Opinión

Una llamada telefónica desde Taiwán

ORIENT EXPRESS

Ricardo Ruiz de la Serna | Domingo 04 de diciembre de 2016

Donald Trump ha logrado crear una crisis política con la República Popular China antes de ocupar la Casa Blanca. El presidente electo de los Estados Unidos mantuvo el viernes pasado una conversación telefónica con Tsai Ing-wen, presidenta de Taiwán y rompió, así, más de cuarenta años de aislamiento de la China nacionalista. Esto es un gesto que parece desafiar la “one China policy” que Pekín exige a todos los Estados como requisito previo para mantener buenas relaciones con el gigante asiático: solo la República Popular puede ser reconocida como interlocutora en la comunidad internacional. El aislamiento de Taiwán, reconocido solo por algunos países hispanoamericanos y por la Santa Sede, ha sido un objetivo perseguido con denuedo por la diplomacia de Pekín. Ahora diez minutos de conversación telefónica amenazan el equilibrio de unas relaciones construidas desde abril de 1971 con la llamada “diplomacia del ping-pong”. El viaje secreto de Henry Kissinger a China en julio de aquel año dio como fruto meses más tarde el reconocimiento de la República popular China por parte de Washington y el fin de las relaciones con Taiwán.

Por supuesto, las cosas son algo más complicadas. La República de China -nombre oficial de Taiwán- es un aliado leal de los Estados Unidos y un cliente importante de la industria de defensa estadounidense. Es un agente importante en la estrategia defensiva de la Casa Blanca, que pasa por sucesivos anillos de contención de la República Popular que se extienden desde Taiwán, Corea del Sur y Japón hasta Australia y Nueva Zelanda. Si hay un lugar del mundo en el que la proliferación armamentística se ha disparado en los últimos años coincidiendo con el formidable desarrollo militar chino, es el Extremo Oriente.

Así, Trump solo ha hecho un gesto que se suma a la multitud de declaraciones que ha venido haciendo contra la República Popular China desde que comenzó la carrera hacia la presidencia de su país. El presidente electo de los Estados Unidos ha amenazado con imponer aranceles del 45% a los bienes importados de China. Ha acusado a Pekín de ser “el mayor manipulador de divisa que ha habido jamás en el planeta”. Incluso ha acusado a la China comunista de ser la inventora del cambio climático a fin de socavar la competitividad de las empresas estadounidenses.

Sin embargo, sería un error esperar una reacción precipitada de la diplomacia china. Por lo pronto, la República Popular ha presentado una nota formal de protesta y ha recordado que Estados Unidos debe cuidar de no perjudicar los lazos entre los dos países. Desde luego, no es el único recurso de que dispone la China comunista para enervar un giro de Trump hacia Taiwán. Ya en el pasado, las empresas extranjeras establecidas en China han pagado el precio de las decisiones de sus gobiernos.

Por ahora, la incertidumbre sobre cuál será la política de Trump en Extremo Oriente impide hacer juicios precipitados. Tanto Taiwán como Japón y Filipinas son aliados necesarios si Estados Unidos quiere preservar su influencia en la región. El presidente de Filipinas, Rodrigo Duterte, ya ha recibido la invitación personal de Trump para su toma de posesión el 20 de enero del año que viene. Duterte ha visto en este gesto un respaldo a su política de lucha contra el narcotráfico. Japón, por su parte, ha despertado la desconfianza de Pekín al dotar a sus fuerzas de defensa del caza F-35A, del que solo disponen los aliados más estrechos de Washington como Corea del Sur.

Así, es difícil pensar que una llamada telefónica pueda desequilibrar unas relaciones con China construidas durante más de 40 años. Sin embargo, este tipo de gestos pueden ser el aviso de que Pekín está perdiendo influencia en la nueva Casa Blanca.