Opinión

La iglesia "se gasta"

EPPUR SI MUOVE

Antonio Hualde | Martes 29 de noviembre de 2016

Hace un par de veranos fui testigo de cómo se lleva a cabo el reparto de ayuda humanitaria en Etiopía. ONGs como Médicos del Mundo y organismos como Naciones Unidas están presentes y, sobre todo los primeros, llevan a cabo una gran labor. Pero quien realmente da la cara por los más necesitados es la Iglesia. Hay mucha que vive literalmente en la calle, casi desnuda y sin esperanza alguna. Lo de comer a diario es una aventura; “el resto” -higiene, socializar- puede esperar. Y pobre, nunca mejor dicho, del que esté enfermo. Es ahí, sin embargo, donde intervienen congregaciones como las Misioneras de la Caridad que, fieles a su fundadora, Madre Teresa de Calcuta, cuidan y atienden a quienes no tienen a nadie. Son ellas las encargadas de repartir el grano y el aceite que Estados Unidos envía como ayuda humanitaria -nadie da tanto; que lo tengan presentes los que demonizan todo lo que viene de Norteamérica- convirtiéndose así en el principal sustento de miles de familias.

Afortunadamente, España es el primer mundo y no vive esas situaciones, aunque la crisis -que aún no se ha ido, conviene recordarlo- está haciendo que cada vez más gente lo pase peor. De un tiempo a esta parte, parroquias y comedores sociales están desbordados, y los bancos de alimentos han de hacer frente a una demanda cada vez mayor. Por contra, y pese a que cada año son más quienes marcan su casilla en el IRPF, la Iglesia ha ido viendo cómo la aportación económica del Estado disminuía ejercicio tras ejercicio.

En 2010, por ejemplo, cuando la crisis estaba en pleno apogeo, la aportación estatal a la Iglesia fue de 248 millones de euros, por 310 -sin contar cursos de formación, mariscadas o clubs de alterne- a los sindicatos-. Hay que decir, además, que en las primeras cifras no se incluyen ni centros de apoyo a drogodependientes y marginados, ni albergues ni pisos de acogida, ni centros de otro tipo que también lleva la Iglesia…y que suponen, en consecuencia, que el Estado -o sea, todos- se lo ahorre.

Sin embargo, la ayuda va más allá de lo meramente económico. Muchas parroquias se han convertido en verdaderos crisoles sociales donde se facilitan alojamientos, libros de texto y servicios de guardería. O algo tan importante como un interlocutor con quien poder hablar y compartir todas esas preocupaciones que se ciernen hoy sobre tanta gente. Se ha llegado a acuñar un nuevo concepto, el de “pobre vergonzante”. Se trata de personas mayores que ven cómo con su exigua pensión han de mantener a hijos o nietos en paro, sin poder llegar a fin de mes. Gente que nunca ha tenido que pedir, y ahora ha de hacerlo, acuciados por la necesidad o, en ocasiones, una orden de desahucio. Y no van a la sede de UGT o CCOO, no; van a las parroquias. Porque no es lo importante lo que gasta la Iglesia; es que la Iglesia “se gasta” en lo que de verdad importa.

Ahora que se acerca Navidad, el consumismo se dispara aún más. Por si no era bastante el tostón de Halloween, hemos tenido que importar también la cosa esa del Black Friday, cuya única motivación es gastar por gastar. Habrá quien en estas fechas no tenga qué llevar a la mesa, ni pueda escribir una carta muy larga a los Reyes Magos. Pero, pese a los intentos de algunos por desvirtuar el Adviento y lo que significa, la Iglesia estará ahí. Y no sólo para la asistencia material, que también, sino para recordar a los cristianos que en un tiempo de esperanza como es el corriente, toca amar al prójimo dándonos lo primero nosotros mismos. Ese es el mejor gasto que podemos hacer esta Navidad.