Opinión

España, circuida

TRIBUNA

Antonio Domínguez Rey | Jueves 01 de diciembre de 2016

A las autonomías del Estado español les entra el síndrome autocrático. Y no solo a las históricas, como si el resto no lo fueran. Un atributo procedente más de la diferencia lingüística, a medias, a cuartos, o a quintos, que de la historia propiamente dicha. Todas proceden del fermento romano y de la simbiosis cristiana. Las lenguas, el Derecho, la cultura, la raíz de la organización administrativa, social, la orientación europea, el sentido existencial, son esencialmente cristianos. Y esto se reconozca o no en el paradigma de las constituciones o en los estatutos particulares. Hispania se formó, primero, con el legado de Roma imperial; después, con el aporte visigodo, y tras la invasión musulmana, desde la resistencia y reconquista del territorio, organizadas en torno a clanes familiares cuya cabeza visible era un rey.

Fruto de esta simbiosis anclada sobre estratos primitivos fue la aventura marítima que culminó con el hallazgo del continente americano. Las naves se movían hasta entonces por el litoral, y las rutas terrestres corrían tanto empinadas, entre roquedos, como alargadas en llanuras de pastos feraces y por corredores poco a poco abiertos hasta China y Japón. Comercio, aventura, con o sin armas, y celo evangélico crearon otra visión del mundo y dieron a Occidente un sentido y horizonte de gran calado. El método científico fue otra de las bisagras esenciales de la simbiosis. Y del método vinieron las nociones de nación y estado, que fueron sustituyendo a reinos y comunidades feudales, o transformándolos en asambleas representativas.

Parece como si el Estado español quisiera remover ahora sus pilares retornando, tras siglos, a la fragmentación previa o, por lo menos, a un espectro suyo. Quiere cuartearse, quintuplicarse, sextuplicarse, dividirse ene veces el número de Autonomías, invertir el proceso de integración territorial logrado desde hace más de quinientos años.

Poco a poco, se abre el abismo fagocitante de una historia a rodapelo, como si de un camino de ida y vuelta se tratara. Aún se mantiene el arco de circunferencia integrador, pero cada día con más disimulo y afán de circuirlo fuera de su trayectoria y horizonte acortándolo, reduciendo su expansión, hasta hallar el punto originario que permita volver convexo lo cóncavo, y viceversa. Singular finura geométrica de arquitectura política.

La tentación es evidente. Como cada cuadrante tiene lengua ancestral -Cataluña, Galicia, País Vasco, Castilla y resto de España-, la reversión del futuro al lecho de origen es más proporcionada históricamente. Y quienes sientan el prurito reformista en las venas, como Andalucía, pueden declarar norma el idiolecto amparados en una larga secuencia de retornos a la tribu. Y así también por Levante. Y que cada cacho se apañe con los litigios internos de ahí derivados. El arco de horizonte se pliega según intereses del instante. Hay fórmulas específicas, una nación de naciones - nombre de nombres-; estado nación, convertida ésta en adjetivo; una federación, que no convence a todos; confederación, más próxima al imaginario catalán; la autogestión, estados libres asociados (coestados); Estados Ibéricos Unidos, perspectiva aún lejana, pues entraría también Portugal, etc. ¿Y la cabeza? Tiempo al tiempo. La reversión dilata un antefuturo. E importa, para ello, establecer modos similares a un “plebiscito continuo”, según definía Renan a la nación, pero activando una voluntad decidida hasta convertirla en conciencia, parodiando a Fichte.

¿Cómo hemos llegado hasta aquí? Resbalando, o escalando. España se ha inclinado en pendiente o se ha vuelto montaraz. Hasta hace poco, las Autonomías eran un hallazgo histórico, un modelo político de descentralización frente al paradigma napoleónico. Líderes y cargos aún brotaban del cerne de la democracia, como anillos de un tronco común. Con el tiempo, y a media que la función política iba esparciendo exmandatarios por el circuito del poder y merman ahora las opciones de enganche, incluidos los puestos dentro de los partidos, creció la tentación de convertir la parte en feudo. Por otro lado, las ideologías de corte universal, al ver que no consiguen directamente las riendas centrales, aplican el adagio de César —divide y vencerás—, y aceptan la partición táctica de círculos o el reflujo de mareas como medio más asequible de ondas en anillo y luego retráctiles una vez logrado el propósito.

Y en este circuito nos hallamos. No hubiera sido posible si no aconteciera previamente un fenómeno de disrupción lenta, pero efectiva: la banalización política de la enseñanza y de la cultura. El cambio de régimen político propició una sarta de reformas escolares y de bachillerato en nombre de la pedagogía y del desarrollo social que culminaron en demagogia y desconcierto educativo. Los contenidos y niveles mermaron. Se filtró la enseñanza básica en la media con deterioro de ésta, y profundo, pues en aquélla ya se había instaurado la mediocridad docente en aras de un diálogo y programación de rodillo y arrastre. Pocos jóvenes optaban por una formación profesional, entendida como inferior. Se unía a ello la invasión de los institutos por parte del profesorado e inspección escolar, con lo que se perdió la perspectiva de inicio a los fundamentos de las ciencias básicas. Se produjo además una ruptura sustancial con la tradición universitaria al debilitar también las pruebas selectivas.

No debe sorprendernos, por tanto, que se rechacen hoy los controles de conocimientos por ciclos bajo forma de reválidas. Serían un verdadero fracaso. Por eso quieren suprimirlas o establecer modalidades de varias pruebas para diluir, con la extensión, la carencia de conocimientos precisos. Se eliminaron el Bachillerato Unificado Polivante (BUP), el Curso de Orientación Universitaria (COU) y, hace poco, las pruebas de Selectividad. Ya eran a finales de los años ochenta y noventa muros de contención que amenazaban un número suficiente de matrículas universitarias. Creaban además bolsas notables de fracaso escolar. Se llegó a recomendar a los profesores encargados de las pruebas selectivas que introdujeran textos sencillos para el comentario y evitaran, por ejemplo, poemas contemporáneos. Ya no los entienden bastantes profesores.

Hubo una verdadera ruptura en la transmisión de conocimientos. Y este desfase mina ahora la cultura, instancias, responsables que la requieren, y la Universidad. En el decurso de este fenómeno intentaron los diversos ministros del ramo suplir con nuevas tecnologías el desfondamiento educativo. Corrió paralelo a la expansión social, visible en la creación y dotación de centros nuevos, sin duda el mejor logro de la democracia. Y se adaptó la pedagogía a estos factores para cubrir con el ruido del trasiego y los cliques icónicos el desfondamiento generado. Una pancarta escolar de estos días de huelga contra las reválidas refleja muy bien lo dicho: “No a la rebálida” [sic].

La consecuencia inmediata de este desbarajuste fue la huida de grandes sectores sociales a los centros privados, donde la disciplina y la programación académica era y es, por lo menos, garantía de información y, sobre todo, de formación. En muchos de ellos se instauró una docencia aséptica, formalista, orientada al “éxito”, noción que incluso trascendió a los parámetros acreditativos (ANECA) de la enseñanza universitaria. Un eco de aquella falsa escolarización del conocimiento.

Y con este sustrato pretendemos ahora una superestructura innovada. Los políticos buscan un nombre que sustancie su feudo y convierta a las poblaciones reducidas en círculos giratorios de poder por turnos o, si hay zarpazo, en dictaduras tecnológicas de nuevo cuño. Una simbiosis que abduzca la visión mediática del mundo y contente a la masa circuida. El contentamiento interno y externo de sentirse resonados. Resumamos con Ortega y Gasset, hablando de la justicia social y de la desesperación de algunos ciclos humanos: “De aquí que sean épocas en que basta con dar un grito, por arbitrario que sea su contenido, para que todo el mundo se entregue. Son épocas de chantage histórico”. O también: “son tiempos turbios” (En torno a Galileo). El aullido de hoy es el plasma de la pantalla convertida en icono.