Asumió el vestuario del Madrid el pelaje que considera propio de los días intrascendentes. La visita del Sporting, encuadrada entre los triunfos en el derbi, en Lisboa y el viaje al Camp Nou, no significaba más allá de un trámite, ya que los asturianos habían sumado sólo dos de los últimos 27 puntos en juego y desembarcaban en Chamartín en el momento más delicado de la gerencia de su entrenador, Abelardo. Los tres puntos sostendrían el alimento del colchón del liderato merengue en la Liga antes de jugarse la ventaja en el coliseo culé y de buscar la facturación del billete a octavos de la Liga de Campeones como líder de grupo ante el Borussia Dortmund.
Sin Kroos y Bale, Zidane entregó descanso a Marcelo, Isco y Carvajal y dio la alternativa a Danilo (desacertado) y James. Respondería el colombiano retratando el desempeño general: con desatención táctica y en fase defensiva, y doliente de una indolencia con balón que reducía el ámbito de la sonrisa al contragolpe. Los asturianos dispusieron un centro del campo con cinco piezas, para discutir la posesión, y una zaga de tres centrales, con la intención de jugar de tú a tú. Sin nada que perder. Y mantendrían la dignidad intacta en su apuesta. Durante los 90 minutos.
Avisaría el conjunto astur de su valentía con los dos primeros intentos antes de cumplirse el minuto tres. Un fallo de Danilo entregó a Cop el tiro inaugural, desviado, y un pase interior de Isma para Carmona, que entraba en soledad, completó el intento infructuoso del interior. Había salido gélido el líder, pero su respuesta fue abrasiva por efectividad. Lucas Vázquez, incansable en el derroche de fe, batalló por una pelota dividida en la frontal ajena y ganó un penalti al anticiparse a Sergio Álvarez. Ronaldo abriría el marcador de golpeo ajustado al poste izquierdo en el cuarto minuto, subrayando un arranque disperso.
Avanzó el primer acto con un desgobierno flagrante en el que el centro del campo madridista no marcaba el tempo. Sus imprecisiones y la falta de rigor en el equilibrio entre líneas tras pérdida eran parámetros mutuos que conllevaron a un repunte de oportunidades en transición. Se atravesaría la primera media hora con un anárquico devenir en el que el favorito se negó a mandar y en el que los visitantes pintaron de rojo y blanco el cuero. Así, la idea de Abelardo de atascar al gigante y hurtarle el rol protagónico se plasmaba sobre el verde pero, para su desgracia, no en el electrónico. En el 18 de juego, Nacho se incorporó desde su banda izquierda, dibujó un centro punzante (con sello y factura de Marcelo) hacia el segundo poste y Ronaldo autografió su segunda diana del día al cruzar su testarazo hacia el fondo de la meta de Mariño.
El impío carácter de la pólvora madridista dictaba el compás aunque la dinámica de espacios y atlernativas equidistantes se acrecentaba a medida que la lluvia arreciaba en el Bernabéu hasta mudarse de variable a tener en consideración. Una chilena de Ramos que se estrelló en el larguero y un cañonazo raso de Moi Gómez que obligó a volar a Navas resplandecían en el continuo repiquetear de idas y vueltas. Había regresado el sistema de Zidane a aflojar en su intensidad y a rehuir el peso y la responsabilidad de controlar un partido, cediendo el centro del campo a un púgil achicado pero dotado de calidad para asociarse. Y lo pagaría cediendo algo más que terreno y mando. Un centro de Isma en vuelo, dirigido hacia el punto de penalti, conectó con el toque de clase exterior y hacia el segundo poste de Carmona. Se trabajó el Sporting tener más voz en el resultado y conseguiría el 1-2 a diez minutos del intermedio. Un fallo de Modric (de gris actuación, todavía lejos de su finura y eficiencia en el pase) promocionó la contra fulgurante que hizo recoger el cuero de su arco al meta tico.
Antes que el colegiado decretara el camino a vestuarios, en pleno diluvio, hubo espacio para que Ronaldo activara su magnetismo tras una desconexión prolongada (Benzema no influyó en absoluto) para bajar el telón del defragmentado primer acto con dos acciones que pudieron resultar trascendentales. La primera, en el 39, para traducir un cambio de ritmo en un contraataque que Lucas Vázquez remató fuera de palos; y la segunda, sobre la hora, al engrasar el galope de una transición que, después de un número de amagues de pase, definió a la individual con un lanzamiento, centrado y desde la frontal, que repelió Mariño. El gol de Carmona desmintió la veracidad de la actitud displicente madridista y abrió una pulsión competitiva en un partido que parecería sentenciado antes del minuto 20. Con ambas trincheras rotas, el espectáculo atacante iluminó una tarde, hasta entonces, más nubosa para Zidane que para Abelardo.
Asomó una mayor concentración merengue al volver de la caseta pero no desapareció la incomodidad porque no domesticaría a un Sporting rebosante de convicción. Los asturianos se supieron capaces de hacer daño en salida combinativa y al Madrid le costaba recuperar balones, por lo que los visitantes se atrevían al lanzar presiones elevadas que complicaban la elaboración en estático local. Kovacic emergió como el mejor de los suyos, de nuevo en batallas enfangadas, para romper líneas en conducción y reordenar los agujeros tácticos en repliegue. Y no abandonaría la apariencia guadianesa de la intención controladora de la estructura entrenada por Zidane. El técnico no pudo más que asistir al crecimiento de Moi Gómez y Carmona y a la tormenta de centros sin remate lanzados por los carrileros gijoneses.
Quizá contempló el preparador galo al cansancio como su peón número 12, pero sus futbolistas no elevarían sus revoluciones anatómicas ni su cohesión interlineal, abocando a la incertidumbre el cierre del duelo. Incluso, lo anatómico le complicaría aún más el tránsito. En el ecuador de segundo tiempo, escaparon del intervalo perenne de centrocampismo sin acierto ni concreción en tres cuartos de cancha el chut de Ronaldo, el cabezazo de Benzema –minuto 57- tras el único brote de James (combinación con Modric y apertura para el centro de Vázquez) y el lanzamiento débil y de media distancia de Modric –minuto 70-.
Se desataron las sustituciones antes de afrontar el desenlace en paralelo a la tratativa final asturiana, que terminó por arrebatar la pelota a los locales. Asensio, Marcelo e Isco (que ofreció su familiar pincelada de distinción con un caño de seda) entraron por James (pitado), Ramos (si era amonestado no jugaría en Barcelona) y Kovacic y Víctor, Viguera y Nacho Cases, en sustitución de Moi, Carmona y Rachid (tres elementos nucleares del bienestar astur). Los banquillos interpretaron que sus onces adolecían de un redoble de clase y verticalidad para terminar el encuadre de desordenado integrismo ofensivo. La inseguridad era sonora ya en la tribuna, que contemplaba cómo su flamante campeón de Europa era constreñido a esperar y buscar una contra. Llegaba el Sporting por los extremos, con superioridades exteriores continuadas que sonrojaban a la cobertura coral merengue. Y se colocaron en posición de asaltar el cielo en el 77. Nacho agarró hasta cometer un discutido penalti sobre Víctor, en la enésima llegada visitante en inferioridad local por la ruptura del sistema. Pero Cop mostraría cómo no ejecutar un disparo desde los 11 metros y su intento, determinante, se perdió entre los asientos del fondo sur.
Perdonó un Sporting herido y hambriento pero inasequible al agotamiento físico y mental. No obstante, el delantero eslavo volvería a probar suerte en un testarazo que atajó Navas ya entrados en la última recta. A pesar de su tenebrosa inercia, se rebeló para tensar el aplomo del favorito hasta el último suspiro, pues el coloso concluiría achicando agua en campo propio, vacíos de ritmo y energía. Nunca fluyó el juego de toque, con Benzema y Ronaldo desconectados de la desocupada mediapunta, y su centro del campo sucumbió ante la idea de Abelardo. Navegarían los de Zidane, con muchas apreturas, para sortear a sus propios fantasmas y llegar a la orilla con los tres puntos y el trofeo intangible de igualar la racha de imbatibilidad fotografiada por la era Ancelotti (no se cita con la derrota este Madrid desde que lo hiciera ante el Wolfsburgo en los pretéritos cuartos de final de la Liga de Campeones). No fue mejor pero salió a flote, como tantos otros días en este recorrido. Y tampoco se descubrío este día de entreguerras, de relativismo defensivo (19 a 9 fue la relación de llegadas con peligro), como el propicio para enamorar. "Solo podemos estar contentos con los tres puntos", sentenció el héroe de la 'Novena'. Sucumbió con honores un Sporting que empezó su hundimiento en la capital (en el Calderón) y que podría retomar la moral desde este mismo punto cardinal.