Opinión

Es la posverdad, malditos

ESCRITO AL RASO

David Felipe Arranz | Lunes 05 de diciembre de 2016

Nos han cortado el tráfico de automóviles en la Gran Vía y los que vivimos a orillas de la arteria más chic y más posh de la ciudad contemplamos con perplejidad el ir y venir de los peatones, acordonados por las vallas antiestéticas, entre lo maravilloso y lo cotidiano, entre los cajeros que escupen billetes sin parar y las bolsas de papel del promotor de trabajo esclavo en la India Primark. Porque ya está aquí la posverdad: que la Navidad empieza el 1 de diciembre y nos han subido el salario mínimo interprofesional (SMI, para los que tienen mucha prisa cuando hablan). Esperanza y la Asociación de Comerciantes de la Gran Vía dicen que va a llevar a la alcaldesa a los tribunales porque los chicos del reparto no llegan a los restaurantes y nadie camina por la calzada que el consistorio ha habilitado para los peatones… que van, vienen y trotan sorteando obstáculos en la trinchera del trasiego generalizado.

En la letanía del crepúsculo urbano, tratar de alcanzar el metro para llegar a tiempo al teatro, a solazarnos el espíritu con la ópera, La cocina o Todo el tiempo del mundo, se convierte en una aventura de riesgo: empujones, encontronazos, coincidencias al esquivar que acaban en regates y esquives eternos de familias enteras… La flânerie de la multitud avanza entre los quioscos y los titulares del pillaje y la rapiña de Blesa, Rato y sus muchachos –por los que pide el fiscal Alejandro Luzón cuatro y seis años de prisión, respectivamente–, los men in black de esta negra Navidad. Son los intempestivos: esos señores que se plantan en mitad de la calle o en la puerta de la Casa del Libro o de la FNAC y no lo dejan pasar a uno. Ni hacia adelante ni hacia atrás en la fosa común, mortal, verdosa de este Leteo entre Sol y Callao.

Los neones invitan al consumo y el salario mínimo interprofesional continúa siendo miserable: el Ejecutivo lo ha fijado mediante Real Decreto en 707,6 euros brutos –ojo– para pactar el techo de gasto con el PSOE, no porque se lo merezcan cinco millones y medio de españoles. Porque las cosas son así y no se les debe dar vueltas, Amore, que lo hecho y dicho, hecho y dicho está. Y si Fátima Báñez y estos “agentes sociales” –o sea, el lobby laboral– lo han decretado teniendo en cuenta el IPC, la productividad nacional, la coyuntura económica y el color de los calcetines de la ministra, tú le quieres dar a lo nuestro el decretazo del punto y final, la puntilla última, el descabello hermético y silente... Ay, Amore, entre tanto dominio de la mediocridad total te has convertido ya en viajera de la indiferencia, el miedo, la renuncia y el desamor, en la profecía de autocumplimiento que una vez atormentó a Cernuda. Cada vez es más raro encontrar a alguien capaz de algo… Y éramos muy capaces. Entonces. En aquella Navidad de sidra y bocadillos de calamares que nos sabían a gloria del Señor, que lo vendían en forma de figurita a pocos metros en esa inagotable miniaturización de la Palestina del siglo I que cada año invade la plaza Mayor, donde encontramos al simpático John Gusannon.

En diciembre se respira en Madrid un aire mineralizado, ajeno al tiempo, y algunos nos seguimos refugiando en los templos y tabernáculos de la calle Veneras para que nos acoja don Nicolás en su infinita hospitalidad montañesa, en esa auténtica patria donde escondernos ante el imperio del ocio hedonista y esos cuatro o cinco niños, esa prole numerosa y tecnócrata del posfranquismo que invade la acera dando gritos mientras sus progenitores los ignoran (y se ignoran). Venga acá un gran reserva de la bodega, don Nicolás. Y llega el primer regalo de esta Navidad: el triunfo en Austria del ecologista e intelectual Alexander van der Bellen, el viejo profesor de 72 años, hijo de inmigrantes rusos, que abre una alternativa al odio y la xenofobia y lanza un mensaje a Europa entera tan eficaz como la Novena sinfonía de Beethoven.

El regreso a Ítaca es fatigoso, pero cada noche, a la hora en que los traperos rumanos contaminan el centro con sus desvencijadas camionetas, volvemos cargados de recuerdos que contrarrestan el desafío marketiniano de los escaparates: “Canto al perro sucio de barro, al perro pobre, al perro sin domicilio, al perro vagabundo, al perro saltimbanqui, al perro cuyo instinto, como el del hombre, el bohemio o el histrión, está maravillosamente aguijonado por la necesidad, esa madre tan buena, esa verdadera patrona de la inteligencia” escribe Baudelaire en Los pequeños poemas en prosa.

El viernes Mar Forteza nos contó que se le volvieron los pies de color naranja después de una dieta prolongada y abundante de zanahorias. De momento no le han crecido los incisivos más de la cuenta… A Montoro le crecen, en cambio, los colmillos. Al final la verdad de Platón, la lucha del bien contra el mal, se ha transmutado en unas plantas de pies anaranjadas y en su contrario, la sombra oscura del Vlad Tepes de Hacienda y Función Pública en estas Black Christmas.

Y aunque no lo sepáis… esta es la posverdad, malditos.

Twitter: @dfarranz