Trump constituye un fenómeno complejo que no puede ser leído con ligereza. Su elección se convierte, de alguna manera, en una representación simbólica del mundo en el que vivimos. A ver si me explico: Cuando uno lee lo que se escribía a finales de los 90s nos encontramos con que la literatura académica tenía un tono bastante optimista. De aquellos años encontramos, entre otros: El Fin de la Historia de Fukuyama, El mejor de los tiempos de David Gauthier y La Democracia Cosmopolita de David Held. Se nos hablaba de un mundo luminoso, en el cual todo era posible dentro de los cánones de la democracia y la libertad.
Uno entiende que había razones que justifican un optimismo más o menos desmedido. El mundo había superado el riesgo de un ataque nuclear devastador con el cual se nos había amenazado a todo lo largo de la Guerra Fría, la Unión Soviética era un asunto del pasado, la Federación Rusa entraba en un proceso de aparente democratización, los Chinos hablaban de apertura, mientras América Latina superaba las últimas dictaduras e impulsaba la democracia y el libre comercio y el Medio Oriente se encontraba estable, luego de la derrota de Sadam Hussein.
De esos tiempos recordamos unos líderes simpáticos, de nuevo cuño, una especie de baby boomers globales que, en casi todos los casos habían crecido luego de la Segunda Guerra Mundial y que habían comprado el discurso de la paz mundial. Nos regalaron palabras de apertura cercanas al ciudadano y una actitud, incluso, bonachona. De esos tiempos tenemos a gente como Bill Clinton, Tony Blair, Boris Yeltsin, entre muchos otros que habían sido formados para la democracia cosmopolita.
El tiempo de la paz, sin embargo, duro poco. La promesa de un mundo sin conflictos dio paso a nuevos retos cuando se empezaron a mostrar conatos de desorden a todo lo largo del mundo. Quizás el ataque a las Torres Gemelas de Nueva York abre espacio para una nueva concepción del mundo en la cual ningún lugar se encuentra a salvo, todos podemos ser tocados por el terrorismo.
Hay que recordar, además, que en algún punto ese tiempo idílico se develo como una fantasía. La confrontación y la guerra localizada se mostraron como fenómenos globales. Es así que nos encontramos con matanzas colectivas entre Hutus y Tutsis en África, con limpiezas étnicas en la vieja Yugoslavia, con la invasión en Libia, con detonaciones nucleares en Corea del Norte. Todo esto junto a la aparición de nuevos asuntos dentro de la agenda global. Los Derechos Humanos, el Calentamiento Global, el Narcotráfico, el Tráfico de Individuos y largo etc, empezaron a formar parte de una compleja madeja de problemas que debían, y deben, ser afrontados por la humanidad.
La evolución de la historia reciente es mucho menos prometedora: Ataques terroristas en Paris, Inestabilidad en Siria, en Libia y en Irak; autoritarismo en Rusia y en América Latina, ISIS como fenómeno de alcance global en términos de su capacidad destructiva; hambruna, pobreza, enfermedades como la fiebre aviar o epidemias como el SIDA. Nos encontramos ante una conflagración de baja intensidad que afecta la seguridad de todos los habitantes de la tierra, que produce miedos, que crea desorden.
En ese contexto se produce el triunfo de Donald Trump en las recientes elecciones presidenciales de los Estados Unidos. Creo que uno puede decir con certeza que nos encontramos en un momento mucho menos optimista. Es claro para todos que la promesa de la Modernidad no ha llegado a materializarse, que vivimos tiempos oscuros, que la lógica institucional sobre la cual descansaba la vida civilizada, que establecía limitaciones morales y nos permitía valorar la otredad se ha liquidificado. Nos encontramos en un momento en el cual la gente parece apostar por liderazgos fuertes, por personas de carácter capaces de asumir los retos de un tiempo complejo y lleno de incertidumbre.
La gente de los EEUU voto por Trump no solo como una manifestación de protesta en contra del Establishment político preponderante, sino además por la percepción de que era necesario un cambio en la visión política desde la cual se estaba ejerciendo el liderazgo de esa nación a nivel mundial. Es claro que Obama es percibido como un líder débil, con poco carácter, sin capacidad de decisión. A fin de cuentas, son pocos los éxitos que esa administración puede mostrar en materia internacional. Además, parece haber quedado establecido que un número importante de los habitantes de ese país están descontentos por su situación actual, por la pérdida de empleos, por el desmejoramiento de su calidad de vida.
Hay una diferencia sustantiva entre el país que desde el exterior vemos, ese que se nos muestra en las grandes capitales, en la luminosa Nueva York, en la hermosura imponente de Washington DC, o en la cosmopolita California y el país profundo, silente y conservador que habita en el interior, en los pueblos pequeños. Ese otro país se manifestó de manera contundente en la última elección presidencial de los Estados Unidos.
No me queda claro si Trump es o no un error. La verdad no me toca evaluarlo desde mis propias latitudes. Lo cierto es que la gente se manifestó a favor de una promesa aislacionista, conservadora, excluyente. Se manifestó a favor de alguien que dijo las cosas que pensaba sin mayores adornos, sin pretensiones o cuidados excesivos. Trump se presentó como un hombre de éxito pero llano, capaz de llamar las cosas por su nombre y de enfrentarse a la manera tradicional de hacer las cosas. Si el pueblo estadounidense se equivoco o no, si su gestión traerá paz o confrontación al mundo, será revelado con el tiempo.
Lo importante desde la perspectiva desde la que escribo es que algunas cosas han cambiado en política, que es necesario escuchar a la gente con mayor cuidado, que hay que gobernar, también, para los excluidos y empezar a incluirlos, no hacerlo crea insatisfacción y rompe los equilibrios, pero además, hay que gobernar para garantizar el orden, atendiendo las múltiples amenazas que a diario surgen en contra de la gente, intentando, al menos, garantizar su seguridad. El triunfo de Trump representa la posibilidad del outsider, es el triunfo de la antipolítica, con todo lo peligroso que eso puede llegar a ser. Esa es la gran paradoja.