Hace unos días un grupo de hombres jóvenes subsaharianos saltaron la valla de Melilla. Por recurrente y casi diaria la noticia ha perdido todo relieve. A veces es el número lo que permite a una noticia semejante aparecer durante unas horas en los titulares de la prensa escrita o figurar breves instantes en las noticias de radio o televisión. Por lo demás, no pasa de ser un hecho cotidiano, pero es su cotidianeidad la que habría de llamar nuestra atención.
Europa recibe diariamente cantidades crecientes de inmigrantes, muchos de ellos procedentes de oriente próximo en calidad de refugiados. Otros muchos no huyen de la guerra, sino de la pobreza y persiguen un bienestar que esperan encontrar al norte del Mediterráneo. Unos y otros han de afrontar un viaje aterrador cuyas víctimas se cuentan por millares. Es de extrema urgencia, pero de enorme dificultad, contener esa sangría.
Esta gran migración involucra graves problemas derivados de su misma magnitud. Son problemas técnicos y económicos. Distribución, alojamiento, ocupación… En ese grado de abstracción los países europeos podrían y deberían – sin otra consideración – tender su mano a estos contingentes de personas en situación de grave necesidad. Pero hay un odioso costado del problema que nos obliga a poner en cuestión algunos principios fundamentales de la ideología hegemónica entre nosotros. Este desagradable aspecto de la cuestión tiene que ver no con la cantidad, sino con la naturaleza o cualidad de esa gran migración. La misma mención del asunto despertará un rechazo radical por parte de todos aquellos que se niegan a admitir diferencias entre los hombres y contemplan a los recién llegados como abstractos miembros del género humano. Pero como enseñara el más lúcido pensamiento reaccionario ese género humano sólo existe distribuido en distintas esferas culturales. Según una diferencia cuyo grado y naturaleza hay que analizar para concluir la posibilidad o imposibilidad de verdadera comunicación entre ellas.
Las revoluciones modernas en Europa avanzaron tratando de superar esas diferencias culturales en nombre de una razón universal, cuyo referente conspicuo eran las ciencias y sus tecnologías asociadas, íntimo motor de la explosión productiva. Se esperaba de la educación y de la escuela moderna una formación en los principios de esa razón científica universal que superara las diferencias culturales, generando así una sola humanidad.
La contrarrevolución, por su parte, declararía la inexistencia de semejante razón cosmopolita o universal – más allá del elemento demostrativo de las ciencias físico matemáticas – señalando el arraigo histórico y cultural de las distintas formas de racionalidad humana siempre circunstanciada. Por lo demás, la racionalidad científica sólo tiene un valor instrumental, de suerte que, aunque puede indicarnos los medios, no puede señalarnos los fines de la acción y la existencia humana. Estos fines quedarían encerrados en el perímetro de cada cultura o de cada forma diversa de racionalidad humana concreta o real. Nada garantiza que semejantes fines no entren en contradicción.
Tras la última guerra mundial no ha dejado de afirmarse la irreductible pluralidad y diversidad de las culturas, constituyentes de la identidad de los hombres, a la vez que se exigía respeto a esa diversidad. Pero esa exigencia incurre en la contradicción de fundar la hospitalidad en la hostilidad. Así nos vemos arrojados a una alternativa indeseable. O nos vemos encerrados en nuestra identidad cultural, dotados de la gratuita petición de un improbable respeto mutuo, o abiertos a una razón universal meramente técnica o instrumental.
Añádase que el completo dominio ideológico del relativismo cultural en Europa supone la comprensión del carácter colonialista del programa de expansión de una racionalidad que, bajo capa de universalidad, era portadora de la visión europea del mundo. Y de la comprensión del carácter colonialista de la visión universal e ilustrada del hombre se sigue hoy un afán de expiación que se manifiesta en demandas de acogida indiscriminada. La única respuesta alternativa a esa suerte de xenofilia, expiatoria de la gran culpa europea, se ofrece en términos de una identidad europea que se juzga en peligro, ante la oleada de población extraña que coloniza Europa y ante la que se alzan los que se denominan “indígenas europeos”.
Así pues, tenemos de un lado, por ejemplo, el panfilismo de gentes como la joven activista alemana de izquierda que oculta la procedencia de sus violadores para no alentar el ascenso del racismo. Pero de otro encontramos una reacción que se resuelve en términos de identidad cultural, justamente bajo el inequívoco título de movimiento identitario.
Afrontemos la cuestión decisiva, ante la que nos jugamos la comprensión de nuestra circunstancia: ¿Es un problema meramente cultural el que plantea la gran migración? ¿Acaso los numerosos contingentes de inmigrantes proceden de una sola y la misma cultura? ¿Es, acaso, un contenido cultural lo que puedan tener en común las distintas naciones europeas, definidas precisamente por sus respectivas culturas? Parece evidente que la respuesta a todas estas cuestiones sólo puede ser negativa.