Opinión

España en Bioy Casares

TRIBUNA

Roberto Alifano | Miércoles 07 de diciembre de 2016

Con España, Adolfo Bioy Casares tuvo la mejor relación que un escritor puede tener con un país: la nostalgia, ese sentimiento de encanto ante el recuerdo de lo ausente o desaparecido, ese anhelo de retorno que quisiera transponer la enigmática distancia que separa el ayer del hoy, abolido por el tiempo. “Mi caso fue muy distinto al de Borges –me confesó un mediodía que almorzábamos en un restaurante del barrio de Recoleta, vecino a su casa-. Él empezó por la literatura de lengua inglesa; yo, en cambio, por Don Quijote. Recuerdo que cuando leí el inolvidable comienzo y todo aquel primer capítulo que nos refiere cómo era y con quiénes vivía, sentí una emoción muy honda y estremecedora. Había en esa narración un dejo de ansiedad, porque Alonso Quijano abandonaría esa vida apacible para salir en busca de aventuras, y una fascinación que probablemente el despreocupado tono exacerbaba. Si mal no recuerdo, antes de concluir esa primera parte supe que yo quería ser escritor.”

Ajeno a los fanatismos y distante de toda forma de lo patético y lo sentencioso, en un camino que tuvo como inspirador y guía nada menos que a don Miguel de Cervantes, Adolfo Bioy Casares empezó a contar historias con tono despreocupado, historias de héroes que dejan la seguridad de su casa o de su patria y el afecto de su gente, para aventurarse por mundos desconocidos. “Influenciado por Don Quijote, no tardé ciertamente en emprender la composición de una larguísima novela, en cuyas páginas iniciales un joven español llegaba a Buenos Aires para hacerse rico; eso que nosotros llamamos hacer la América.”

“Poco tiempo después –me siguió explicando-, en una antología escolar, encontré las Coplas por la muerte de su padre de Jorge Manrique. Con emoción jubilosa admiré el fluir de los versos y escuché la tranquila enunciación de las inexorables verdades de nuestro destino. Diríase que la conjunción de limpidez poética y de veracidad profunda no dejaron lugar para que la tristeza del tema me acongojara.”

En aquellos días, su entusiasmo por la literatura lo llevaba a leer todos los libros que llegaban a sus manos y -“con cierta irresponsabilidad”- a escribir algunos propios. Como la novela en preparación en la que estaba avocado postergaba las historias que le ocurrían, la hizo a un lado y, con alivio, se puso a escribir un volumen de relatos que no le gustó a demasiada gente. Eran los comienzos de su amistad con Borges que –“con cierta indulgencia”- atribuyó esos errores al apresuramiento; pero Bioy Casares no se dejó engañar por la generosa hipótesis de su ya consagrado amigo. “Comprendí que los errores provenían de la inmadurez de mi criterio. Para mejorarlo estudié manuales de técnica literaria y, cuando descubrí Agudeza y arte de ingenio de Baltasar Gracián, me propuse escribir un ensayo con una idéntica retórica dedicado al arte de narrar.”

Muy pronto, sin embargo, hubo un cambio de planes. “Con temeridad, yo publicaría un arte de escribir a imitación de mi mismo después de mi lectura de En veinte lecciones, de Valbuena, que me prestó mi tío Miguel Casares. Estaba seguro de que en el análisis de los errores cometidos en mi libro de relatos, encontraría leyes valiosas. Debió de parecerme que nada mejor podía hacer con mi experiencia de fracaso como escritor, que emplearla para la composición de un arte de escribir. Obviamente no me pregunté qué opinarían los lectores. Un horror del que aún me avergüenzo.”

Todo esto venía a nuestra conversación porque en aquellos días de 1990, Adolfo Bioy Casares había sido distinguido con el Premio Cervantes. Un honor que su genuina modestia se resistía a admitir. “¡Pero, qué exagerado que son estos amigos españoles!”, se disculpaba.

Quien escribe este artículo considera que si hay algo de lo que puede jactarse es de haber sido bendecido por algunos dones. El principal ha sido el de la amistad. Tuve el asombroso privilegio de tratar muy de cerca a Pablo Neruda, de colaborar increíblemente por años con Jorge Luis Borges y de conocer muy de cerca a otros grandes escritores. Durante un largo tiempo visité a Adolfo Bioy Casares y a su genial esposa Silvina Ocampo. Participé de las literarias cenas extendidas a las que concurría Borges, sus amigos cercanos y otros literatos que visitaban a la Argentina; entre ellos, recuerdo a Italo Calvino. Con él y Bioy, concurrimos una noche a escuchar tangos en un sitio clásico de Buenos Aires, en el que tocaban famosas orquestas, que dedicaron algunas piezas a los ilustres visitantes.

Una de las cosas que más me han quedado grabadas en lo referido a la relación de Bioy Casares con las letras españolas, fue su devoción por don Marcelino Menéndez y Pelayo. En su casa, en la sobremesa, solía sorprender con la lectura de la “Epístola a Horacio” y demorarse con sincera emoción en este precioso endecasílabo:

La náyade en las aguas de la fuente…

O deleitarse morosamente en estos otros:

Clámides ricas y patricias togas,
quirites y plebeyos, senadores,
filósofos, augures, cortesanas,
matronas de severo continente,
esclavas griegas de ligera estola,
sagaces y bellísimas libertas…
en Olimpia, cien carros voladores
y allá en el valle tiburtino oculta
la dulce granja del cantor de Ofanto,
por quien los áureos, venusinos metros
en copioso raudal se precipitan
al ancho mar de Píndaro y de Safo…

Profundo conocedor de esa enriquecedora poesía, me comentó: “Se lo considera a don Marcelino como erudito y poco se tiene en cuenta al maravilloso lírico que fue. Es curioso cómo, para la fama, un mérito puede ocultar a otro.”

Buen lector de Azorín, Pío Baroja y Valle Inclán, al que consideraba con su novela Tirano Banderas el primer antecedente de lo que luego se llamó el “boom latinoamericano”; tampoco era indiferente a la literatura española contemporánea.

Aristócrata del espíritu, hijo de estancieros acaudalados, hombre de hermosa y distinguida estampa, buen jugador de tenis, cinéfilo fanático, fotógrafo aficionado, seductor empedernido, amigo entrañable y socio literario de Jorge Luis Borges, el mayor escritor argentino, Adolfo Bioy Casares fue todo eso; pero, sobre todo, el original narrador que supo prodigar su imaginación y un estilo propio al idioma castellano. Nació en Buenos Aires en 1914 y murió en la misma ciudad en 1999. Su ausencia de ameno e inteligente conversador se sigue extrañando.