Opinión

Mi experiencia cubana

TRIBUNA

Francisco Massó | Sábado 10 de diciembre de 2016

No mucho tiempo atrás, fui invitado a participar en un congreso internacional de Psicología, que se celebraba en La Habana, organizado por las autoridades de la salud mental cubanas. Debieron cursar muchas invitaciones. Sólo tres europeos nos atrevimos a romper el bloqueo, concitando sobre nosotros todas las atenciones de la Presidencia del Congreso y de la televisión pública de la isla. Fue como ser estrella mediática, sin pretenderlo.

Picados por la curiosidad sobre Cuba, habíamos ido mi mujer y yo.

Como sujetos pasivos, la propaganda política nos invadió desde la llegada al aeropuerto. Allí, en toda la isla, se practica el culto a la personalidad, sin pudor alguno. Los romanos divinizaban a los emperadores muertos. Los cubanos tienen por doquier la estampa de los héroes y excelencias revolucionarias que han de venerar, incluso antes que mueran.

Rompiendo todas las reglas de la Ecología, en San Pedro de Pinatar, pudimos contemplar, estupefactos, cómo un gran cantil del monte, que debió ser precioso desde que la Naturaleza se tomó el trabajo de construirlo, había sido acondicionado para convertirlo en gigantesca banderola revolucionaria, con todos los próceres, consagrados por el sistema, dando escolta a José Martí. Miles de kilos de pintura acrílica taponaban los poros y grietas de la madre tierra, para que sólo puedan germinar los valores y virtudes revolucionarias, que aquellos personajes proponen a los isleños y a los turistas que llevan hasta aquel sacrilegio ecologista.

Nos había llamado la atención que, al llegar al hotel, el botones que nos acompañó a la habitación, un hombre de más de 40 años, tras agradecer la propina en dólares, nos pidiera el periódico que él suponía nos habrían distribuido en el avión. ¿Le faltaba papel para envolver?, ¿quería oxigenar su mente con otras fuentes de alimentación?, ¿buscaba información alternativa?. Sí, rotundo, en todas direcciones.

Fuimos a comer al Floridita, claro. No pudimos evitar la tentación. En el menaje, plata a discreción, de principios del siglo XX; cristalería fina, de talla, y vajilla de porcelana; en las paredes y cortinas, brocados. ¡Un lujo superlativo, a precio risible para un europeo!. Aunque pedimos langosta, pagamos un poco más que aquí, en un restaurante modesto de barrio, donde se puede alternar con pintores de mono blanco. Pero, la nota la dieron los músicos: tres ancianos, desdentados, de más de ochenta años, o de setenta y muchos mal llevados, que visitaban las mesas con sus canticios de voz quebrada, mirada pitañosa, suplicante, y pasos arrastrados. ¡Pena de la humanidad, amargándonos la comida…!

A mi conferencia en el Congreso acudió el pleno de los inscritos. Al taller, más del doble de las personas que yo había puesto de límite. ¿Hambre de saber?, ¡Qué va!, si ellos sabían más que yo de lo que se les preguntase. Para que les suban el sueldo unos céntimos al año, los profesionales han de justificar que están actualizados y se preocupan de mantenerse en forma intelectual y revolucionariamente. Tan es así, que, cuando ya había iniciado mi taller, aún llegó una psiquiatra, que dijo haber recorrido 100 kilómetros en bicicleta, antes de llegar. Tal vez exageró, para que cupiera su súplica. Lo dudo, porque allí está todo controlado; pero, es posible. ¿Sus cálculos le hicieron llegar tarde? No, llevaba diez minutos discutiendo con los organizadores que le dejaran entrar. Me pasaron la responsabilidad; y entró, ¿cómo no?.

La Habana Vieja, Patrimonio de la Humanidad, es un vergel, una síntesis maravillosa de Andalucía y Extremadura, transportada allende los mares. El español se siente en casa, caminando por su pueblo, u otro pueblo que se parece al suyo, aunque sea más hermoso. Su mundo es nuestro, los mismos tópicos y barroquismos. ¡Buen trabajo el de la Unesco!

En contraste, los habaneros viven (¿?) en el “Vedao”, un barrio en ruinas, cuyos balcones lucen postigos sin cristales, antepechos suspendidos en el aire, sin suelo donde pisar, pero con pretenciosos balaustres de herrería romántica del XIX. En el balcón del piso superior, solía haber instalada una garrucha para subir el agua en pozal. Y las paredes dejaban asomar sus tripas, a través de las huellas de la erosión tropical.

Tampoco nos privamos de asistir al ballet que dirigía, ya ciega (¡!), Alicia Ernestina de la Caridad del Cobre Martínez del Hoyo (a barrocos, creo que nos ganan ellos a nosotros). A lo que iba: el ambigú, en pleno Teatro Nacional, estaba dispuesto a cielo raso, con buenas vistas a las estrellas, en un salón, antes lujoso. Lo imaginamos con espejos rococó, grecas de pan de oro y, por supuesto, a cubierto de tormentas y huracanes. Pero su techumbre y piso superior decidieron pasar al otro mundo y olvidarse de que cualquier tiempo pasado fue mejor, dejando la decoración en plan Matadero de Gallardón.

Los turistas, como es habitual allí, pagamos las entradas en dólares americanos; pudimos hacerlo en pesos convertibles, diferentes a sus pesos, porque circulan tres tipos de moneda distintos…, cuatro, si consideramos que, a regañadientes, también admitían ya euros. El coste de las entradas era varias decenas de veces más caro que las abonadas por los cubanos. Al entrar al anfiteatro, observamos que nuestras localidades, situadas en la primera fila, disponían de butacas tapizadas con terciopelo granate. Sólo se ocuparon unas pocas, aunque había diez o doce filas de butacas iguales. El grueso de asistentes, estaba en las filas de atrás, en butacas de madera, sin tapizar. En cuanto se apagaron las luces y empezó a subir el telón, oímos un gran estruendo de asientos que subían, dejando un golpe seco, carreras y empujones, que promovían ayes de dolor. Enseguida, nos encontramos rodeados de cubanos y aun debieron faltar butacas. Es que la cercanía nos hace más iguales y, sobre todo, humanos.

Si tuviese espacio, podía seguir relatando anécdotas de las alturas de la Catedral de los Orishas, de las sinuosidades del Tropicana, de las bajezas, también lujuriosas, del malecón y de la supervivencia esperanzada de los “paladares”, un conato de restaurantes privados. Podría seguir hablando del triquitraque de los taxi “huevo”; del jabardillo que se armó cuando regalamos camisetas viejas, que habíamos llevado ex profeso; de la profusión creativa de uniformes y matrículas de coches…, estos últimos todos viejos, eso sí, y desechados por la Rusia soviética; de las concentraciones de masas semanales, cada sábado en una provincia distinta, con derecho a autobús y bocadillo; de las “barbacoas” de las viviendas; de las peticiones que recibíamos, en cuanto nos veían vestidos de vulgares turistas, etc.. Realmente, podía hablar, sin entrar en el fondo, de un mosaico de humanidad doliente, víctima, desde la cruz a la raya, de una ideología cruenta, repolluda y fatua, y esclava de la facundia de unos líderes, tan rocambolescos como patéticos.