Opinión

Cien años de relaciones con Serbia

ORIENT EXPRESS

Ricardo Ruiz de la Serna | Domingo 13 de noviembre de 2016

Casi se termina 2016 y no he escrito nada sobre el centenario de las relaciones diplomáticas entre España y Serbia, que se establecieron en el mes de octubre de 1916. El lector debe imaginarse al reino eslavo ocupado por los ejércitos del imperio austrohúngaro, el Imperio Alemán y el Reino de Bulgaria. Tras dos intentos de invasión que los serbios habían logrado rechazar en 1914, los tres aliados centrales resolvieron invadir Serbia por tercera vez en el otoño-invierno de 1915. Superados en número y teniendo que enfrentarse con tres ejércitos por el norte y el este, el gobierno serbio resolvió iniciar una retirada ordenada a través de Albania. Salvar al ejército era, de algún modo, salvar al reino. Junto al ejército, a través de las montañas heladas, hostigados por bandidos albaneses, marchaban miles de civiles que escapaban de la ocupación de los invasores. Diezmados por el hambre y el frío, exhaustos, 155.000 serbios alcanzaron la costa y, gracias a barcos de los aliados, llegaron a la isla de Corfú a principios de febrero de 1916. Unos 200.000 habían muerto por el camino.

Mientras tanto, España había declarado la más estricta neutralidad ya desde el comienzo de las hostilidades. Sin embargo, la Gran Guerra se convirtió en un asunto de política nacional en el debate público. La opinión pública estaba dividida entre aliadófilos y germanófilos mientras el gobierno de Dato trataba de hacer equilibrios. La debilidad militar de España latía tras esa neutralidad, como vio el Conde de Romanones en su celebérrima columna “Neutralidades que matan:”, que decía así: “La neutralidad que no se apoya en la propia fuerza está a merced del primero que, siendo fuerte, necesite violarla; no es la hora oportuna para hablar de la indefensión en que se halla España, Baleares, Canarias, Las Rías Bajas y las Altas Rías de Galicia, si pudieran hablar, si les fuera dable posible quejarse ¡qué cosas dirían!, ¡qué tremendas imprecaciones habríamos de escuchar! Cualquiera de los beligerantes que necesite de estos puntos, ¿quién le impedirá ocuparlos? Y entonces sucederá que los llamamientos y protestas del débil neutral por nadie serán escuchados, y quedaremos a merced de los acontecimientos, sin tener a quién volver la vista ni pedir amparo en la hora de la suprema angustia.”

Sin embargo, esa neutralidad benefició a la economía española, que suministraba materiales a todos los contendientes. Como declaró Maura, España no podía ni debía ir a la guerra, pero -añadimos nosotros- obtenía de ella pingües beneficios. Como señala Lacomba, “la neutralidad fue una época dorada para la economía española, permitiéndole un esplendor que, a la larga, no supo aprovecharse […] fue esta la coyuntura en que pudo reorganizarse toda la estructura económica del país […] ahondó el tajo existente en la sociedad española enriqueciendo fabulosamente a los grupos burgueses y sumiendo cada vez en mayor miseria al proletariado”.

Esta neutralidad, no obstante, dotaba a España de cierto atractivo diplomático. Serbia necesitaba amigos neutrales que pudiesen interceder por sus prisioneros y por los miles de civiles que el Imperio de los Habsburgo había deportado a campos de concentración más allá de las fronteras de Serbia. No debe soslayarse la dureza de la ocupación. Ya en 1914, los primeros avances de los imperiales y la breve ocupación de algunos pueblos y aldeas mostraron la brutalidad de las ejecuciones sumarias y los arrestos masivos. Serbia necesitaba alguien que tuviese crédito y ascendiente sobre los Imperios Centrales.

Alfonso XIII, rey de España, lo tenía. Familiar y amigo de las casas reales de toda Europa, desde 1914 había puesto en marcha la Oficina Pro Cautivos, que funcionaba desde el Palacio Real sufragada íntegramente por el patrimonio del rey. Con un presupuesto de unos dos millones de pesetas -una suma nada despreciable para la época- las cartas despachadas desde ella y las gestiones emprendidas por sus emisarios mejoraron las condiciones de vida de miles de prisioneros de guerra de todos los bandos. Llegó a recibir a diario más de 20.000 cartas de familiares de prisioneros que pedían auxilio, mediación, socorro, ayuda. Los españoles deberíamos estudiar más estos momentos en que el nombre de España ganó un prestigio imborrable ante el mundo entero. Las notas de agradecimiento de los gobiernos y los ciudadanos son conmovedoras. Gracias a esta oficina, 1.500 niños serbios deportados a Austria -nótese bien, eran niños- regresaron a Serbia. El gobierno y el rey de Serbia agradecieron la gestión.

Tampoco era nueva por completo la relación entre Serbia y España. El rey Milan I Obrenovic había recibido el collar de la Orden de Carlos III en 1882 y, desde aquel año, los dos países mantenían relaciones comerciales en virtud de un tratado internacional. Desde 1910, había un representante de España en Belgrado, aunque no tenía rango de embajador. En 1911, se envió a un encargado de asuntos militares. Este interés de Serbia por España no era solo político. Desde finales del siglo XVIII y a lo largo de todo el XIX, el interés de los intelectuales serbios por España -y, especialmente, por la literatura de los Siglos de Oro- había alimentado una admiración unánime por la obra de Cervantes. En esa devoción cervantina desempeñaron un papel determinante los judíos sefardíes establecidos en Serbia. Entre 1895 y 1896, Hajim Davičo, uno de esos sefardíes, traduce el Quijote directamente del español al serbocroata. Otro día habrá que contar esa historia.

Baste ahora señalar que, en medio de la guerra, los dos reinos establecieron unas relaciones diplomáticas que estaban llamadas a perdurar más allá de la I Guerra Mundial. El 14 de octubre de 1916, el regente Alejandro I Karadjordjevic se dirigía al rey Alfonso XIII llamándolo “mi hermano” y designando a Dragomir Jankovic como “enviado extraordinario y ministro plenipotenciario”. El 7 de febrero de 1917 el señor Jankovic presentaba sus cartas credenciales. El Archivo Histórico Nacional conserva la fotografía de ese día. Para entonces, Serbia había logrado recomponerse y el ejército que había languidecido en Corfú combatía de nuevo en el continente y sostenía el esfuerzo de guerra en el frente de Salónica. Quedaba mucho por combatir, pero las relaciones diplomáticas trabadas en medio de esta guerra que desangró Europa sobrevivirían los avatares del siglo XX y llegarían hasta nuestros días. Ahora cumplen cien años.