Pues sí, miren ustedes por donde que Correos acaba de cumplir 300 años desde su nacimiento. No pretendo descubrir el fundamental papel de este emblemático servicio postal que a lo largo de nuestra historia ha representado y continúa haciéndolo en el presente. Sin embargo, para quienes hemos convivido con la magia de la letra manuscrita durante tantos años debo decir que experimento la sensación de haber traicionado a los sentimientos. Hemos renunciado al uso de enviar cartas y con ello contribuir a desinstalar entre nosotros una de las mejores maneras de intercambiar sueños e ilusiones.
Ya sé que esto puede sonar a romanticismo caduco, pero la autenticidad de escribir sobre papel y hacerlo de puño y letra no tiene parangón. Comprendo que resulta una frivolidad el desnudarse por escrito, pero la parte más sensual y pudorosa que tiene la grafía de una carta y escuchar los pareceres de una pluma esparciendo tinta hasta formar vocablos, les aseguro que nada tiene que ver con la frígida manera de estrechar frases para comunicarnos como hoy se acostumbra.
Durante todo este tiempo el servicio de Correos no solo nos ha prestado la uniformidad de su emblema con esa sempiterna figura del cartero y su inseparable cartera de reparto; además ha representado los ideales de la ensoñación cuando lo más lejano se acortaba en la distancia gracias a este portador de misivas timbradas que depositaba en mano del propio destinatario. No exagero cuando en aquél entonces el funcionario hacía sonar su silbato anunciador de la correspondencia para acto seguido pasar a enunciar el nombre y los apellidos de los receptores de carta.
Todo ello formaba parte de una simbiosis única en ilusiones y a la vez en sobresaltos. Cuantos amores y desamores ensobrados y sin embargo, aquella clase de cartas, las esperadas a través de los anhelos dibujados tras las insalvables distancias, las mismas cartas que guardaban la calma de los sueños y los latidos del tiempo transcurrido, eran parte de un juego de palabras bien cinceladas para expresar la hondura de las emociones y de los sentimientos entre remitente y destinatario. Ese es el culto de la correspondencia entre dos personas unidas por una simiente de vocablos de tinta.
El ser humano necesita del factor sorpresa como sustento para mantener las constantes vitales, sin embargo, los nuevos medios de comunicación han acelerado tanto nuestras exigencias que nos han privado de las fantasías franqueadas. El whatsApp nos ha robado la magia de los anhelos. La voz y la palabra escrita han dado paso a una mensajería tan instantánea que no existe pausa para el sereno romance con las letras. Ahora las expresiones viajan a modo de rayo catódico sin sobrepeso de lenguaje.
Sin embargo, como todo mundo imperfecto, Correos nunca fue ajeno, les confieso que aún sigo esperando la llegada de una carta que me enviaron durante mi estancia en África, allá por los inicios de los 70 y créanme, no es una ilusión perdida, ni mucho menos, porque soy conocedor de que alguien se acordó de un servidor y con ello me basta para mantener el ensueño; o sea, algo parecido a la novela de Gabriel García Márquez “El coronel no tiene quien le escriba” Esa es la diferencia entre la mensajería de ayer y la de hoy.
Justo reconocimiento hacia quienes hicieron posible aproximar tantas lejanas relaciones, tantas íntimas confidencias, tantos envíos en primera persona y a la vez tantas muestras de ánimo en momentos de difícil situación; incluso la cobardía ha tenido y sigue teniendo lugar preponderante a la hora de expresarse, de ahí que una simple carta sirva o haya servido para protegerse a la hora de confesar flaquezas, traiciones o desamores.
En fin, amén por Correos. Y ahora les dejo un momento porque debo atender el móvil. Me acaba de llegar un whatsApp para recordarme que este año también tiene Navidad. Me pongo a ello.