Opinión

Pensiones de ayer, hoy y mañana

TRIBUNA

Juan José Vijuesca | Miércoles 07 de diciembre de 2016

Hoy como ayer, mañana como hoy/ ¡y siempre igual!/Un cielo gris, un horizonte eterno y andar….andar. No me negarán que Bécquer, cuando escribió este poema, carecía de vocación de pensionista, ya les digo a ustedes que no, que su prosa guardaba un romance parecido al que hoy tenemos en este país.

Permitan que hoy sea desagradable, pero es que la hipocresía que se gastan los políticos con este tortuoso asunto de las pensiones no es para reparar en adjetivos. Hace años en este país abundaba el orden de una realidad franquiciada, más por el trabajo activo y las consiguientes cotizaciones, que por clarividencia de los gestores de turno. Verán ustedes, si el Pacto de Toledo sirvió para alumbrar las entendederas de cuantos lo suscribieron en su día, también ha demostrado que los visionarios intervinientes pulsaron el piloto automático para dejarse llevar por los tiempos de bonanza, pero en todo este crucero se ha puesto de manifiesto que la hucha que guardaba nuestros ahorros ha tenido más zozobras que el propio Titanic. Y este es el resultado cuando la línea de flotación de las pensiones ya reposa en el lecho de las anémonas.

La tragedia no es que ahora debamos tener paciencia, como se nos inculca. Tampoco que se nos haga valer que las prestaciones están garantizadas; lo peor de toda esta gama de patochadas es que se van deslizando los días, los años e incluso las generaciones y el problema subyace plantándole cara a la supervivencia al no existir equilibrio entre clase pasiva y clase trabajadora cotizante. Se escuchan voces a modo de recomendación como esa de hacer entender a los jóvenes la necesidad que tienen de ahorrar debido a la ruina existente. Naturalmente que sí, pero digo yo que para eso habría que tener un trabajo estable y acabar con la temporalidad y el nuevo orden laboral de precariedad salarial. Hoy, para una gran mayoría, catorce años después, los sueldos y las prestaciones continúan teniendo el valor equiparado a la antigua peseta, aunque la cosa pueda sonar a Jardiel Poncela. Y claro, uno piensa en lo difuso que resulta encajar tanta sandez y tanta falta de escrúpulos cuando se habla de ahorro en donde no hay ni para rascarse el bolsillo. De manera que más vale comenzar la casa desde los cimientos.

Aquí nadie explica la verdad, es decir, si una docena han de ser doce unidades, difícil que de ello pueda pasar a ser de quince para cuadrar las cuentas. Este razonamiento no va dirigido a mi público lector, del cual respondo por su sabiduría e inteligencia suprema; lo digo para la clase política y demás gestores de la concordia. Veamos, si sostener el equilibrio entre cotizantes y pensionistas guarda relación entre llenar la hucha por unos para que otros puedan cobrar, ya les digo que para las próximas décadas las pensiones serán un vago recuerdo, una especie de psicofonía fantasmal de continuar por este camino que no conduce más que a la ruina más absoluta. No es un tema baladí, pero mareando la perdiz, como vienen haciendo con el actual sistema público de pensiones, a las claras está que la vaca no da más leche.

Ante esta deriva y gracias a la falta de escrúpulos de quienes se aferran en no aceptar que la voluntad del jubilado sea la de vivir más de lo debido, aún en el empeño de hacerlo con la dignidad necesaria, pues la solución, como casi siempre, es la de subir impuestos, gravar y penalizar al contribuyente hasta la total extirpación de sus últimas voluntades. El catastrazo, el impuestazo y la madre que lo trajo pintan un panorama de lo más sombrío para la clase media y no digamos para los pensionistas que acabarán por sufragar hasta con especies y por encima de sus posibilidades como si hubiera una regresión al medievo.

Los impenitentes de ayer, hoy y tal vez mañana, -de seguir así-, deben creer que esto de ser jubilado, y que además te paguen, incluso dos pagas extras al año, es algo de muy mala educación, por no hablar del acto insolidario de tener cotizados 30, 35 o 40 años y no haberlo hecho a fondo perdido. Y claro, uno piensa en la obscena cantidad de cargos públicos que tenemos en todos los niveles de la administración, así como en todo tipo de empresas públicas o participadas, fundaciones, entes, observatorios, consejos, consistorios, agencias, direcciones, centrales sindicales, asesores que asesoran a otros asesores, paniaguados por enchufismo, etc. y por esa razón no es de extrañar que cualquier hucha que se pretenda tener a día de hoy, es tontería. En fin, que en esas estamos.