Opinión

Las reválidas y el franquismo

TRIBUNA

Miguel Ángel Mateos | Domingo 27 de noviembre de 2016

Como acostumbra a ser común, cuando se politizan las cuestiones, se comienza lanzando botes de humo, con la doble finalidad de despistar al adversario y, al mismo tiempo, intoxicar al auditorio. Se trata de simplificar las cosas y así evitar el esfuerzo de pensar y reflexionar. Al fin, la LOGSE, cumple parte de sus objetivos: " lejos de nosotros, la horrible manía de pensar".

Si analizamos con un mínimo de rigor histórico, las cosas no han sido así, cual las exponen. Como bien deben de conocer los estudiosos de las ciencias de la educación, la idea motriz de controlar, inspeccionar y dirigir la instrucción pública para contribuir a la consolidación de ciudadanos sabios y patriotas se forja durante la tercera república francesa, hacia la última década del siglo XIX. La segunda república española en el primer gobierno de Azaña con los Socialistas durante el bienio, 1931-1933 y concretamente en la administración de Fernando de los Ríos y posteriormente en los gabinetes que se formaron, la dirección técnica de las cambios educativos siguieron esta misma orientación reformista. En el segundo bienio republicano 1933-1935 tan denostado, y tan mal estudiado, denominado injustamente como " negro", "contrarrevolucionario", "estéril", etc. , la dirección educativa se mantuvo en la línea reformista auspiciada por el Liberal Demócrata, en el partido de Melquiades Álvarez, Filiberto Villalobos, afamado y prestigioso médico salmantino, filántropo y defensor de las gentes humildes, que lo adoraban. Pues bien, continuando la senda de Fernando de los Ríos, con mínimos reparos técnicos, Villalobos auspició el plan de 1935, donde efectivamente se introducen las reválidas en el Bachillerato, con un doble objetivo: motivar al alumno hacia la promoción de calidad y garantizar el control de la educación en manos de la enseñanza privada, fundamentalmente de las órdenes religiosas. De esta forma, se trataba de promocionar a los talentos, a los que se han esforzado con vocación de estudio y sobre todo, que las gentes con menos recursos, pero con preparación y perseverancia gozaran de la igualdad de oportunidades, que debía garantizar toda sociedad que pretendiese instalar un sistema de representación democrática.

Es cierto que los gobiernos de Franco, a través de Pedro Sainz Rodríguez, culto y sagaz, estableció en el primer Gobierno (1938) el célebre "examen de estado", muy alabado en su momento y aun hoy recordado, que a tantas gentes con dinero frenó sus opciones universitarias, quizá se extralimitó por sus exigencias humanísticas, griego y latín para todos los alumnos, pero que sentó las bases de las disciplinas troncales en formación y que las humanidades, nunca lo agradecerán suficientemente. Sin latín y griego, no hay conocimiento profundo del castellano. Ruiz Jiménez (1953) y su plan reformador, estableció las dos revalidas de bachillerato. La elemental para estudios básicos en cuarto curso y la superior, con la división de ciencias y letras en sexto año escolar. Culminaba todo ello en la pirámide del preuniversitario, que controlaba, prácticamente, en exclusiva, la universidad. En todas las pruebas de reválida, la presencia y dirección de la universidad estaba garantizada y donde la función de los profesionales del estado era decisiva. Pero el franquismo no hizo más que consolidar aquello que en la República había establecido en la persona de dos prestigiosos ministros.

Todo este entramado jurídico- administrativo y de control de la instrucción pública, terminó con la reforma educativa de Villar Palasí (1971), un tecnócrata, que se había formado con Manuel Fraga y que cavó la fosa de la enseñanza pública, especialmente en la enseñanza media. Fue el enterrador de un antiguo sistema troncal que anclaba sus raíces en el reformismo liberal y en el socialismo democrático. Villar Palasí, franquista puro, este sí que abrió las puertas a la imposición demagógica, a la ley del mínimo esfuerzo, a la dirección de clanes y capillas, a la endogamia universitaria y al descontrol del Estado, que siguiendo a través de los gobiernos de la Transición, han carecido de voluntad política, de ocupación y preocupación por la enseñanza. Los ministros al frente de sus carteras son un ejemplo, que lo certifica, con muy contadas excepciones, que las hay. Muy poco han destacado en los respectivos gabinetes tunantes, siempre pendientes de cambios y proyectos efímeros que beneficiasen a su grupo, no a la sociedad ni a la Nación.

Como subrayaba el maestro Domínguez Ortiz, con la desaparición de la Enseñanza Media se derrumbó la viga maestra que sostenía el edificio educativo y sobre la que se asentaba toda la enseñanza. Era la médula, que vivificaba la primaria y a través de la secundaria, se comunicaba con la superior.

Con descalificar con palabras gruesas de elitismo, a lo único que se conduce es a la falta de estímulos para el estudio, a la carencia de esfuerzo y a destruir el espíritu de superación, dando cauce a la demagogia, aquello que las masas quieren oír.

Al destruir las asignaturas de los planes de estudio que implicaban esfuerzo y razonamiento y que resultaban esenciales, hemos perdido el carácter científico e intelectual en la formación y preparación, en general del alumnado y a que los menos capaces, que pueden estar preparados para otras funciones, se mantengan y perseveren en el bachillerato, por aquello de tener prestigio. Ante esta situación enrevesada y de no fácil solución, es necesario y urgente reformar en profundidad con gobiernos de permanencia y estabilidad, donde se imponga el pacto, por la educación. En el pasado no hemos sido capaces de elaborar una política educativa, como lo hicieron los liberales en el siglo XIX, con la célebre "ley Moyano" (1957). Aunque parezca mentira, debe comenzarse por lo obvio, restaurar el sentido común. El aula precisa de disciplina, motivación, seguridad y autoridad concedida al profesor en responsabilidad de convivencia. Sin esto, es imposible enseñar nada.

Después estudiar, con esfuerzo y estímulo, eso de la alegría lúdica en el aula, se podrá realizar cuando se han alcanzado objetivos más importantes y se hayan eliminado los obstáculos, que lleva la comprensión de toda ciencia. Será necesaria una política de Estado, donde cada partido no intente imponer su programa, sus dogmas y sus intereses.

No me parece baladí, que regresando a los orígenes, se establezca, como parece obvio, que en armonización con el Estado de las Autonomías, se construya un sistema común de bases mínimas e imprescindibles. Pero jamás se podrá entregar a las partes, que conforman el Estado, la responsabilidad y la dirección de la instrucción pública y de la cultura. Como escribió Azaña en uno de sus momentos más lúcidos: "quien entrega la cultura de una nación, de un estado, entrega su alma y su espíritu".

No es pues, ni han sido las reválidas un invento del franquismo, ha sido la pugna del progresismo liberal, frente a la oposición de los gobiernos conservadores, apoyados por la enseñanza privada, que controlaban las congregaciones religiosas, quienes han fomentado el establecimiento que todo estado debe tener en el control de la enseñanza que imparte.

Quienes hoy apoyan la supresión de las reválidas sin controles, y posiblemente sin saberlo, en su mayoría, hacen el juego a los que mañana dispondrán de títulos devaluados pero obtendrán el beneficio de los privilegios que exhiben. El desconocimiento de su pasado explica la paradoja alarmante, que quienes debían defender los controles estatales, las reválidas, para una mayor aplicación de la justicia social, se manifiesten vociferantes en favor de los privilegiados y de las elites sociales.

Vivir, para ver, pero la demagogia, adobada por la ignorancia conduce a estas contradictorias consecuencias.