Opinión

Paterson: La vida feliz

AL PASO

Juan José Solozábal | Martes 13 de diciembre de 2016

Trato de explicarme lo que cautiva de esta película, que es antes que nada su sencillez extrema: se trata del relato de la vida de un modesto conductor de autobús de una ciudad de provincias americana (Paterson en Nueva Jersey) de lunes a lunes. Su protagonista, que tiene el mismo nombre, tras despertarse a las 6, 30, mirar su reloj, un Casio de 30 dólares, blanco y claro, dar un beso a su amada esposa, levantarse y desayunar, se dirige a la cochera en un hangar de los arrabales de la localidad, e inicia la ruta del día. Tenemos un flash sobre lo que sucede en el autobús: una charla entre dos jóvenes que fantasean sobre sus conquistas femeninas; o la conversación de una pareja de muchachos que evocan a un personaje anarquista italiano que vivió en la ciudad a finales del siglo XIX con el que les gustaría poder identificarse: atentó contra el monarca italiano Víctor Manuel y murió al poco en circunstancias desconocidas, pero imaginables, en la cárcel del país alpino donde no había pena capital. Ocasionalmente durante el viaje puede surgir un incidente: el autobús queda sin fluido eléctrico y los pasajeros han de ser desalojados del vehículo: Paterson debe ayudar a descender del mismo a los niños o ancianos, y colmar su impaciencia esperando el coche de reemplazo. Vuelta del trabajo: nuestro personaje tras saludar a su bella esposa, sale a dar la vuelta imprescindible con su perro. Se toma una cerveza en el desvencijado pub del barrio: charla con el dueño que idolatra a las personalidades de la ciudad se trate de actores o de cantantes, cuyas fotografías pincha en la pared; también pregunta por su vida a los clientes que juegan al ajedrez o al billar; o se deja avasallar en la barra por alguien que busca consuelo en el abandono amoroso en que se encuentra. Al comienzo de la jornada laboral, incidentalmente, vimos que el conductor, como hará todos los días, ha sacado una libreta, y escribe unas pocas líneas: unos versos que quedan sobreimpresionados en la pantalla: son poemas tersos y limpios, de sencillez impactante.

Sorprende que una historia tan elemental logre que nuestra atención no decaiga. Las cosas llegan a nosotros, viene a decirnos el personaje, normalmente en tres dimensiones, su longitud, amplitud o altura, pero las entendemos por su inclusión en una cuarta que es el tiempo. El significado de la duración es lo que intenta comunicarnos el director del film, Jim Jarmusch. La vida de los protagonistas tiene sentido porque consiste en dar término o culminar un propósito: en el caso de Paterson escribir un poema cada día a partir de sus experiencias concretas; en el caso de su mujer, Laura, preparar durante la semana los pasteles para el mercado del sábado, o recibir finalmente por correo la guitarra en la que ensayar las canciones country que la pueden hacer famosa. La película logra implicarnos en la tensión que viven los personajes en torno a esos momentos de su existencia, banales para los demás, pero fundamentales para ellos.

Nos seduce de la historia la habilidad del director en el relato, pero también la densidad de su intención. La felicidad es un asunto privado, depende del modo en el que organicemos nuestras vidas, de que elijamos bien lo que verdaderamente nos puede satisfacer. Paterson es un tipo sencillo, lo que llamaría Orwell un “good fellow”, un buen hombre si lo vemos de modo machadiano, una persona sin doblez. No perdamos detalle: está casado con una muchacha extranjera, una iraní, y el pub que visita está regentado por un negro, si me permiten decirlo ingenuamente, alguien también modesto (su mujer le reprochará que se ha hecho con sus ahorros para acudir a la peluquería), como lo son los clientes habituales del establecimiento. Hay en la película una cordialidad racial que no pasa desapercibida.

No hay señas de compromiso político del protagonista, pero Paterson no es una persona insolidaria o aislada. Se interesa por la vida de sus compañeros de trabajo, en este caso, el controlador de la estación de autobuses, al que invariablemente pregunta por sus problemas, que le abruman un tanto, sin exagerar, que no hay estridencias en la película: le viene la suegra a vivir a casa, debe visitar el dentista y mandar dinero a una sobrina que va a casarse en la India. Paterson es un valiente, que no pierde la calma y que se juega el tipo si la suerte del prójimo está en juego: resiste bien las provocaciones de unos pandilleros que le inoportunan provocadoramente en uno de sus paseos con el perro; pero se abalanza sobre un cliente del bar que intimida a una mujer con un arma, arriesgando su vida, mientras los otros parroquianos ponen pies en polvorosa.

Me llama la atención el patriotismo local que se defiende en la película. Paterson es la ciudad en la que nació el famoso actor Lou Costelo que tiene una estatua en el centro y cuya fotografía desde luego el negrote que regenta el bar ha pinchado en la pared, junto con las de alguna celebridad local, sea cantante de jazz o rock como Iggy Pop, o puede que jugador de beisbol. De Paterson es el gran poeta que acompaña a nuestro protagonista en los ratos que éste pasa en el sótano de su casa donde se retira a escribir: William Carlos Williams. Cuando sufre la tragedia doméstica, que no voy a contar aquí, Paterson acude buscando consuelo a su lugar favorito de la ciudad, la catarata de las afueras.

El mensaje de la película es, con todo, la justificación de la solidaridad con los demás, que es la dignidad valiosa de cada cual, quizás oculta a nuestra mirada pero efectivamente existente: en este caso el poeta, excelente, que hay detrás del conductor de autobús, falso, entonces, ordinary man. Ocurre a veces que nos sorprendemos al hacer el descubrimiento. Le pasó a Emilio Lledó cuando, recién licenciado, llegó a Heidelberg y se encontró con que el taxista que le recogió en la estación de tren le recomendó el profesor que debía dirigir su tesis doctoral: el filósofo Gadamer. O le acaba de suceder a Javier Marías, según cuenta en su último artículo en el País Semanal , cuando el taxista que le llevó al aeropuerto no aceptó su propina, pues era el menor gesto que el conductor neoyorkino, le dijo, podía tener con un hombre que había conocido a Ortega.