El populismo, como fenómeno social que nos concierne, caracteriza a un tipo de acción política camandulera, instigadora, alcahueta y anómica. Con él trabajan todas las ideologías, porque el populismo es un excipiente, compatible con cualquier principio activo: simple analgésico compasivo, sulfamida de amplio espectro, o antibiótico agresivo. Admite cualquier pretensión, por vesánica que parezca, incluso las soteriológicas, porque también hay un populismo religioso tipo Espartaco, o fundamentalista de lo que sea. En todo caso, siempre conduce al caudillismo.
El primer rasgo de identidad es su carácter halagador. El líder populista hace la pelota a su audiencia: le regala el oído con la tierra de promisión que va a traer, donde habrá comida en abundancia, caprichos de toda índole, placeres y diversión sin límites; todo barato y sin esfuerzo, ni preocupaciones. Basta un simple voto, a su favor.
Naturalmente, el populista tiene que maquinar para mantenerse en candelero, ser diana de todas las miradas, dial de todas las escuchas y tapabocas de cualquier diálogo. Él y ella ni atienden, ni escuchan, porque sólo pretende hacer monólogos ex cátedra, como sumos pontífices de la verdad absoluta con que están imbuidos.
Para demostrar su superioridad, moral y sapiencial, degradan a los contrincantes políticos con el chismorreo, aventando la inmundicia del otro, aunque esté fósil, y justificando sus propios fallos como debilidades menores e inocentes: ¡Flaquezas humanas sin mayor importancia!, vienen diciendo desde siempre.
El populista nunca va a confesar que está instigando para engañar, claro está. Muy al contrario. Para vender su mercancía con el envoltorio más atractivo, se sitúa en una posición de virtud superior y competencia excelente: “soy magnífico, el más listo de la clase y el más generoso; tengo sobre ti el mejor diagnóstico y la solución más eficaz a tus problemas. Créeme”. El mal está en los otros: la casta, los ricos, las élites.
Con esta investidura, el populista se hace popular con facilidad, crece en olor de multitudes, porque busca las masas que, por definición, están decorticadas, son acríticas, y sobre todo, están galvanizadas emocionalmente. El caos emocional hace enloquecer a los individuos. Las masas lo están desde su origen y resultan impredecibles. Así pues, la masa siempre anda dispuesta a ser acaudillada, arreada, u oprimida (que al ser muchos juntos, se conforman…) a tenor de lo que disponga el gurú, el hierofante, o el visionario.
El populismo, pues, es un genérico inespecífico, que vale para todos y todas: todos los tiempos y todas las latitudes. Lo encontramos en la antigüedad y en la modernidad; en Europa, la vieja, y en todas las Américas, en Asia, África y en los archipiélagos.
Y, ¿por qué?
El populismo es oportunista, no surge por generación espontánea, hay que sembrarlo cuando hay ciertas condiciones y se presenta un campo de cultivo, idóneo para que pueda agarrar.
Estamos en ello, cuando hay crisis y eclosión de indignados. O, ni siquiera eso. Ante un cierto grado de insatisfacción con el sistema social, susceptible de ser generalizado y agrandado. O, ni siquiera eso. Una turbulencia que de pié al espejismo de una catástrofe inminente que el populista va a evitar con sus mágicas soluciones. O, ni siquiera eso. El sueño, bien muñido, de un estado de felicidad paradisiaca. Pero, sí; todas esas otras circunstancias son propicias para que prenda el populismo.
El olor de multitudes, exige depurar las individualidades y recurrir a los inespecíficos: “gente”, “pueblo”, “rebaño”, un centón heterogéneo de intereses, entrelazados como ramas de hiedra trepando por un cantil. Cuanto más intrincada esté la frondosidad, más confusión en el ramaje, más apelmazamiento y más sensación de fuerza. La hiedra es venenosa; pero eso no le importa al populista.
El enemigo del populista es el individuo: la persona que piensa y aspira a ser libre respetando a los demás; aquellos, con vocación de autónomos, que tienen saberes y consciencia, ideas más o menos labradas, sentimientos diferenciados y proyectos propios; quienes creen en sí mismos y en su potencial de desarrollo; los que se resuelven por sí mismos sus problemas; todos los que pretenden hacer, a su manera y desde el respeto, un mundo más estable.
Los populismos tienen paternidad natural y legítima. Se engendran en el fraude del sistema, cuando los partidos políticos se han constituido en plutocracia que ha invadido todos los resortes de la sociedad y convertido la vida pública en un gigantesco negocio para apandar cargos y sueldos, dobles o triples si se puede; coches oficiales y privilegios; dietas y pensiones; influencias a cobrar, fondos reservados, gabelas y puertas de entrada en consejos de administración.
La paternidad del populismo es la mentira. En un mundo tan constructivista como el nuestro, se construyen tanto la verdad, como la mentira. Estos son conceptos de moralidad anticuada. Hoy es verdad todo aquel constructo que es pragmáticamente útil; y cuando deja de serlo, ya da igual que se descubra que pudiera ser mentira. La diferencia es irrelevante y la autoría queda impune, en cualquier caso.
Su maternidad, la anomia: la ley es tal si la he votado yo. Si no, no hay ley, ni obligación de respetarla. Si este principio es demasiado sofisticado y no gusta, hay otro: hago/digo lo que me apetece, porque soy libre… Este segundo principio es más tosco, pero irrefutable.
Si mentira y anomia encuentran una masa carente de criterios, ayuna de valores éticos, hambrienta de sensaciones, aunque sean fugaces y efímeras, acreedora de todos los derechos y placeres imaginables y deudora de nada, el epifenómeno está asegurado.
La responsabilidad no es sólo de los plutócratas; es de toda la sociedad. De cada persona, cuando no hacemos bien el papel que nos ha tocado representar. De todos y de cada uno.
Las consecuencias, a buen seguro nefastas, presentan un pronóstico deleznable, de fin de época.