Opinión

Posverdad

TRIBUNA

Raúl Mayoral | Domingo 20 de noviembre de 2016

Cary Grant, antes de empezar a correr “Con la muerte en los talones”, interpreta a un alto ejecutivo publicitario y, sentando cátedra, asevera que en el mundo de la publicidad la palabra mentira no existe; en su lugar, se emplea el término exageración. El cine siempre apostó por lo verosímil, dando cancha a lo aparente en detrimento de lo verdadero. Aunque la verdad puede, a veces, parecer inverosímil. Con palabras se inventa un sistema, dice Mefistófeles en el Fausto de Goethe. Y el Diccionario de Oxford ha acuñado el neologismo del año: post-truth, posverdad, que explica cómo las emociones influyen más que los hechos objetivos en la formación de la opinión pública haciendo realidad lo que parecía irrealizable (victorias del Brexit y de Trump y titularidad de Izco en el Madrí). Importa mucho que la verdad no riña con la emoción. En manejar las emociones y apelar a los sentimientos era todo un especialista Goebbels (Una mentira mil veces repetida se convierte en una verdad), quien lograba la confianza de las masas mediante afirmaciones sin base real. Lo importante no es lo que realmente ocurre sino que la gente esté convencida de lo que cree que ocurre. Acostumbrado a enmascarar la verdad ¡qué no habría hecho el jerarca nazi de haber conocido y empleado las redes sociales!

Hemos abolido el mundo de la verdad. Nada hay de verdadero, proclamaba Nietzsche. ¿Tiene futuro la verdad? se pregunta George Steiner, en “Nostalgia del absoluto”. La verdad tiene futuro; que lo tenga también el hombre está mucho menos claro. Los hombres tienden a creer lo deseable, no lo que es real, cierto y verdadero. Otros sostienen sus principios con firmeza vertical y tenacidad aplastante siempre y en todo momento, a pesar de los vientos que mueven la veleta. Esos hombres no se mueren nunca porque como decía la Santa, la verdad padece, pero no perece. Y las verdades ¿se poseen o se viven? se preguntaba Unamuno. Hay que vivirlas, y una vez vividas, manifestarlas dando testimonio de ellas. Negarse a proponer la verdad es ausentarse del mundo moderno. En las modernas democracias algunos se han ausentado porque otorgan al error, a la mentira y al mal las mismas prerrogativas que al acierto, a la verdad o al bien. El mundo necesita liberarse de la mentira porque el hombre actual tiene necesidad de la verdad. No de la posverdad. Es como si las democracias se hubieran declarado enemigas irreconciliables de la verdad. De la verdad histórica unas veces, de la verdad de la vida casi todas y de la verdad de la ciencia en otros casos. Esa alergia a la verdad es consecuencia del relativismo moral. Por pretender comportarse educadamente, muchas personas terminan convertidas en relativistas morales diluyendo la verdad en formas vagas e imprecisas cuando no sacrificándola en aras del buenismo. Hoy la crisis de la verdad es también la crisis de la libertad. Sin las libertades esenciales del hombre no hay verdadera humanidad.