Corrida de toros tras los oficios de San Francisco de Asís en la Misión Dolores (California, 1842).
Leo una tribuna sobre toros en el New York Times titulada “Spain’s Bullfighting Fight”. Aborda la prohibición de la lidia en Cataluña y la firma un periodista gallego que no ama ni odia las corridas de toros. ¡Y menos mal que tampoco las odia! Al final va a resultar cierto que la neutralidad, cuando no es una pretensión, es una fantasía.
Que los toros en Cataluña son fiesta propia, lo demuestra Raúl Felices en Catalunya taurina. Que su decadencia está vinculada a tres décadas de estrangulamiento nacionalista, lo explica perfectamente Luis Mª Gilbert Clols en 25 años de política y toros. Y que su prohibición ha despertado un movimiento ejemplar de resistencia cívica, queda bastante claro en el portal taurino Va de Braus.
Piensa Pere Gimferrer que “Los toros volverán a Barcelona”; es decir, a la única ciudad del mundo que ha tenido en marcha tres ruedos a la vez. Es muy posible. Barcelona, por fortuna, no es Manhattan. Y tiene gracia que la citada tribuna haya salido precisamente en un diario de Nueva York, y además durante este año. Pues NY es la city que ha celebrado la tarde de toros más absurda de la historia, y de la que ha salido el matador más imprevisto de los anales taurinos. Me refiero a la corrida de 1880 en Central Park, y al judío de Brooklyn Sidney Franklin (1903-1976), fallecido ahora hace 40 años.
Y si un gallego puede contar en inglés la prohibición de la lidia en Cataluña, bien puede otro hablar en español de la tauromaquia en Estados Unidos. Que existe y tiene dos caras: la historia cómica de las corridas de toros en USA, y la historia seria de sus aficionados y vocaciones taurinas. La primera da para una película de los hermanos Coen en clave de humor negro. La segunda, para varias de ese Clint Eastwood que ha hecho del drama un género luminoso.
Central Park Arena
Recordemos antes, que en California se festejan corridas a la portuguesa desde hace 60 años. Y desde 2013, encierros por todo el país emulando los sanfermines. Eso dejando a un lado la monta del toro en el rodeo yanqui; influencia de la tauromaquia hispanoamericana, y por lo tanto del acervo ganadero español, que es el germen de la cultura cowboy.
En cuanto a la corrida de toros moderna, debió ser algo normal bajo el domino hispano en Norteamérica. Quizá infrecuentes e improvisadas, pero claramente reconocibles, como lo muestra esta estampa de una lidia frente a la Misión Dolores de San Francisco, fechada en 1842.
Pero a mediados del siglo XIX, los USA se tragaron la mitad de México y el asunto cambió; había que promover el arte del base ball. Sin embargo, hubo mejicanos que siguieron corriendo toros en Los Ángeles y San Francisco. Bueno, ahí parece que corrían todos: los toros, los toreros y hasta la afición. Porque la policía acechaba; era lo llaman hit-and-run affairs. Por otra parte, en aquellos tiempos tampoco eran raras las peleas de gallos, de perros, de osos con toros, y por supuesto entre hombres. El Oeste, vaya.
Pero Nueva York era otra cosa. Porque ahí estaba Henry Bergh, el fundador de la Sociedad Americana para la Prevención de la Crueldad con los Animales. Que inopinadamente ofició de autoridad en la primera corrida de toros legal en Estados Unidos.
Tuvo lugar en una plaza levantada entre la Calle 116 con la Sexta Avenida (hoy Lenox). Y el anuncio de “Grand Bull Fight” entre célebres toreros españoles y “Six Wild Texas Bulls!” provocó un lleno de no hay billetes. Con la garantía, por supuesto, de que no se cometería ningún tipo de crueldad con los astados; ni varas ni suerte suprema: pica, banderillas y estoque serían de ingenio adhesivo.
Aquello no podía salir bien. Los toros eran malos, los toreros peores, y cada dos por tres el señor Bergh gritaba: ¡Basta! El abucheo fue generalizado. Luego el promotor, un tal Ángel Fernández, vendió los bóvidos a un carnicero del East Side. Pero tres se le escaparon y acabaron zambulléndose en el lago del Central Park; a dos los mataron a tiros, del tercero nunca se supo. Y aunque Fernández obtuvo permiso para una nueva edición, la falta de público le obligó a cancelarla. Fin de los toros. En Nueva York.
Corrida en Dodge City
Cuatro años más tarde, en 1884, se celebró otra corrida en Dodge City, la difamada ciudad sin ley. Fue, en realidad, la única tarde de toros casi civilizada que ha tenido lugar en suelo useño. Bueno, fueron dos, y para más inri empezando el 4 de julio: el Día de la Independencia.
Tanto Bergh como el Fiscal General presionaron al Gobernador de Kansas para que la cancelase. El primero en nombre de la humanidad, y el segundo recordándole las leyes de la Unión. El Gobernador respondió a Bergh, a toro pasado, que había recibido tarde su telegrama. Y a lo del Fiscal dicen que rugió: ¡Dodge City no es los Estados Unidos, diablos! Total, que la cuadrilla mejicana pudo torear a gusto, y Gregorio Gallardo rematar su faena con un estoconazo de acero toledano. El público quedó fascinado, y hasta hubo prensa favorable.
El asunto, claro, movió a escándalo. Pero algunos se animaron al negocio. Y en 1895 una nueva corrida fue convocada en Gillette, Cripple Creek (Colorado). Se anunciaron cincuenta mil localidades, al matador José Marrero, alias Cheché de la Habana; y la participación de María Aguirre, La Charrita: “The Only Lady Bullfighter in the World!”. Pero el ganado no era bravo, sino mansos hereford, y los picadores cowboys locales.
Para empeorarlo, cuando Marrero sacó la espada, el sheriff del condado bramó: “Stop the fight! Shoot the bull!”. Pero el cubano, ignorándole, entró a matar. Entonces el sheriff corrió a por una autorización del fiscal, y a la vuelta ordenó a su ayudante derribar al segundo toro a tiro de Winchester. Así que ni ovación ni puerta grande. Los vacunos al matadero, y sus filetes para la beneficencia.
Sin embargo, en septiembre de ese año la Gran Feria de Atlanta (Georgia), anunció otra corrida como atracción principal. Pero la notoriedad del acontecimiento fue su condena. Y aunque todo estaba ya en camino desde México, las protestas lograron evitarla; igual sucedió con otra proyectada en Denver.
No así con las que se celebraron en julio de 1901 en Omaha (Nebraska); y en Kansas City, Whichita y otras ciudades durante 1902. Aunque todas fueron remedos circenses a la neoyorquina, ridiculizadas por la prensa y despreciadas por el público. De hecho, los siete mil espectadores que acudieron a una de ellas, lo hicieron atraídos por la cogida acaecida el día anterior. Accidente evitable, según protestó la cuadrilla mejicana, de haber podido faenar su compañero sin miedo de lastimar al cornúpeta.
Muerte en Saint Louis
Pero para corridas chocantes, la que acogió la Expo Internacional de 1904 en Saint Louis (Missouri). La Feria, por cierto, que presentó al mundo el perrito caliente, la mantequilla de cacahuete o el algodón de azúcar. La corrida en cuestión pasó a la historia como la St. Louis Bullfight Riot, y dio lugar a la crónica taurina más violenta jamás narrada.
Fue organizada por un promotor llamado Richard Norris. Este anunció una lidia auténtica, con la participación del matador español Manuel Cervera Prieto y la del irlandés Carleton Bass: “The First North American Bullfighter”. Esto animó al personal y se vendieron ocho mil localidades.
Pero las presiones de los animalistas surtieron efecto. La víspera, el fiscal del condado ordenó arrestar a todo el que quebrantara la prohibición. Aun así, la plaza abrió las puertas y se hizo el lleno. Ante la omnipresencia policial, Norris demoró la tarde con un espectáculo de indios y vaqueros. Como aquello se alargaba, el respetable empezó a protestar. A lo que Norris despidió a los teloneros y anunció el paseíllo.
Al salir la cuadrilla, un ayudante de sheriff saltó a los medios parando el desfile. Y empezaron los disturbios. Sobre todo, cuando la gente vio que no había reembolso. La muchedumbre arrancó a pedradas e invadió la arena abriendo los toriles. Y ante la sospechosa docilidad de los astados, cundió la voz de fraude y los alborotadores pegaron fuego a la plaza hasta reducirla a escombros.
Lo peor, sin embargo, vino después. Cervera Prieto y Carleton Bass discutieron por los honorarios. Cervera sacó un cuchillo, pero Bass un Colt y lo mató de un tiro. Fue juzgado y absuelto por actuar en defensa propia. Menuda feria.
Dicen que Bass era un torero pésimo. Y ni fue el primero yanqui, ni el primero irlandés. En realidad, el único doctorado que Carleton Bass ostentó desde entonces fue el de “Matador de Matadores”. Pero de aficionados y toreros yanquis les hablo otro día, que el asunto merece un aparte más digno.
En cuanto a las corridas de toros en Cataluña, quién sabe a este paso qué veremos primero: si tardes de velcro y arena a la californiana, lidias pirata a lo hit-and-run, o desafíos municipales estilo Dodge City. Aunque para evitarlo bastaría con que nuestras autoridades defendieran a los aficionados catalanes con la misma resolución que Nueva York, Cripple Creek, Atlanta o San Luis defendieron hace un siglo el ordenamiento de los benditos Estados Unidos de América.