Opinión

En el primer centenario de la muerte de Rubén Darío

TRIBUNA

Emilio Arnao | Viernes 18 de noviembre de 2016

No he visto todavía por lo que he visto a que nadie en este sport que es España celebre el primer centenario de la muerte de Rubén Darío -1916-. Resulta mientras que todo va resultando que hemos olvidado a Rubén, “dichoso el árbol, que es apenas sensitivo”. Lo fatal de esta situación estriba en que aquí a los poetas, a diferencia de la antigua Grecia, se les olvida al hacer sonar la lira y a mantener el strip-tease del lirismo con zapatos de tacón. Rubén, quien murió de cirrosis de tanto asomarse al cognac y al vino malo, fue el precursor de la modernidad de la poesía acaecida a finales del XIX principios del XX, “y más la piedra dura porque esa ya no siente”. Rubén inició el camino del Modernismo trayendo de Sudamérica todos aquellos cisnes o todas aquellas joyas y princesas en donde la subterraneidad de los versos colmaron una etapa que se presumía como evasión y tardío romanticismo tras una generación abocada al realismo y a la pseudocultura que se hallaba como colgada de las ramas de los árboles, ahorcando la sensibilidad y la sensorialidad, la palabra ornamentaria y el adjetivo así como consultado por el mármol de Carrara, “pues no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo”. Rubén sintió que la verbosidad del castellano debía anclar en lo oculto de la transparencia.

Celebramos este año el primer centenario de su muerte, con su “Azul”, sus “Prosas profanas” o sus “Cantos de vida y esperanza”, “ni mayor pesadumbre que la vida consciente”. Darío amó a una campesina española, Francisca Sánchez, pero también amó a España y sobre todo a Paul Verlaine, a quien llegó a conocer mientras éste, como Darío, se calzaba la absenta como una forma de reincorporarse a un mundo que le parecía cornúpeta, geodésico, irrespirable y guarida de lo dolorosamente humano. Rubén no tuvo una vida fácil -sus aventuras calcaron en él la demostración del sufrir, de la decadencia, del enroscamiento acompañados de un alcohol que él reducía a versos en donde la Venus de Milo fuera completamente de mármol, como ya había dicho Verlaine, “ser y no saber nada, y ser sin rumbo cierto”. El entierro de Darío fue multitudinario, pues los americanos sabían que no sólo se había muerto el poeta que mejor licuó el cidro del estrofismo, del soneto o de esa bella delincuencia que es el idioma español, sino que moría con él toda una época que podía considerarse como el último romanticismo. Rubén fue el último romántico dedicado a poner tejas y seltz a un tiempo en que vivir sólo era errabundez, topografía gramatical y un dolor de catatumbas que venía del parnasianismo o del simbolismo franceses, “y el terror de haber sido y un futuro terror...”. Es ese futuro terror lo que obligó a Darío a escapar de la vida entre el efebismo de la bebida y la consagración de las palabras escritas en el punto exacto de donde se acaba o empieza la luz, “y el espanto seguro de estar mañana muerto, y sufrir por la vida y por la sombra y por lo que no conocemos y apenas sospechamos”. Rubén o la alquitira.

Ya digo: no he visto por ahí mientras veía ninguna referencia de aniversario en este 2016 que ha vuelto a enterrar, con dolarización o con claraboyas sin dientes, calavera del poeta, a un Darío que traficó con el arma de la poesía y que sacudió los cimientos terribles de la poesía contemporánea. Rubén se inventó la palabra nueva, el escapismo en relación con las joyas, con el colorismo, con la animadversión de Unamuno, para morir laburando la historia de la literatura con azada y perfeccionismo. Toca ahora volver a leer a Rubén, “y la carne que tienta con sus frescos racimos, y la tumba que aguarda con sus fúnebres ramos”, pues que el no hacerlo es como vaciar los cafés de París o las montañas de Nicaragua de princesas tristes, de sonoridad en lucerna, de rotación del tradicionalismo hacia una modernidad que luego evolucionaría hacia las vanguardias. Vicente Huidobro, en 1916, se inventó “El Creacionismo” y con él el olvido in perpetuam de R. Darío, “¡Y no saber adónde vamos, ni de dónde venimos!”. Esta incertidumbre del mundo, como digo, plenamente romántica, puso su uranografía a un tiempo en que vivir era algo parecido a ser conscientes de lo fatal, de la sinfonía del calambre, de la usanza del alma viva o muerta, de esta Metapa que es y seguirá siendo la poesía como aplazamiento del mundo o de los tejidos del terror que ya citara Max Estrella en la obra de Valle-Inclán. Rubén se ganó a pulso la gloria, pero perdió el hígado, que es lo que nunca hubiera permitido Prometeo. Por el infinito sigue asomándose el cognac y el verbo hecho básket, nefrología o simplemente el paraninfo de las ninfeas.