Opinión

Mi admirado Hitchcock

TRIBUNA

Roberto Alifano | Miércoles 14 de diciembre de 2016

A mí, que como buen Jolly journalist me gusta presumir de ser un exitoso coleccionista de personajes famosos, hubiera dado no sé qué por estrechar la mano y haber cambiado algunas palabras con Sir Alfred Joseph Hitchcock. No pudo ser, no tuve esa suerte. Ni siquiera de lejos lo vi; coincidí con él durante mi permanencia en los Estados Unidos, pero el azar o el paradójico destino, no permitieron el encuentro. Cuando yo andaba por el norte él estaba en el sur o viceversa. Y un día se fue para siempre a filmar en el averno (porque no creo que le hayan permitido hacerlo en el paraíso ni siquiera en el purgatorio) y ya nunca más tuve oportunidad.

Este titán de la cinematografía, maestro del suspense y del thriller psicológico, nació en el barrio de Leytonstone, en Londres, el 13 de agosto de 1899 en una familia de clase media. Sus padres eran tenderos, vendedores de ropa femenina, y él junto a sus dos hermanos mayores, a la par de recibir una estricta educación católica, vivió una infancia llena de travesuras y de fugas por los mercados londinenses para saborear “el olor de los frutos prohibidos”, y hasta estuvo a punto de ingresar como seminarista en un colegio jesuita. Desde pequeño la tendencia a la obesidad hizo que fuera un niño tímido y apocado, enojoso asunto de su personalidad que lo acosaría durante toda la vida.

Su entrada en el mundo de la cinematografía se produjo en 1920, cuando consiguió empleo como rotulador de películas del cine mudo en la Famous Players Lasky. Este trabajo ocasional hizo que empezara a apasionarse por ese mundo que lo contaría como uno de sus más grandes renovadores. Sin embargo, según confesó, el acontecimiento mayor fue conocer a una muchacha delgadísima, llamada Alma Reville, que trabajaba en esa empresa y lo enamoró perdidamente; con ella se casaría en 1926. Desde ese momento, Alma se convirtió en la media naranja de “Hitch”, tanto en lo físico como en lo profesional, y fue la principal colaboradora de su marido; hizo de ayudante de dirección y participó de los guiones de casi todas las películas. En 1928 nació su hija Patricia, que fue una discreta actriz e hizo papeles no demasiado importantes en Extraños en un tren y en Psicosis.

Con pocos filmes en su haber, Hitchcock se convirtió en el icono genial de una industria cinematográfica bastante discreta como era la británica. Películas como Murder! (¡Asesinato!, 1930), The Man Who Knew Too Much (El hombre que sabía demasiado, 1934) y, sobre todo, The 39 Steps (39 escalones, 1935), lo convirtieron en un emblema del nuevo cine. Anecdóticamente, también se hizo famoso por su costumbre de hacer bromas pesadas, especialmente a los actores. De manera que, además de ser considerado el gran maestro del suspenso, don Alfred también trascendió por su sentido del humor y la suma de excentricidades.

En 1937 visitó con su familia Nueva York para entrevistarse con David O. Selznick, el famoso productor de Gone with the Wind (Lo que el viento se llevó). “Usted es la persona que yo estoy buscando; Dios lo ha puesto ante mí. Desde ya queda contratado”, se entusiasmó Selznick apenas lo vio. Las condiciones del productor convencieron a Hitchcock quien se trasladó de inmediato a Hollywood con su familia.

El primer trabajo que Selznick le encargó fue la adaptación de la novela de Daphne du Maurier Rebeca (sintetizada como Rebeca para el cine español), un melodrama gótico que explora los miedos de una ilusionada y joven esposa (Joan Fontaine), que instalada en Londres debe lidiar con un marido distante, que interpreta nada menos que el célebre Laurence Olivier. El film obtuvo once nominaciones al Oscar; pero John Ford se llevó ese año el premio al mejor director por The Grapes of Wrath (Las uvas de la ira), arrebatándoselo al británico, que injustamente jamás ganaría una estatuilla, salvo el premio en memoria de Irving Thalberg, de carácter honorífico.

Las desavenencias entre Selznick y Hitchcock no demoraron en llegar. El director británico no podía soportar las restricciones fílmicas y artísticas que le imponía el productor. Hubo un largo litigio que por fin dio la razón a don Alfred.

En 1941 filmaría Suspicion (La sospecha), su película definitivamente consagratoria, protagonizada por Cary Grant, con quien a partir de ese momento mantuvo una entrañable amistad. Alfred Hitchcock siempre procuraba escoger para sus películas actores y actrices reconocidos por alguna faceta, sea el la de la sensualidad, la simpatía o la seducción, pensando que así el papel quedaba más fácilmente definido desde el principio. Otro de sus grandes actores fetiche sería James Stewart, con quien coincidió por primera vez en Rope (La soga 1948), y luego filmaría Vértigo, titulada en España Vértigo de entre los muertos, una “historia de amor con clima extraño”, según “Hitch”, la definiera.

Ya en 1944 había creado The Transatlantic Pictures, su propia productora junto con Sidney Berstein. Un año después filmaría con Ingrid Bergman, como actriz principal, la llamada “primera dama rubia” de sus películas, por la que sentía fascinación. Con ella filmó Notorious (Encadenados, 1946, con Cary Grant como coprotagonista. Su otra rubia famosa sería Grace Kelly, su heroína de Dial M for Murder (en la traducción El crimen perfecto, con M de muerte, o Asesinato, 1954). “Las rubias tienen un misterio que puede resultar aterrador y que a mí me enamora perdidamente”, comentó muy suelto de cuerpo en una entrevista, lo cual dicen, provocó los celos y el enojo de su esposa Alma que era más bien morena.

Junto con Ingrid Bergman y Gregory Peck logró una obra maestra al rodar Spellbound (conocida en España con el título de Recuerda), una película sobre el psicoanálisis, cuyo detalle más importante es la colaboración de Salvador Dalí, que diseñó y elaboró los decorados de la escena del sueño. “La locura surrealista de Salvador –recordaría don Alfred- tenía mucha relación con la mía; por eso nos entendimos de maravillas”.

En numerosas ocasiones, Alfred Hitchcock declaró que su forma de trabajar con los actores no estaba, bajo ningún punto de vista, sujeta al famoso “método”. Por eso, la libertad que les daba para que ellos pudieran explorar distintas técnicas era, por decir algo, relativa. Como consecuencia, consideraba a los intérpretes instrumentos vitales del film, pero siempre subordinados a la palabra escrita primero y a la visión del director después. Esto lo condujo a emplear él mismo algunas herramientas para conseguir los golpes de efecto que sus películas imperiosamente requerían. François Truffaut uno de sus más devotos admiradores, en su libro El cine según Hitchcock, se explaya sobre ese criterio y revela secretos de su filmografía.

Una de las anécdotas relacionadas a este punto se vincula con la extraordinaria película The 39 Steps (Los 39 escalones, 1935), en cuyo rodaje dejó esposados a los protagonistas Madeleine Carroll y Robert Donat durante todo un día, haciéndoles creer que había perdido la llave (recordemos que la secuencia en que ellos se encuentran esposados es clave en el film). El objetivo de “su broma”, según el propio “Hitch”, tenía la finalidad no sólo de que los protagonistas sientan lo que era verdaderamente estar en tal situación, sino de que procesaran en sus mentes todos los pormenores que se dan en un caso así. “Lo que me atrajo –dijo luego con una risotada- es todo el drama que puede implicar en una pareja el hecho de estar esposados”. En otra oportunidad, durante el rodaje de Vértigo, entró al camerino de Kim Novak y le depositó un pollo muerto y desplumado sobre sobre la mesa del espejo. “Para que entres en clima”, le explicó muerto de risa a la azorada actriz. Las víctimas de sus bromas, probablemente no se hayan divertido tanto como él; algunas eran demasiado pesadas.

Una vez finalizada la que sería su película más “popular”, Psycho (Psicosis, 1960), convencido de que una de las claves del éxito estaba en la promoción, decidió tomar el toro por las astas y él mismo elaborar una astuta movida de marketing. En un corto publicitario que grabó previo al estreno del film, pronunció un mensaje para los dueños de los cines en el que les pedía que no permitieran que el público ingresara en las salas una vez que la película hubiera empezado. La estrategia funcionó a la perfección porque no sólo generó expectativas entre los espectadores, sino porque además logró que los mismos compren entradas por anticipado, en gran parte persuadidos por el brillante plan de “Hitch”.

Este hecho demuestra que cuando se le adjudica al genial director el calificativo de “visionario”, no sólo está circunscripto a su mirada sobre el cine sino también sobre cómo una película debe ser absorbida, experimentada y vivida. Un dato más: cuando se decidió a filmar Psicosis, se puso en campaña para comprar todas las copias de la novela de Robert Bloch y lograr que la menor cantidad espectadores conocieran el final.

Quienes hayan visto The Birds (Los pájaros, 1963) sabrán que es, además de una obra maestra, una película que se queda impregnada en la retina y que se propulsa de un golpe de efecto a otro golpe de efecto, lo cual la vuelve, ante todo, una cinta escalofriante. Pero otra de las técnicas empleadas por Alfred Hitchcock era el uso del humor para alivianar el exceso de tensión que provoca en el espectador cada film. Según palabras del propio “Hitch”, -cuya declaración bien podría tratarse de otro de sus jugueteos con la audiencia-, se asustaba de sus películas y por eso evitaba verlas. “Les tengo miedo, nunca quiero estar frente a ellas, ni en una sala ni en otro lado. La verdad, no entiendo cómo los espectadores pueden soportarlas”, confesó con una sonrisa intencionadamente pícara, y agregó buscando complicidad: “Pero el negocio es el negocio”. Cuando alguien le replicaba que esa actitud distaba de ser lógica, respondía: “¿Pero qué es la lógica? No hay nada más estúpido que la lógica”.

Puede ser que Hitchcock haya sido un personaje siniestro, atormentado, frío, despiadado y obsesivo, pero también fue generoso, cariñoso y tierno. En contraste con su esposo, Alma Reville era pequeña, voladora, inquieta como un gorrión. Ambos formaron una sociedad indestructible. Murieron entregados a un inquebrantable y mutuo afecto con muy poca diferencia.

No quedan dudas, que desde el movedizo e inquietante amanecer del arte cinematográfico, que empezó a cobrar vida en la primera mitad del siglo XX, Alfred Hitchcock se expresó como un genio. Buen lector del doctor Johnson y de Charles Dickens, de Edgar Allan Poe y de Oscar Wilde, de Kipling y de Chesterton (con el que solía encontrarse en un pub de Londres para acompañarlo en su habitual cerveza cotidiana), no exento de gallarda discrecionalidad, fue un artista fabuloso desde todo punto de vista, un hombre que colmó su creación estética de humor negro y sarcasmo; sabía reírse de sí mismo y, a veces, de los demás, aunque ocultaba la carcajada con una mueca quizá menos melancólica que maliciosa.