Opinión

Fidel Castro: evocaciones y errores

TRIBUNA

Juan José Laborda | Jueves 01 de diciembre de 2016

Fidel Castro tomó el poder en Cuba en mi infancia, y así como evoco a mi padre preocupado por la invasión soviética de Hungría en 1956, el inicio de la revolución cubana no está asociado en mis recuerdos a amenazas para la paz mundial. Mi padre se informaba en las radios extranjeras que él sintonizaba todos los días, y sus juicios sobre política internacional siempre fueron acertados.

No creo que la mayoría de los españoles viese en Fidel Castro, su llegada al poder en 1959, y la subsecuente revolución, como algo desagradable o amenazador. Y en cuanto al régimen del general Franco, aunque intentó legitimarse dentro y fuera de España por su anticomunismo militante, en el caso de la Cuba de Fidel Castro, los gobiernos franquistas mantuvieron a toda costa buenas relaciones con el nuevo poder cubano, incluso cuando éste se declaró comunista y alineado con la Unión Soviética y con el bloque de Estados del llamado Telón de Acero.

Al comienzo de la revolución cubana, Fidel Castro, con su tradicional vehemencia oratoria, intervino en la televisión cubana para criticar a la España franquista, nada menos que en presencia del embajador español, Juan Pablo de Lojendio. Fue un gran escándalo, comentado en muchos países europeos y americanos, y se llegó a conjeturar que la Cuba de Fidel Castro y la España de Francisco Franco romperían relaciones diplomáticas. Por entonces, España no tenía relaciones con los Estados comunistas, los españoles tenían estampillado en su pasaporte una prohibición absoluta para viajar a esos países, y en cuanto a Cuba, podía seguir la senda de México de reconocer al Gobierno republicano en el exilio, lo que hubiera sido congruente con el discurso de Fidel Castro, Ernesto Guevara y demás dirigentes cubanos. En cuanto a Estados Unidos, ya presentes en España con su despliegue militar, estaban encantados con la idea de la ruptura de España con Cuba, por su dimensión simbólica, y también, propagandística.

Nada de eso sucedió. Franco se conformó con la retirada provisional del embajador Lojendio, y después las relaciones diplomáticas se mantuvieron con normalidad durante el franquismo, y esto continuó con los gobiernos democráticos de Adolfo Suárez, Leopoldo Calvo Sotelo y Felipe González.

Había profundas razones históricas para ese comportamiento en uno y otro país. El nacionalismo cubano se forja en la Cuba independiente como una reacción a la tutela norteamericana, que se acentuará cuando el Gobierno de Fidel Castro atente contra los intereses logísticos y económicos de Washington.

El nacionalismo español adquirirá nuevos registros desde el desastre de 1898, cuando sus ejércitos y armadas, en contra de lo propalado en España por una prensa sensacionalista y patriotera, fueron aplastados por la máquina militar estadounidense. El franquismo desarrolló originariamente un nacionalismo en contra de los países anglosajones, con Estados Unidos como referente de diversos males, el protestantismo, la masonería (el presidente Truman fue acusado de eso cuando rompió diplomáticamente con Franco), y desde luego, por la derrota de Cuba, Puerto Rico y Filipinas. (Gibraltar se vio como Guantánamo, irredentos territorios ocupados por los arteros anglosajones.)

De modo que el nacionalismo era el compartido factor común de la Cuba castrista y de la España franquista. Ni siquiera cuando se produjo la gravísima crisis mundial de los cohetes soviéticos en Cuba, que puso al mundo al borde de otra guerra mundial en 1962, el Gobierno de Franco alteró su tradicional relación amigable con ese país.

Fidel Castro se comportó con las mismas atenciones. El régimen castrista, en unos años que fascinaba a buena parte de las inteligencias progresistas y de izquierdas de Europa y América -Jean Paul Sartre y Gabriel García Márquez como ejemplos destacados (¡pero no Albert Camus, asombroso visionario!)-, años que fueron los de exportación de la revolución cubana a media Latinoamérica (con el Ché Guevara como adalid), en aquellos años, repito, Fidel Castro, y el Ché Guevara (que estuvo en Madrid alojado en el Hotel Plaza y asistió a una corrida de toros), nunca apoyaron a las diversas fuerzas políticas clandestinas que actuaban contra Franco. Mientras los comunistas españoles recibían respaldo de los países centroeuropeos de su misma ideología, el poder castrista permanecía ausente en las luchas y debates que experimentaron esos partidos durante todo el franquismo.

Es particularmente desconcertante que los Gobiernos de Aznar hicieran del anticastrismo la política fundamental con Cuba. En el caso de Aznar se puede entender por su estúpido acercamiento a la política del presidente Bush, pero Rajoy no ha sido capaz de revertir esa tendencia con el presidente Obama, con las consecuencias de que Raúl Castro no recibiera al ministro Margallo, en un momento en que Canadá, México, y otros países, están ocupando el lugar que España tenía hasta el viraje -¿ideológico? ¿supersticioso?- de los Gobiernos populares con Cuba.

Es pronto para saber qué hará Trump con Cuba, a pesar de sus estentóreas declaraciones anticastristas (la política de Trump será una concatenación de mentiras y de cambios de opinión). En cualquier caso, a España no le interesa en absoluto alinearse con Trump en este asunto, si es que éste regresa a la política nacionalista del embargo y de la tensión con Raúl Castro. España debe -y aún puede- estar presente en la transición económica, y tal vez, política, de Cuba, y además tendríamos que encabezar una estrategia diplomática para que la Unión Europea aumente su influencia en toda Latinoamérica en esta era Trump (teniendo en cuenta que Cuba afecta al nacionalismo de todos los países de América no anglosajones).