Opinión

Rajoy, ante un campo de minas

POR LIBRE

Joaquín Vila | Domingo 20 de noviembre de 2016

Como se veía venir, a Rajoy ya le han dado dos buenos revolcones nada más arrancar la legislatura. PSOE, Podemos y Ciudadanos se han unido para tumbar la Ley de Educación y, un par de días después, no ha podido colocar a Fernández Díaz al frente de la Comisión de Exteriores, ni en la del Tribunal de Cuentas por la oposición de la triple alianza. Y esto no ha hecho más que empezar. El presidente parece no haber asumido todavía que gobierna en minoría absoluta.


Ya se sabe que Podemos se va a oponer a cualquier medida que pretenda el PP. Los socialistas no se atreven ni a sonreír a Rajoy, pues después de abstenerse para que gobernara están obligados a erigirse en la voz de la Oposición para que Pablo Iglesias y Pedro Sánchez no les acusen de traicionar a la izquierda. Y Ciudadanos, como siempre, anda entre dos aguas, pero sin querer mojarse. El verdadero problema de Rajoy se llama Albert Rivera, que aunque catalán, parece más gallego que el presidente del Gobierno, pues nadie sabe si sube o baja, si se inclina a la derecha o a la izquierda, o si pretende dirigir España desde el centro de su ombligo naranja.


Rajoy parece estar atrapado por el llamado síndrome de La Moncloa, que sufrió, más que nadie, Felipe González con su amor por los bonsáis, pero del que tampoco se libró Aznar. Zapatero, fue un caso aparte; ya entró con todo tipo de síndromes. Y es que, los presidentes, a medida que pasa el tiempo se acostumbran a gobernar a toque de corneta y se encierran con los fantasmas de palacio, más visibles y amables que los adversarios políticos que acechan fuera. Prefieren ir de cumbre en cumbre por el extranjero donde nadie les señala con el dedo, incluso son agasajados. Rajoy no cabía en sí de gozo cuando este viernes le abrazó Obama y estuvo a punto de llorar de alegría con los piropos de Merkel.


Pero en cuanto aterriza en España, al presidente del Gobierno le llueven las críticas desde todos los frentes. Pues ya es hora de que despierte del sueño de la mayoría absoluta. No le queda más remedio que prepararse para la profunda y larga borrasca que le espera. Si pretende que la legislatura dure más de dos años, ya puede sacar el paraguas y lucir su mejor sonrisa, la misma que dedicó a Obama, a Merkel, a May y al lucero del alba en Berlín. Solo así podrá circular por el Congreso de los Diputados sin que le vuelen la cabeza, porque el Hemiciclo se ha convertido en un auténtico campo de minas para el presidente del Gobierno. El PSOE y Ciudadanos han claudicado y le han permitido gobernar. Pero desde entonces, son sus mayores enemigos, pues saben que sin ellos Rajoy no llega a primavera.


Y este va a ser el divertido duelo de esta tomentosa legislatura. El presidente tendrá que armarse de paciencia y torear con pausa. Pero, sobre todo, tendrá que bajar a la realidad y pactar hasta la extenuación.


Es verdad, que, como ya ha amenazado, siempre le queda el recurso de disolver las Cortes si le bloquean constantemente el Gobierno. Pero es un arma de doble filo, porque podría recibir un duro castigo en las urnas por su incapacidad para gobernar. El PSOE necesita tiempo para recomponerse antes de afrontar unas nuevas elecciones, pero tampoco puede ponerle la alfombra a Rajoy. Ciudadanos quiere sacar tajada de la dependencia del PP y Rivera disfruta como un niño sacando pecho y torturando al presidente. Aunque no quiere ni oír hablar de nuevas elecciones por el pánico de poder acabar en el grupo mixto.


En realidad, a los tres partidos les interesa que dure la legislatura, pero el equilibrio se antoja más que difícil. Los personalismos y los intereses partidistas siguen protagonizando la actuación de todos. Son los enormes árboles que no dejan ver el bosque.


Nadie se atreve a augurar lo que pasará. Si Rajoy va a durar cuatro años, como pretende, o se verá abocado a disolver las Cortes en unos meses. La primera prueba de fuego son los Presupuestos y, de momento, el PP no cuenta con un solo apoyo. El PSOE los ha rechazado sin mirarlos. Rivera se ha puesto farruco, como suele, y ha exigido la paralización de los recortes antes de sentarse a hablar, además de otras impertinencias. Y el PNV ya ha sacado a relucir su hoja de ruta soberanista para que se la coma el presidente del Gobierno si quiere su voto.


Dicen que Rajoy ya ha encargado una docena de bonsáis para podarlos con mimo en el invernadero que Felipe González construyó en La Moncloa, mientras Sáenz de Santamaría se ocupa de todo. Porque él no soporta a Rivera, no va a suplicar al PSOE y no está dispuesto a ceder ni un milímetro ante el PNV en la unidad de España. Y al Congreso de los Diputados no quiere ni acercarse por el temor a que le estalle alguna mina. España sigue tan atascada como hace un año. Y parece que ha pasado un siglo.