Uno de los problemas del análisis político radica en la identificación del universo a evaluar. Y ahí existe otro de los problemas centrales de la reflexión: suponer esa realidad en función de la percepción unilateral. En este sentido, el estudio científico de Donald Trump y sus propuestas de gobierno deben obligar a los analistas a ser más profundos y serios y sobre todo menos ideológicos, ciertamente cuando el sentido del analista sea el de buscarle explicaciones a las nuevas realidades y no militar en una corriente de opinión.
El problema con Trump va a ser más serio de lo que se supone. Las primeras percepciones lo señalan como parte de una nueva oleada neoconservadora. En términos generales, el neoconservadurismo es una corriente filosófica de pensamiento, es decir, acotada por la racionalidad de las ideas. Sin embargo, los primeros indicios revelan que Trump en realidad no es un neoconservador sino algo más complejo que requiere mayor fundamentación histórica: la derecha tradicional, un conjunto pragmático de ideas más cercanas al fundamentalismo religioso.
La nación estadunidense que prefigura Trump podría tener más referentes con El Crisol, aquella maravillosa obra de teatro de Arthur Miller que recrea el asunto de las brujas de Salem, Massachusetts, de finales del siglo XVII: unas niñas fueron acusadas de brujería y quemadas. El caso recogió formas de fanatismo, comportamientos sociales dominados por el miedo y un factor de influencia nociva de la religión. La comunidad de Salem era cerrada, oscurantista. Este caso ha sido analizado como un ejemplo de la sociedad religiosa del miedo.
Trump está lejos de Ronald Reagan y de George W. Bush, dos de los presidentes estadunidenses localizados en el espectro del neoconservadurismo ideológico. Pero Reagan y Bush fijaron su conservadurismo en el territorio interno fiscal y anti estatista y de identificación de los comunistas (Reagan) y los terroristas (Bush) como los enemigos de la estabilidad moral de los EE.UU. Los principales ideólogos del neoconservadurismo encontraron en esas políticas exteriores un factor cómodo de cohesión interna; en cambio, los gobiernos de Nixon, Clinton y Obama fueron asumidos por los neoconservadores como aliados de aquellas civilizaciones (Samuel P. Huntington) contrarias a los ideales de democracia y bienestar del modelo estadunidense.
Los votos que le dieron la victoria a Trump no fueron los de los neoconservadores sino los de los votantes individuales que lograron sumar una mayoría nacional. En su libro The politics of resentment (La política del resentimiento), la investigadora Katherine Cramer analizó los comportamientos en una comunidad de Wisconsin frente a los políticos gobernantes y encontró justamente una raíz del resentimiento del ciudadano trabajador con el poder de la burocracia que recibe salarios de los impuestos de la ciudadanía.
Nadie había hasta ahora tocado esa fibra sensible del sentimiento de la mayoría silenciosa que descubrió Nixon y que logró sacar a votar para arrasar en dos elecciones, aunque el establishment lo echó de la Casa Blanca por el caso Watergate, una investigación difundida por el The Washington Post pero inducida por la habilidad del entonces subdirector del FBI, Mark Felt, el famoso Garganta profunda. Felt representó a la comunidad de los servicios militares y de inteligencia que rechazaban el deshielo del republicano Nixon a la Unión Soviética y el acercamiento estratégico con China promovido por Henry Kissinger que llevaría a una desmilitarización de la política exterior.
En cambio, los republicanos Reagan y Bush reforzaron la percepción de los enemigos del american way of life (Moscú, Pekín, el socialismo latinoamericano en Centroamérica, el primero, y el segundo con Irán, Irak y Afganistán y su terrorismo) estaban fuera, aunque dentro hubiera algunos aliados informales (tontos útiles) en los progresistas del Partido Demócrata como Clinton y Obama. Al final, republicanos y demócratas coincidían internamente en función del escenario internacional: amenazante según los republicanos; y administrable, según los segundos.
La lucha por la presidencia en el 2016 fue entre el liberalismo imperialista del nuevo equilibrio militar-nuclear que representaba Hillary Clinton y la derecha tradicional de Donald Trump representando a la comunidad anónima de ciudadanos del viejo modelo religioso-reaccionario antiestatista de los pioneros (Trump se vio como un empresario que despreciaba al establishment de gobierno) cuyos resentimientos no alcanzaban a entender la política exterior y se quedaron con el castigo a los burócratas que terminaron con uno de los ejes del bienestar estadunidense: la relación automática trabajo-jubilación. Y de paso, la derecha tradicional que veía un abuso en la fabricación de fortunas especulativas que nada tenían que ver con el trabajo productivo.
De ahí que Trump represente justamente a esa derecha tradicional, más ideológica que funcional, de profundo tinte religioso del siglo XVII y más vinculado al protestantismo como un conjunto de valores éticos en la tarea empresarial como fabricación de riqueza social. Por eso muchos simpatizantes de Bernie Sanders encontraron en Trump ese agitador de conciencias contra el enriquecimiento de Wall Street que apoyó a Hillary Clinton y llevó muchos votos a Trump. Al final de cuentas, los neoconservadores habían pasado ya a formar parte del establishment ideológico como factor de equilibrio en los gobiernos. El viejo neoconservadurismo encontró el camino fácil de los valores vis a vis amenaza externas.
De ahí la importancia de replantear el análisis sobre Trump: no es neoconservador sino derechista tradicional, algo, sin duda, más duro de roer.
@carlosramirezh