Opinión

La teta materna

TRIBUNA

Juan José Vijuesca | Martes 29 de noviembre de 2016

Advierto que este artículo carece de tintes peyorativos, en todo caso pudiera parecer un tanto lujurioso pero es lo que tiene la erótica de la lactancia. Comprenderán que para cualquier mortal que haya tenido la suerte de ser amamantado por su madre, no solo es que ha podido sobrevivir gracias a la leche materna, es que ha sido bendecido por la más hermosa de las deidades de la naturaleza.

Cuando uno se retrotrae a la nostalgia se hace inevitable retroceder a la etapa lactante, ya saben, aquello del arraigo maternal como única y esplendorosa fórmula de complicidad entre madre e hijo. No hay nada más natural y sensual que esta contagiosa relación intimista; diría que la estética de la creación enseña la grandeza del arte en su expresión más pura. Vean si no La Virgen Lactando, de Leonardo Da Vinci, El arte de amamantar, de Renoir o Maternidad, de Pablo Picasso, entre otras grandes obras.

El arte nos enseña a no olvidar lo que somos y de dónde venimos, por eso la exposición en público de estas preeminentes obras, entre otras muchas, sirven para culturizar y a la vez pulir a cuantos practican ese falso puritanismo cuando se cruzan en el camino con una madre que amamanta a su bebé. Saber distinguir el pudor de lo lascivo es la clave, pero hay quienes se rasgan las vestiduras cuando el pecho de una mujer no exhibe otra cosa que el dulce ademán de hacer lo que a casi todo hijo de buen gobierno maternal nos ha sido dado: la teta.

Ahora bien, conviene destacar dos clases de tetas. Por un lado la teta de orden y por otro la teta institucional. La de orden obedece al más puro estilo de la cotidianidad cuando una madre con su lactante gestiona su tiempo en quehaceres diversos; es decir, cualquier actividad mundana de normal proceder, sin que ello condicione el que, a demanda del bebé, la madre prepare la succión en donde cuadre y a su entera comodidad, eso sí, con el arte pudoroso correspondiente. Y ahora viene la teta institucional. Esta es, a diferencia de la otra, la que irrumpe en lugares poco atildados para la criatura, mejor dicho, la que no puede ser considerado como acto de libre disposición por mucho que la madre pretenda amamantar a su criatura en un Consejo de Ministros, en un pleno del Congreso de los Diputados (léase caso Carolina Bescansa), en medio de un escrache político, o en un debate televisado entre candidatas a presidir un gobierno. O sea, no hacer de los ductos lactíferos un modelo de corporativismo institucional. Hay cosas y cosas.

Pues como les vengo contando, aún estando hoy en el año 2016 de gracia y suerte, resulta que hay quienes se escandalizan porque una madre amamante a su bebé en una zapatería hasta el punto de ser expulsada de la tienda por considerarlo un acto impuro. “Es repugnante y tú eres asquerosa” le espetó un cliente. O el caso de la mamá que recibió las críticas e insultos de otro al amamantar a su pequeño en un parque. Otra fue “atacada” verbalmente en el vagón del metro. Y una joven, por dar el pecho en un restaurante, fue humillada por un cliente, que no dudó en tirarle una servilleta para que se tapara. Está claro que no todo el mundo ve en esto de alimentar a los niños un algo natural, sino más bien como una “provocación” sexual por el hecho de que el seno sea la fuente de sustento.

En todo esto hay que saber diferenciar dos cosas importantes. La primera, que no hay un acto más lícito que la de ingerir alimento, más que nada porque comer es una vieja costumbre que nos viene de antiguo. Segunda, que siendo bebé, estás al albur de quien te pueda alimentar cuando se preste. Sirva recordar cómo la leche materna de las nodrizas crió a reyes, aristócratas y burgueses, sin olvidarnos de cuantas amas de crianza, ya desde tiempos de la prehistoria, y en pública función, amamantaban a niños cuyas madres no podían o no deseaban hacerlo. Dicho esto, que alguien se escandalice por ver lo que no se ve, viene a significar que en la mente de quienes defienden una moral de vergüenzas ajenas anida una enfermiza bacteria cuyos efectos secundarios se hacen visibles a través de un indecente baboseo.

No, no es pudor lo que mueve a estos especímenes, más bien es que visionan la ternura desde su retorcida mente porque ellos nunca fueron amamantados y a buen seguro que ahora lo hacen con una de esas muñecas hinchables para disociar sus traumas. En fin, hoy me ha dado por la nostalgia.