Opinión

Nuevos tiempos, nueva política

TRIBUNA

Juan José Laborda | Viernes 18 de noviembre de 2016

El resultado de las elecciones presidenciales y legislativas norteamericanas nos han convencido de que esta vez la inestabilidad no es una alarma más de algunos medios de comunicación sensacionalistas, sino que esa percepción ha arraigado en las conciencias humanas con sensaciones tan nuevas y distintas que intuitivamente sabemos que son creíbles.

Con la elección de Trump hemos abierto la puerta que conduce al futuro, pero por primera vez desde la postguerra civil y mundial, el camino que aparece ante nosotros no se sabe si se podrá transitar y del que no se alcanza a ver bien si tendrá recorrido en el tiempo.

Las certezas del pasado han terminado. Ahora estamos arrojados a la historia. Ya vivimos en una época que no tiene nombre, en el sentido que las convenciones sociales y políticas válidas para nuestro tiempo, desde la ONU hasta la Europa democrática -criticadas tantas veces-, ahora nos dan, en el mejor de los supuestos, tan sólo estabilidad, algo que fue desdeñado antaño por la severidad de los que exigían cambios radicales en política.

La evidencia de que no se ve el futuro (¡un oximorón propio de este tiempo!) está en que los que en el pasado criticaron la construcción del Estado social y democrático en nuestro país, ahora pretenden, poco menos que impulsando una rebelión contra todo, conservarlo a toda costa, rechazando frontalmente cualquier reforma, y en esa actitud siguen como en tiempos pretéritos, una curiosa continuidad que les lleva a exigir lo mismo que ayer rechazaron y combatieron.

España, como la mayoría de las democracias mundiales, siente el malestar de esta época, pero sin embargo posee factores propios que la hacen capaz de marcar la senda de la recuperación moral y política que las demás democracias están buscando en este tiempo.

España está mejor que Gran Bretaña, Francia o Italia, y otros varios países amigos y aliados, para encontrar salidas a la confusión e inestabilidad actuales. España podría perfectamente apuntar soluciones al malestar actual que suponga conservar y perfeccionar las libertades democráticas, siendo una alternativa a esa deriva limitativa de la democracia que está apareciendo en Europa, así como en América.

La causa de que los valores democráticos, y sus comportamientos cívicos y electorales correspondientes, estén entre nosotros mejor que en esos países, se ha explicado por historiadores y sociólogos por el hecho de que la democracia y el Estado de Derecho han sido conquistas recientes y que proyectan desde su pasado cercano un potente rechazo a soluciones que recuerden a las que caracterizaron al franquismo, como el autoritarismo, la autarquía internacional o la sumisión a una ideología única y excluyente del natural pluralismo intelectual y cultural.

La democracia y el Estado de Derecho han sido conquistas, ¡sí!, ¡conquistas recientes!, y sólo desde esa verdad histórica, desde la verdad de su éxito de entonces, España puede estar dispuesta a enseñar y a compartir en Europa y en el mundo avanzadas soluciones democráticas a los problemas de esta época!

Pero para ello tendríamos que superar nuestra tendencia atávica a rechazar el diálogo y los acuerdos, en fin, a rechazar el método y el estilo que hicieron posible el consenso constitucional.

El primer obstáculo a superar se halla en el llamado populismo, una ideología con débiles conceptos políticos, pero que obtiene su lógica en dos conceptos decadentes: la revolución y la soberanía nacionalista. Ambos conceptos sostienen un discurso ideológico que mostrará sus incongruencias y falsedades en cuanto Europa recupere un debate auténticamente político sobre lo que quiere ser en el mundo.

El segundo obstáculo, que se entrelaza con el anterior, fue la nefasta y dañina incapacidad para lograr acuerdos para reformar la Constitución (y otras instituciones varias), por parte de los grandes partidos.

Pues bien, ya ha pasado el tiempo para ese tipo de acuerdos. Lo que es completamente nuevo de este tiempo es que, aunque los partidos políticos y el Gobierno alcanzaran un milagroso compromiso reformador, la sociedad será la que tendrá la llave para llevar a cabo con éxito esas necesarias reformas, y aquí se incluye las que afectan a Cataluña y al Estado autonómico.

Esta afirmación no pretende oponer la sociedad a los partidos políticos, y tampoco es un turno a favor de la democracia plebiscitaria, contrario a la democracia representativa. Los partidos políticos y el Gobierno, por lo que ha sucedido este último año -y que se arrastra por veinte años con la misma incapacidad de colaborar entre ellos-, no tienen otro remedio que impulsar (y servir de cauce) a un gran debate político, que supere el maligno “argumentario”.

Cuando cayó el comunismo, los ideólogos del capitalismo defendieron su completa desregulación, y lo que fue más importante, pretendieron que las libertades democráticas fuesen meramente pasivas, limitadas a votar, consumir y con la más amplia despolitización posible.

Los partidos políticos ahora deben politizar a la sociedad, deben impulsar un compromiso de naturaleza republicana, y ese compromiso comprende a todos los que no se conforman con una “democracia de la mentira”, que lleva a la “oligarquía postmoderna”.

El Rey pronunció un discurso ante los parlamentarios de esta nueva época. La Corona, no sólo es el límite absoluto al populismo, y por eso éste es incompatible con esa forma política del Estado, sino que Felipe VI, ante los males de humillación de tantos ciudadanos, lanzó unas propuestas de regeneración en el más clásico lenguaje del compromiso republicano.