“En realidad, Dios no es el centro de la búsqueda religiosa… el centro es la muerte. Sin la muerte no existiría la religión. La muerte es la que hace que el hombre busque e indague más allá, en lo eterno”. Osho, “El libro de la vida y la muerte”
Casi siempre que he reflexionado sobre hacia dónde deberían evolucionar los seres humanos me han venido a la cabeza palabras como sostenibilidad, empatía, decrecimiento, cooperación, solidaridad, etc. Reducir los índices de natalidad de forma voluntaria, disminuir el consumo y el impacto medioambiental, cuidar más de la naturaleza, de los animales y de las personas, dar más, acumular menos, en fin, ya ven por dónde voy. Pero desde hace unos meses, siento que hay una característica que hace sombra a todas las anteriores. Una cualidad adquirida fortuitamente, en la mayoría de los casos, que nos traslada a otra dimensión y nos convierte de inmediato en un “ser humano evolucionado”. Esta propiedad tan simple y especial a la vez que insólita y profunda no es otra que la aceptación genuina de nuestra propia muerte.
No sé si han conocido alguna persona que se haya enfrentado física o emocionalmente a su propia muerte, bien porque tuviera un accidente, una enfermedad grave o porque un ser muy querido muriera en trágicas circunstancias, normalmente antes de tiempo. Aunque muy pocos lo aprovechan, durante esos momentos de dolor se abre una oportunidad, sutil pero certera, que nos ofrece la posibilidad única de comprender con claridad meridiana el devenir eterno y común de todos los mortales: el fin de la vida, irremediablemente efímera. Asomarse por esta ventana de apariencia espinosa puede ser tan aterrador como liberador, pero casi nadie elige hacerlo voluntariamente; solo cuando la oportunidad aparece y estamos preparados, la venda cae sin poder remediarlo.
Algo que parece evidente y sencillo, que todos los humanos se mueren, no lo es tanto, ya que si fuéramos realmente conscientes de nuestro destino no podríamos vivir como vivimos, ¿no creen? Escribe Jed Mckenna en el segundo libro de su trilogía que la depresión es miedo sin esperanza y que surge cuando descubrimos que algo que pensábamos que era nuestro nunca podrá serlo. La infelicidad, según Mckenna, llega cuando nos preocupamos por no tener algo, la depresión se produce cuando nos damos cuenta de que nunca lo tendremos y la libertad es cuando somos conscientes de que nada es nuestro y de que nada puede ser nuestro. La evolución de la que les hablo nos traslada a un estadio superior de conciencia que fulmina cualquier tentación o aliciente por acumular, conquistar, aniquilar, combatir, progresar, apegarse, destacar o crecer sin descanso y, por lo tanto, sus efectos secundarios potencian muchos de los conceptos planteados a priori: equilibrio y sostenibilidad con la naturaleza, con nuestro cuerpo, con nuestra mente, con nuestro espíritu, con la vida… y con la muerte.