El sábado pasado se celebró el Día internacional de los Derechos Humanos. Es, pues, una buena ocasión para recordar el informe de Fran La Rue, relator especial de Naciones Unidas para la promoción y protección del derecho a la libertad de opinión y expresión, que en 2011 declaró que la desconexión de internet era una violación de derechos humanos e iba contra el Derecho Internacional. Ha habido más pronunciamientos de las Naciones Unidas en esta línea.
No quiero centrarme ahora en la consideración de la conexión como un derecho humano y sus consecuencias jurídicas, sino más bien en el optimismo que, a veces, va asociado al creciente uso de las tecnologías digitales en todo el planeta y, en especial, en el mundo islámico.
Es fácil recordar el espíritu de aquel año y el auge que el debate sobre la libertad de expresión e información tenía en todo el mundo. Wikileaks había publicado en noviembre de 2010 más de doscientos cincuenta mil documentos clasificados del Departamento de Estado. Muchos creyeron que las tecnologías digitales y, en particular, las redes sociales como Facebook y las plataformas de microblogging como Twitter cambiarían el mundo islámico por completo. Las multitudes de jóvenes que protestaban en las plazas Tahrir de El Cairo en 2011 y Taksim de Estambul en 2013 parecían anunciar una nueva era de libertad y apertura en los países islámicos. Dos de los más importantes, Egipto y Turquía, experimentaban el poder de la cultura digital como factor de transformación social.
En realidad, detrás de esa percepción late la idea de que la libertad y, en general, los derechos humanos, llegarán gracias al desarrollo tecnológico. Sin embargo, los sucesivos movimientos de contestación y revuelta que sacudieron el mundo islámico incluso antes de las Primaveras árabes -recordemos la Revolución Verde iraní de 2009-2010- demostraron la debilidad de ese presupuesto.
Ha sucedido más bien lo contrario. Allí donde pudieron, los regímenes autoritarios, las dictaduras y las teocracias han empleado esas mismas tecnologías para revertir los procesos de cambio y perseguir a los opositores. El caso más elocuente es el iraní. Los servicios de inteligencia de la República Islámica se sirvieron del control de las conexiones, las redes de contactos y el intercambio de mensajes para ampliar su información sobre los opositores, mejorar su control y endurecer la represión. Que los opositores tuviesen mayor facilidad para denunciar los abusos no significó que éstos cesasen. Al contrario, esas mismas tecnologías se utilizaron para refinar las técnicas de control social. Al final, las revoluciones triunfaron sólo allí donde las instancias de poder más allá de la tecnología -el ejército, las policías políticas- apoyaron a los opositores. En cambio, allí donde optaron por resistir -Libia, Siria- lo que terminó llegando no fue una movilización de los jóvenes hiperconectados, sino guerras civiles que llevan desangrando la región más de cinco años.
Por otra parte, es un error pensar que la tecnología digital lleva aparejada, necesariamente, una mayor democratización. El ejemplo chino es muy claro: el Estado controla la tecnología y la emplea justamente para evitar ese cambio. Por otro lado, es muy dudoso que las masas de jóvenes desde Marruecos hasta Indonesia o Xingjian quieran más democracia o más derechos humanos. Con todo su poder transformador, ni Facebook ni Twitter ni Instagram lograron evitar el ascenso de los Hermanos Musulmanes en Egipto ni el de Ennahda en Túnez. Los islamistas también usan la tecnología digital. Cuando uno de estos muchachos se conecta a internet, quizás se preocupe más de jugar o de ver películas -es decir, de entretenerse- que de escribir textos contra el gobierno o leer a los blogueros de la oposición. Que un disidente goce de prestigio en Occidente, no significa que deje de ser un desconocido entre las masas de su propio país.
Así, este Día Internacional de los Derechos Humanos tal vez sea una buena ocasión para reflexionar sobre las verdaderas claves del cambio y la democratización del mundo islámico, que son más complejas que el aumento de las conexiones telefónicas y el despliegue de la fibra óptica. Por mucha tecnología digital que haya, es imposible construir democracias estables sin instituciones y normas de mayor solidez que las redes sociales.