Opinión

El papa jesuíta y el heresiarca Lutero

TRIBUNA

Juan José Laborda | Jueves 24 de noviembre de 2016

El papa Francisco estuvo presente en la catedral sueca de Lund en un acto litúrgico, que se convirtió en ecuménico, con el que los luteranos inician el año de Lutero (1483-1546), que finalizará el próximo, en octubre de 2017, cuando se conmemore el 500 Aniversario de la publicación de “Las 95 Tesis contra las indulgencias” en la iglesia del palacio de Wittenberg, por entonces ducado de Sajonia.

Un papa, que además es jesuita, la orden creada por Íñigo de Loyola (hijo de un linaje banderizo, los oñacinos, que estuvieron en guerra con otro bando feudal, los gamboínos, durante cerca de dos siglos, a un lado y otro de la frontera de España y Francia) para combatir espiritualmente -y también materialmente- a los protestantes de Europa y de todo el mundo, este papa, repito, al hacerlo, ha suscitado en el seno de la Iglesia Católica, y en el mismo grado de importancia, en el seno de la comunidad de los creyentes católicos, una controversia sobre si Martín Lutero puede ser asimilado por la Iglesia de Roma.

Una estatua de Martín Lutero fue situada, con carácter temporal, en el Aula Pablo VI, un espacio que el papa Francisco utiliza para sus apariciones como Jefe del Estado Vaticano, y ese hecho se transformó en un acontecimiento, celebrado entre los luteranos positivamente, y con división de opiniones entre los católicos.

La participación del papa Francisco en los oficios religiosos de la catedral luterana de Lund, y su aparición junto a la imagen de Lutero -antes calificado como heresiarca por la Compañía fundada por el renombrado Ignacio de Loyola-, han suscitado una controversia sobre el hecho y las actuales consecuencias de la excomunión con que la Iglesia Católica reaccionó a la predicación y denuncias del fraile sajón agustino.

La controversia de estos días -que en España no ha tenido demasiada importancia, y tampoco la presencia del papa conmemorando el inicio de la Reforma protestante-, se ha desarrollado acerca del relativismo que supondría pasar por alto el efecto de una excomunión.

El papa Francisco, llevado del cosmopolitismo y tolerancia con que los jesuitas actúan desde los tiempos del “padre general” Pedro Arrupe (1965-1983), está haciendo esfuerzos notables para impulsar un ecumenismo religioso, cuyo primer objetivo, parece ser, es lograr un acercamiento unificador con los protestantes.

Desde una aproximación táctica, que se comprende pues el papa argentino fue obispo de Buenos Aires, donde el crecimiento de protestantes proselitistas es muy alto entre las clases populares, no habrá demasiadas dificultades para ello.

Pero desde la perspectiva doctrinal, el ecumenismo del papa acabará chocando con la realidad de que el cristianismo de la Iglesia Católica se manifiesta bajo la forma de un Estado, nada menos heredero de la Roma Imperial (aunque el documento llamado “La donación del emperador Constantino”, de Roma al papado, fue demostrado falso en 1440 por el humanista Lorenzo Valla, aunque la Iglesia no lo ha reconocido nunca).

Por formar un Estado la Iglesia Católica no puede superar el llamado relativismo, una filosofía que condena, para llegar al pluralismo, otra visión intelectual compatible con principios no relativistas -que tampoco aprueba-, propios de las democracias representativas, ya que como Estado la Iglesia no es una democracia (y que tampoco suscribe los grandes tratados internacionales sobre Derechos Humanos, desde la Declaración Universal de 1948).

El relativismo filosófico, y su superación democrática con el pluralismo, aunque son conceptos contemporáneos, son un resumen del conflicto que llevó a Martin Lutero, sin él quererlo, a su ruptura con el papado y con la Iglesia Católica.

En estos días, al recordar la denuncia de Lutero a las indulgencias, se ha puesto el énfasis en que el fraile, teólogo y estudioso de la Biblia (que hacía muy pocos años que se imprimía en las planchas de Gutenberg: el precedente de la revolución de la información), no tuvo otro remedio que romper con Roma si quería reformar la Iglesia, corrompida por el dinero, las maniobras políticas, y el despotismo de los papas de entonces.

Esa versión es muy familiar con los tiempos que estamos viviendo. Pero no es cierta. Lutero no se enfrentó con Roma porque el papado era corrupto y no se dejaba reformar, sino que rechazó las indulgencias, un dinero que servía para acortar las penas del purgatorio, porque al meditar con los dos Testamentos bíblicos y con San Pablo, fundamentalmente, descubrió que salvaría su alma, no porque la Iglesia le perdonase sus pecados, sino porque su fe en Dios, y nada más que su fe, le convencieron de que la Iglesia había manipulado la palabra de Dios por sus intereses mundanos, en lo referente al perdón del pecado y la salvación del alma.

Yo aprendí la historia de Lutero con Teófanes Egido, mi profesor en la Universidad de Valladolid (Teófanes es un gran conocedor y traductor de Lutero), y leyendo la biografía que Lucien Febvre, un gran historiador francés, escribió de Lutero hace ¡89 años!. En ella Febvre escribió: “Lo que importa a Lutero, de 1505 a 1515, no es la Reforma de la Iglesia. Es Lutero. El alma de Lutero, la salvación de Lutero. Sólo eso.”

¿Sabrá el papa Francisco esas historias y biografías de ese gran cristiano? Intuyo que sí.