Lopetegui con la entrada de Isco por Koke, buscando más control de la posesión y granjearse una conclusión más monopolística todavía, pues los macedonios habían paladeado sus mejores minutos ofensivos tras el 2-0. Se equilibraría la relación de fuerzas antes del desenlace, en un lapso de centrocampismo que asistió a la entrada de Ibrahimi por Nestorovski. Pero el malagueño salió motivado como para gritar por más cuota de pantalla y España concluyó los 90 minutos arrinconando a los centroeuropeos, con presión y circulación en la frontal ajena. Las asociaciones aceleraron en los últimos diez minutos para redondear el esfuerzo en ambas fases del juego con dos goles en el crepúsculo. Localizaría el madridista un callejón para que Carvajal centrara, cómodo, hacia la llegada desde segunda línea de Monreal, que suscribió el 3-0 con una volea rebosante de fundamentos. Y, con los brazos rivales por el verde, Busquets atisbó el desmarque de Silva (otra vez clarividente). El mediapunta envió, rasante, hacia el punto de penalti. Vitolo participó amagando y Aduriz remató el resultado final de certero golpeo –minuto 85-.
Completarían las sustituciones los entrenadores en los minutos de la basura (Vitolo por Callejón y Gjorgjev por Hassani) y el delantero napolitano todavía llegaría a rematar cruzado, sin éxito. Se desamarraron las ataduras tácticas sólo cuando el cansancio fue factor y, en ese escenario, la calidad disparó los réditos de una España que goleó con gesto serio. Muy concentrada en ajustarse al traje ideado por su entrenador pero adoleciendo de la exquisitez de otros tiempos. No enamoró en esta jornada sabatina la sobriedad grave del que se sabe obligado a la excelencia y se amoldó el cuadro local, finalmente, a una ejecución más efectiva que efectista. La estética combinativa, de momento, está descontextualizada, aunque las estrellas sobre las que gravitó el vuelo nacional fueran Silva y Vitolo. Koke y Thiago todavía no hablan el mismo idioma y es Busquets el que gobierna, resintiéndose el engranaje atacante. Y las bajas hicieron el resto. Pero el escudriñe en busca de matices es, en este punto de crecimiento, obsceno. Con todas las necesidades cubiertas (Italia no marcó ni recibió goles tras el descanso), queda promulgado el sosiego hasta 2017.