Ediciones B. Barcelona. 2016. 405 páginas. 18,05 €. Libro electrónico: 7,59 €.
Por Daniel González Irala
Existen novelas difíciles de clasificar debido a la influencia que sobre ellas tiene el medio cinematográfico y esta probablemente sea una de ellas. Con la impronta del Dennis Lehane de Mystic River, quizás a veces también se recurra demasiado fácilmente al cliché hollywoodiense que popularizó en su día Linda Seger, respecto al arte de la adaptación, “a malas novelas, grandes películas”. También nos encontramos con casos como el de Thomas Harris, que en El silencio de los corderos prácticamente telegrafió el guión de la popular película protagonizada por Anthony Hopkins, una auténtica trampa literaria. No estamos ante un caso parecido, pero esta reflexión al alimón no le es ajena a esta novela de Arthur Gunn (alias de Claudio Cerdán) en el sentido en que ya las mismas novelas de Lehane tienen ese estilo telegráfico, producto quizás de las prisas o de los vicios cogidos por la escritura para cine. Ocurre además que siendo una historia de amistad en la niñez, el lector a veces se siente algo descolocado y parece acordarse más de Locke, aquel portentoso thriller de Steven Knight, que del personaje de Dave Boyle (interpretado magistralmente por un Tim Robbins en estado de gracia en ese drama bostoniano dirigido por Clint Eastwood).
Uno de los fallos mayores que encuentro en la novela es la elección de la primera persona referida al personaje protagonista de Walter. Y lo es debido no tanto a esta, sino a lo dubitativo de la voz usada, una voz que empieza siendo provechosa, pero que poco a poco nos vamos dando cuenta de que está montada sólo a medias. Las exigencias del oficio y el género hacen que se quiera seguir adelante pese a ello pase lo que pase, lo que es un valor dada la extensión del texto.
Walter es un ingeniero que trabaja en una patente para digitalizar chalecos antibalas; una noche en que descansa junto a su mujer Martha, recibe la visita de Cormac, agente de Bolsa que le cuenta que su mujer ha sido secuestrada, dejándole un DVD con imágenes escabrosas de lo que le está ocurriendo. Cormac, al igual que Peter y Trevor son amigos desde la infancia y eran miembros de una especie de club secreto, de resultas de cuyas hazañas otro de ellos muere. Cormac parece buscar venganza, mientras que Walter cae en las redes de una estafa que hunde su vida y le hace descender a los infiernos de su niñez, descubriendo así una trama por la que puede verse involucrado en acusaciones muy duras que se nos muestran en la duermevela fantasmática de lo verdadero o falso.
Narrada en un tono medio bajo, con diálogos cortos y en ocasiones punzantes (resultando este registro más que correcto) aparecen personajes insólitos y entrañables como el profesor del colegio que se acuerda de todos los alumnos que pasaron por el aula, y otros menos definidos o trazados a pinceladas, que a veces causan estupor y otras cierta sensación de galimatías en su recorrido.
Por otro lado, Claudio Cerdán o Arthur Gunn vive en la actualidad en Suecia, y antes que hacerse valedor de la tradición nórdica de novela policiaca, ha preferido fijarse en los modelos norteamericanos expuestos, con los que parece identificarse más.