Opinión

La estupefacción como hallazgo común

LETRAS DESDE MÉXICO

Rafael Cardona | Viernes 25 de noviembre de 2016

Hace muchos años circulaba en México este cuento.

Un erudito de la lengua fue hallado por su esposa en trance de connubio con otra mujer. Desnudo y con los cuerpos a la vista (el suyo, el de la señorita y el del delito), escuchó el lamento de la cónyuge:

--“Estoy sorprendida”. A lo cual él sentenció gravemente:

--“No, estás estupefacta; el sorprendido he sido yo”.

Así es como siento a los sesudos politólogos, sociólogos, historiadores y demás sabios de la ciencia social. Han confundido la sorpresa con la estupefacción, las cuales como todos sabemos son cosas diferentes.

A partir de las elecciones en Estados Unidos (y las pongo en plural porque las hubo estatales hasta para cosas tan “groovies” como la despenalización de la lúdica mariguana recreativa), se nos ha venido encima una plaga de anatomistas de la historia, cuyos sabios nos quieren explicar los hechos a partir de su propia incomprensión de los mismos.

Todos nos han dicho porqué suceden las cosas imposibles de explicar.

Ha habido quien habla de la política de las emociones, lo cual permite exacerbar el nacionalismo; hay quien atribuye lo ocurrido en Estados Unidos o en el Brexit como el verdadero fin de la historia predicho por Fukuyama en otros términos. Algunos más opinan a favor de la ley del péndulo y dicen, tras la llegada de un presidente negro, se movió la conciencia a un presidente “antinegro” (o antiextraño) o fanático del “blanquismo” étnico, simiente del triste concepto de la supremacía anglosajona.

Otros hablan de una tendencia mundial “antisistémica”, lo cual es parcialmente serio porque todos los cambios se han dado dentro de los mecanismos e instituciones funcionales del sistema. Una urna electoral es en sí misma el símbolo de un sistema. Un referéndum, también.

Si los resultados difieren de la lógica, el problema no son los resultados, es la manera de analizarlos.

Pero de una manera o de otra, todo el mundo se ha tirado a opinar con una singular capacidad de redescubrir las aguas tibias. En Estados Unidos, por ejemplo, a nadie se le ocurre pensar el resultado como producto del muy complejo sistema electoral y no he visto a alguno decir simplemente, Trump ganó porque son muchos millones quienes lo apoyan a partir de una simpleza: son como él, y su mérito fue hacérselos ver.

Un lugar común reside en esta frase: los pueblos tiene los gobiernos que se merecen.

Pero quizá fuera mejor decir, los pueblos tienen los gobiernos que se les parecen. Viéndolo bien junto a la pedantería, por ejemplo de los parisinos, a nadie le extrañaba el tieso pescuezo de Monsieur D´ Estaing y nada extraño tiene el camarada Putin si se le compara con los personajes furibundos de la historia rusa, recia y fría como Catalina la Grande o Iván el Terrible.

Los comportamientos anti sistémicos, signifique eso cuanto quieran hacernos creer quienes lo han patentado, se convertirán en poco tiempo en un sistema ahí donde han irrumpido.

El problema es muy sencillo: la masificación humana, predicha en términos ominosos por Don José Ortega y Gasset, ha reventado en el siglo XXI, mucho tiempo después de sus análisis y consideraciones geniales.

La gran masa del mundo actual es horripilante porque ha dejado de pensar. Hoy ya no hay Dios para memorizar siquiera un número telefónico y los jóvenes viven con la vista clavada en el móvil en un interminable envío de textos cuya prosa comprime letras, suelta interjecciones (o cosas similares); dispara “emoticones” y no le deja tiempo a las reflexiones.

Un pueblo sin ideas necesita la idea de un líder también sin ideas. Alguien cuya empatía vaya más allá de la sencillez. Se trata de encontrarse de cara a cara con el yo ideal.

Y si ese individuo despierta al cavernícola, al cazador, al guerrero, al soldado, al peleonero, al rijoso, entonces gana Trump, sobre todo en un pueblo militarista, invasor, expansionista y cruel.

Y miren si los mexicanos sabemos algo de esto.